Suecia envía a sus ciudadanos una guía para una guerra posible
¿Para qué se prepara un país que no ha ido a la
guerra con nadie en más de 200 años? Suecia ha empezado a repartir entre sus ciudadanos una guía de recomendaciones por si estalla un conflicto armado, y el detalle no es menor: el país nórdico presume de dos siglos sin batallas y de una sociedad estable, pero su Gobierno ha decidido que la calma ya no basta. La guía, recogida por
BBC Mundo el 23 de mayo de 2018, lo dice sin rodeos: «Pero todavía hay amenazas contra nuestra seguridad e independencia».
El mensaje oficial insiste. «Si estás preparado, estás contribuyendo para que el país en general tenga la habilidad de sobrellevar una importante tensión», afirma el documento. Detrás del lenguaje administrativo hay una decisión de fondo: Suecia comenzó a reconstruir su sistema de Defensa Total, el engranaje que combina estructuras militares y civiles para sostener al país en una crisis grave. Alrededor de ese giro se ha extendido una inquietud mayor: que la próxima guerra europea no se libre lejos.
¿Por qué Suecia se prepara para una guerra tras dos siglos de paz?
Porque su lectura del riesgo cambió más rápido que su ejército. El país escandinavo no se ha enfrentado en una guerra contra ningún otro país en más de 200 años y arrastra una imagen de sociedad estable y pacífica. Esa imagen convive con un dato histórico que se repite: durante siglos, los reinos escandinavos fueron más pobres y menos desarrollados que las civilizaciones del Mediterráneo, y su peso actual en el tablero europeo tiene más que ver con la posición estratégica que con la demografía.
La conclusión que se impone es que la neutralidad de ayer no blinda nada hoy. La entrada en la órbita de la OTAN, el rearme del Báltico y el despliegue de armamento nuclear a 500 kilómetros de Leningrado —la cifra que sobrevuela cualquier análisis del flanco norte— han convertido a Estocolmo en algo más que un espectador. Preparar a la población es, en ese marco, la parte barata de la factura.
¿Es Rusia una amenaza real o un gigante con pies de barro?
Las cuentas rusas se leen de dos maneras opuestas. Su sector agrícola aporta alrededor del
5% del PIB y emplea a una octava parte de la fuerza laboral, con la tercera superficie cultivada del mundo: 1.265.267 kilómetros cuadrados. Pero solo el 13,1% de su territorio es agrícola y apenas el 7,4% es cultivable, lo que obliga a dedicar más de un tercio de la superficie sembrada a cultivos forrajeros. Un país enorme, con granero real y desiertos climáticos igual de reales.
De ahí salen las dos tesis enfrentadas. Una sostiene que la dependencia energética y militar rusa está sobrevalorada y que su economía no aguantaría un pulso largo. La otra responde que basta con mirar el mapa: quien tiene la tercera superficie cultivada del planeta y cabezas nucleares no necesita ganar la carrera económica para condicionar a sus vecinos. Ninguna de las dos se cierra.
La geografía como escudo: por qué España se siente a salvo
España está donde está, y eso, en un mapa de guerra, vale más que un batallón. El país queda resguardado por el océano al oeste y por sus socios de la OTAN y la UE al este, de modo que una hipotética invasión rusa tendría que tomar antes media Europa. La Gran Llanura Europea, la autopista por la que entraron Napoleón y los ejércitos alemanes camino de Moscú, llega hasta las faldas de los Pirineos occidentales. A partir de ahí, montañas, barrancos y desfiladeros: una orografía descrita como la más endemoniada del continente, porque Suiza es más montañosa, sí, pero España es considerablemente más grande.
No todos compran el argumento. Hay quien recuerda que el flanco sur también tiene vecinos y que el escenario cambia si el ataque no viene por tierra. Un misil lanzado desde un submarino no necesita cruzar los Pirineos, y esa es precisamente la objeción que desmonta el optimismo geográfico en dos frases. La geografía protege de una invasión clásica; no protege de todo lo demás.
¿Sirve la OTAN si el frente se abre en el Báltico?
Para Estonia, Letonia y Lituania, la alianza es la única línea defensiva que existe. Son los tres países que aparecen en cualquier escenario de choque directo, y su posición los convierte en el primer tramo de una escalera que en teoría llega hasta los 500 millones de europeos que la OTAN dice defender. En la práctica, hay quien lo resume sin adornos: si Washington decide que hay que entrar en acción, la obligación es obedecer y punto.
Ese automatismo tiene defensores y detractores. Los primeros argumentan que sin paraguas aliado el Báltico sería un protectorado ruso en cuestión de semanas. Los segundos responden que una alianza que se activa por disciplina y no por interés propio acaba mandando al frente a los hijos de otros. La discusión no se cerró nunca, y cada ampliación de la OTAN ha vuelto a abrirla.
El frente interior: 65 muertos por tiroteos en 2022
Suecia vende calma, pero sus cifras no acompañan. Los recuentos que circulan sitúan en
65 los muertos por tiroteos en 2022, una de las cifras más altas en décadas, y los datos del ejercicio siguiente apuntaban a un orden parecido. Es la contradicción que recorre todo el asunto: un país que prepara a su población para una amenaza exterior mientras lidia con una violencia que ya ocurre dentro de casa.
Ese contraste explica por qué las posturas se cruzan. Unos ven en el manual de emergencia una señal de sensatez preventiva. Otros, la constatación de que el Estado confunde prioridades: se ensaya la guerra que quizá no llegue y se deja sin resolver la que ya está en los barrios.
Dos siglos sin guerra, un manual de supervivencia en cada buzón y un vecindario que se rearma. Si el siglo XXI respeta la racha, la guía sueca acabará en el mismo cajón que el manual de la lavadora. Si no la respeta, alguien lamentará no haberla leído con más atención.