Furiosa pincha en taquilla: el coste de cambiar de héroe
Furiosa no es una mala película. El problema es que no es la película que su público fue a ver. El estreno de la precuela de Mad Max —una de esas superproducciones que se juegan el curso entero en el primer fin de semana— se ha saldado con el batacazo que buena parte del sector daba por descontado, y la resaca deja un diagnóstico incómodo: no falla el acabado, falla el envoltorio. La comparación con los titulares que acompañaron al estreno, recogidos por medios especializados como
Tomatazos, sirve de arranque para una discusión que en clave económica se reduce a una pregunta: ¿cuánto vale el apellido de una franquicia cuando ese apellido desaparece de la pantalla?
¿Por qué se da por fracaso el estreno de Furiosa?
Porque una producción que aspira a recuperar
un presupuesto cercano a los 200 millones no se mide por su nota de prensa, sino por lo que ingresa el primer fin de semana. Ese es el rasero de cualquier distribuidora, y con esas cifras de partida el margen de error es mínimo. Aquí no hay taquilla de autor que valga.
El reproche que más se repite no apunta al guion ni al tono, sino a la decisión de colocar a un personaje secundario en el centro del cartel. La saga que nació con un hombre vengando la muerte de los suyos aparece ahora capitaneada por una protagonista femenina, y buena parte del público que sostenía la franquicia, se argumenta, ha decidido quedarse en casa. Conviene precisar que eso es una tesis del debate y no un dato: nadie ha puesto encima de la mesa un desglose de taquilla por sexos que lo respalde.
¿Cambiar al protagonista arruina una franquicia?
Cuando el cambio de protagonista coincide con un pinchazo, la tentación de unir ambas cosas es inmediata. Los ejemplos que se cruzan en la conversación, sin embargo, no son unánimes.
Kill Bill funcionó con Uma Thurman repartiendo estopa y nadie discute su taquilla. La comparación más socorrida es Top Gun, película de pilotos y testosterona que arrasó en salas hace un par de años: tíos metiéndose hostias, dice el argumento, y nadie se quejó del cartel.
Frente a eso se recuerda que la entrega inmediatamente anterior de la propia saga ya había dejado atrás a Mel Gibson y puesto al frente a una actriz, y el resultado fue aceptable: cumplió en taquilla y pasó el trámite.
Ahí nadie se tiró de los pelos. Es decir, el mismo experimento, con más presupuesto y una precuela de por medio, ha dado un resultado muy distinto. Lo que cambia no es solo el sexo del cartel.
El problema estructural de las precuelas
Hay un factor que no depende de ninguna agenda: la película cuenta algo cuyo final ya conocemos. Sabemos que a Furiosa no le va a pasar nada relevante, sabemos que Joe el Inmortal sigue vivo al terminar, así que la tensión se diluye. Es estirar el chicle, resume una corriente bastante extendida, y explica por qué el espectador decide esperar a que la cinta llegue a otra ventana de explotación.
A eso se suma el desgaste del propio universo. La primera entrega era una historia de venganza con un hombre en el centro; las siguientes fueron derivando hacia el paisaje, la tribu y la persecución infinita. Quien fue a ver Furiosa esperando al Max Rockatansky de siempre se encontró otra cosa, con o sin razón.
¿Es un castigo a la ideología o al producto?
Aquí el análisis se parte en dos. Una parte sostiene que el público no está rechazando la calidad de esta película concreta, sino el enésimo intento de recolocar el heroísmo clásico en clave de empoderamiento, un cansancio acumulado durante años de producciones con el mismo molde. La consecuencia, según esta lectura, sería la misma aunque la película fuese redonda: el castigo no va contra el título, va contra el patrón.
Enfrente pesa un argumento difícil de rebatir: el mundo entero no comparte ese marco, y la taquilla global se hunde por motivos mucho más mundanos, de saturación de franquicias y competencia por la atención. Se recuerda también que hay producciones señaladas como propaganda ideológica que perdieron dinero sin que nadie las relacionase con ninguna causa, simplemente porque no interesaban.
La conversación deriva incluso hacia el cine de Tarantino, al que una parte acusa de revisionismo histórico y de convertir la violencia en catequesis moral, y hacia los cómics de Alan Moore, donde se lee una reescritura del orden político. Con ese material, la discusión de taquilla se transforma en algo bastante más grande: no es el cine lo que se ha vuelto agónico, es la sociedad que lo mira.
Con estos mimbres, la apuesta razonable es que la franquicia vuelva a hibernar una temporada larga, como ya hizo tras su tercera entrega, y que el próximo intento se venda con el protagonista original en el cartel. Si eso ocurre y también fracasa, la tesis del cambio de héroe se queda sin su mejor prueba. Si funciona, quedará servida la coartada. Nadie en el sector parece tener prisa por saber cuál de las dos cosas pasa antes.