El yodo que caduca antes que la guerra nuclear que lo justificaba
Las pastillas de yodo compradas a toda prisa caducan antes que la amenaza para la que se compraron. Ese es el resumen de un aviso lanzado en 2023, con el asunto de la presa aún reciente: el ataque nuclear ruso sería «inminente» y la escalada hacia una tercera guerra mundial atómica llegaría «muy rápida». El mensaje sostenía que altos mandos rusos debatían el uso de armas tácticas como respuesta a lo de la presa y que en varios países cercanos a Ucrania la población ya disponía de yodo. Su autor añadía que él guardaba varias dosis: una para sí mismo y las demás para las mujeres que quisieran ser sus novias el día del Mad Max. Cerraba con un guiño: aquello era ciencia ficción y
nada iba a ocurrir.
Ha pasado el tiempo. Nada ha ocurrido. El yodo sigue en el cajón.
¿Sirve el yodo para protegerse de una explosión nuclear?
Según lo que se respondió en el mismo sitio donde se lanzó el aviso, no: «las tabletas de yodo no sirven de nada» llegado el momento, y lo verdaderamente eficaz frente a la radiación sería el
azul de prusia. El consejo inicial nunca fue rectificado por quien lo dio. En paralelo se recordó que la dispersión aeróbica de polvo radiactivo produce envenenamiento letal, cáncer y efectos sobre fetos y embriones, con independencia de que el artefacto sea un petardo de feria o cientos de toneladas de explosivo convencional: lo que cambia es el radio de influencia y la dispersión posterior por la atmósfera.
Los 4.500 misiles Kinzhal y los minutos hasta cada capital
El análisis más detallado del asunto puso cifras encima de la mesa y, de paso, las pinchó. Rusia afirmaría tener
4.500 misiles hipersónicos Kinzhal listos para lanzamiento inmediato; ese cálculo se descarta como propaganda de guerra y se rebaja a unos mil. Cada vector cargaría 50 kilotones, diez veces la bomba de Hiroshima, y los tiempos de vuelo a Europa se cuentan en minutos: seis a Londres, cuatro a Bruselas, tres a Berlín, alrededor de uno a las zonas báltica y escandinava. España quedaría fuera de rango, aunque el yodo mantiene su hueco en la lista.
- Bálticos y Escandinavia: 1 minuto
- Berlín: 3 minutos
- Bruselas: 4 minutos
- Londres: 6 minutos
A esto se suma otra pieza:
60 submarinos nucleares en el mar en rutas recurrentes, según ese mismo análisis, y vectores alternativos a los hipersónicos —bombarderos, misiles balísticos intercontinentales— en la recámara. Lo que hace especiales a los hipersónicos, se argumenta, es la dificultad de detectar tanto el lanzamiento como la llegada.
De la presa al techo de la central de Zaporizhzhia
El relato fue actualizándose con el calendario. Las alertas pasaron de la presa de Nova Kakhovka a la central nuclear de Zaporizhzhia: según la estatal rusa
Rosenergoatom, Ucrania planeaba atacarla con armas de precisión; desde el lado contrario se reportó el movimiento de unidades rusas de emergencia y descontaminación por Mariupol, Enerhodar y Melitopol, ciudades cercanas a la planta, y el presidente ucraniano denunció que Rusia había colocado explosivos en su techo. Ninguna de esas versiones se da aquí por confirmada.
También apareció el argumento del equilibrio nuclear: ningún gobierno ruso puede permitir que le planten misiles a
150 kilómetros de Moscú, igual que ocurrió en la crisis de los misiles de Cuba, cuando Washington llegó a activar el Defcon 2, el paso previo a la guerra nuclear. La salida más sencilla, se dice, sería una Ucrania neutral y un acuerdo de no entrada en la OTAN.
Quién compró yodo y por qué se le está caducando
Hubo compras reales. Cuando empezó la invasión, el yodo se puso «a un pastizal» en Amazon y el aviso cundió: con el tiempo, quienes hicieron caso comprueban que el producto está al borde de la fecha de caducidad y que la amenaza no ha llegado. Las compras se hicieron incluso desde Lituania, según uno de los relatos. La coartada química llegó de inmediato: las medicinas no caducan, solo pierden efecto si acaso.
Entre medias, el ciclo se repitió con Irán, con nuevas llamadas a proveerse y con la advertencia de que «no habrá yodo para todos». Y con la réplica de siempre: que no va a pasar nada y que esto es alarmismo barato.