Un boicot a una heladería de Gràcia acaba en pintadas
¿Puede una heladería convertirse en el enemigo público de un barrio? En el caso de DellaOstia, un local artesanal abierto en 2022 por el emprendedor argentino Leandro Rincón en el número 128 de la calle Torrent de l’Olla, en el barrio barcelonés de Gràcia, la respuesta llegó pintada en su fachada durante la madrugada del 18 de agosto. Antes hubo una discusión por el idioma en el mostrador, una denuncia viral de un concejal de ERC y un mensaje del exdiputado de la CUP Antonio Baños que convirtió el comercio en objetivo: «Aquest local és el nostre enemic. Fins que tanqui!». El resultado: grafitis, carteles y una reputación digital en caída libre.
Qué pasó en la heladería DellaOstia de Gràcia
El detonante fue una compra de helado en plena Festa Major de Gràcia. El concejal de Esquerra Republicana de Cataluña Guillem Roma y su pareja pidieron en catalán y, según su relato, la mujer fue increpada y tildada de «maleducada» por su idioma. La frase que el propio Roma atribuyó al vendedor —«por qué hablas así si estamos en el Reino de España»— encendió la mecha. En un hilo en X publicado el domingo 17 de agosto, el edil habló de «discriminación lingüística evidente» y de que se actuó «con ganas de provocar».
La denuncia se viralizó en horas, con miles de interacciones. Y el lunes por la mañana el negocio amaneció con insultos pintados en la persiana, adhesivos que proclamaban que el establecimiento «no respeta el catalán» y lemas contra el turismo, además de parte del rótulo tapado. El perfil del local en Google Maps recibió una avalancha de reseñas negativas y su puntuación cayó hasta rondar las **2,7 estrellas**.
El mensaje de Baños que convirtió el local en objetivo
Antonio Baños, exlíder de la CUP, no se limitó a criticar. En la misma red social escribió: «Aquest local és el nostre enemic. Fins que tanqui!». La frase, reproducida miles de veces, funcionó como una señal de salida. Horas después llegaron las pintadas.
Baños mantuvo el pulso cuando le preguntaron por el acoso al comercio. En una entrevista posterior aseguró que no se arrepentía y defendió que «los boicots y los destrozos de locales son una acción legítima en defensa del catalán». La declaración, lejos de rebajar la tensión, la elevó: para unos, el vandalismo es una consecuencia lógica de señalar un negocio como enemigo; para otros, es exactamente el argumento que desactiva cualquier reivindicación lingüística.
No era la primera polémica por el idioma
El historial del local pesa en el relato. Otros clientes ya habían reportado antes problemas con el idioma en comentarios digitales, y desde el establecimiento se había respondido con mensajes contestatarios: recordar que «Cataluña tiene dos idiomas oficiales» o calificar de «necia» y «violenta» a quien pedía atención en catalán. Esos antecedentes se han usado en ambos sentidos: como prueba de un patrón de trato despectivo hacia el catalán o como muestra de que el negocio llevaba meses en el punto de mira.
El community manager del local intentó contener el daño respondiendo a las reseñas negativas con réplicas rápidas y explicaciones. La estrategia no frenó la caída de la reputación digital. El negocio abrió el martes en su horario habitual, sin declaraciones públicas sobre lo ocurrido, y siguió publicando las promociones de su tercer aniversario. Roma, por su parte, presentó un reclamo formal al gobierno catalán para activar los canales institucionales y visibilizar casos de catalanofobia en el ámbito comercial.
El doble rasero que domina la discusión
La réplica más repetida no niega el incidente: lo compara. Se argumenta que en Barcelona abundan comercios regentados por personas migrantes que no rotulan ni atienden en catalán —ni en español— y que nadie organiza campañas contra ellos. La pregunta implícita es por qué el celo lingüístico se activa contra una heladería argentina y no contra el resto del ecosistema comercial del barrio. La respuesta que se da desde el otro lado es incómoda: precisamente porque el local sí comparte el idioma mayoritario de la ciudad, el gesto se interpreta como un desafío.
El segundo eje del desacuerdo es económico. Un negocio abierto en 2022, con inversión, alquiler y plantilla, ve cómo una campaña digital y unas pintadas le golpean la caja en plena temporada alta. Hay quien sostiene que el boicot es una herramienta legítima de presión política; enfrente pesa el argumento de que señalar un comercio como «enemigo» y celebrar sus destrozos normaliza algo bastante menos noble que una reivindicación. La reseña de una estrella es gratis. El cristal roto, no.
Al final, la heladería sigue abierta, el concejal ha presentado un reclamo formal y el exdiputado no se arrepiente. El único idioma que hablaron todos los implicados fue el de siempre: el de quien tiene razón y no piensa soltarla.