Una bebida de 50 euros y un plan de fuga en el baño
Un hombre queda a cenar con una mujer. Ella propone el restaurante. Él pide lo más barato de la carta —una pizza y un refresco—; ella, la bebida y el plato más caros. Cuando pide una segunda bebida, él se levanta, se acerca al camarero para pedirle que no se la sirva y recibe una negativa. A partir de ahí improvisa un plan B: fingir un problema intestinal y proponer seguir la velada en su casa. «Era jugársela, no había nada que perder», zanja. La cita, dice, ya estaba descartada como posible pareja.
Las cifras que maneja su relato explican buena parte del enfado:
más de 50 euros por una bebida y más de 60 por un plato. La cuenta, en el escenario que describe, se iba por encima de los 110 euros. Finalmente pagó. «Huí pero pagué», aclara, y razona que no merecía la pena arriesgarse a una denuncia por una discusión de dinero a la salida.
¿Quién paga la primera cita?
No hay regla clara, y ahí está el origen del conflicto. Una parte defiende sin matices que invita el hombre y que quien regatea un refresco y una comida está enseñando la patita antes de tiempo: quien pone pegas para una invitación así, viene a decirse, es alguien sin ahorros o sin trabajo, motivo suficiente para salir huyendo. Enfrente, la postura más repetida es la contraria:
cada uno paga lo suyo y se acabó el problema.
El método más simple —y el menos doloroso— lo describen quienes piden dos cuentas desde el principio o avisan antes de sentarse: «Hoy tienes que invitar tú, que estoy tieso». La recomendación que más veces aparece, sin embargo, es gastar menos: no improvisar un restaurante para alguien a quien apenas conoces.
El coste real de la cena
Las cifras que se cruzan van de lo microscópico a lo desproporcionado. Hay quien recuerda que sobrevivir el día con
10 euros obliga a medir cada gasto. Otro pone
12 euros como el estándar de una comida normal. Y una tercera referencia sitúa una cena de primera cita entre
59 y 100 euros, una horquilla que muchos consideran directamente absurda para alguien a quien acabas de conocer. Una consumición básica, añaden, ronda uno o dos euros.
El desfase entre lo que cuesta un refresco y lo que puede costar un menú elegido sin freno es, precisamente, el hueso del asunto. No es solo comer: hay quien apunta al postureo, a la foto del plato y del local que después llena las redes. La cena como escaparate tiene un precio, y casi nunca lo paga quien la disfruta.
La ruta de las cenas gratis
La sospecha que recorre toda la conversación tiene nombre: quedar con una persona para almorzar, con otra para comer y con una tercera para cenar, reservando el final de la jornada para quien no discute la cuenta. Si el patrón se repite, el gasto se externaliza y la factura la asume siempre el mismo perfil. «Si supusieses la cantidad de gente que queda solo para comer en un restaurante gratis, lo fliparías», resume una intervención.
En el hilo se citó una noticia sobre un restaurador que mantenía dos perfiles falsos en aplicaciones de citas, uno femenino y otro masculino, citaba a las víctimas en su propio local y no aparecía, pidiendo al incauto que fuera pidiendo algo mientras llegaba.
Manual para una primera cita que no arruine
El recetario que se repite tiene pocos ingredientes. Quedar a tomar algo, nunca cenar. Elegir un sitio desconocido y cerca de casa. Llevar el dinero justo. Poner una hora límite desde el principio. Y, si la cosa se tuerce, pagar y marcharse sin dramas. Varios coinciden en que la cafetería de media tarde, como aconsejó en su día alguien con experiencia, evita precisamente las situaciones tensas que genera la cuenta.
La táctica estrella que circula tiene incluso siglas: mentir, cenar y huir. La versión larga consiste en activar una llamada o una alarma que vibre y, antes del postre, simular una urgencia y desaparecer hablando por teléfono.
Cuando la conversación se tuerce
Hacia el final, el asunto perdió cualquier relación con las cenas. La discusión derivó en una cascada de acusaciones personales entre dos cuentas, con amenazas, intentos de difundir datos privados y una cita al articulado sobre acoso que regula el hostigamiento. Se planteó incluso denunciar los hechos. Nada de eso tiene todavía resolución conocida, y conviene tratarlo como lo que es: una disputa abierta entre particulares.
El dinero fue el detonante, pero el fondo es otro. La primera cita se ha convertido en un pequeño examen económico donde cada gesto se interpreta como señal de solvencia, de generosidad o de desinterés. Y en ese examen, muchos creen que ya no se puede ganar.
Con estas cifras, el consejo de no llevar a un desconocido a cenar no parece tacañería, sino aritmética. Falta saber cuánta gente lo aplicará y cuánta seguirá pagando 110 euros por comprobar lo que ya sospechaba.