Barbarroja no fue preventivo: Moscú ordeñaba a Berlín
2.000.000 de hombres entre prisioneros y bajas, 3.500 carros de combate y 6.000 aviones en las tres primeras semanas. Es el balance que la ofensiva alemana de junio de 1941 dejó en el frente oriental y el dato que descoloca la tesis más repetida sobre la Operación Barbarroja: que Hitler se adelantó a un ataque soviético inminente. Un ejército que prepara una invasión no se desmorona por bolsas, una detrás de otra.
La discusión arrancó con una relectura del
Stalingrado de Antony Beevor y una contradicción señalada a mitad de página: el historiador británico asegura que Hitler alteró la verdad al hablar de 160 divisiones rusas concentradas en la frontera. Si el dato era propaganda, el propio Estado Mayor alemán se encargó de dejar la cifra pequeña.
Qué decía Hitler y qué anotó su Estado Mayor
Hitler justificó la ruptura con Moscú afirmando que Alemania estaba amenazada por esas 160 divisiones soviéticas. Según el relato que cita el arranque del asunto, mintió a su propio pueblo y a sus soldados para vender la
cruzada europea contra el bolchevismo. Pero el general Franz Halder escribió en su diario el 11 de agosto de 1941 una cifra que da la vuelta al argumento: «Al inicio de la guerra nos veíamos con cerca de 200 divisiones enemigas, Ahora ya hemos contado 360».
Ese renglón se usa desde trincheras opuestas. Para unos confirma que Moscú había levantado un ejército colosal y que el ataque alemán respondía a un peligro real. Para otros demuestra lo contrario: muchas de esas unidades nacían sobre la marcha, con levas de urgencia, a medida que la invasión avanzaba. Hay quien recuerda además que a principios de guerra se contaban unas 200 divisiones y que el número se disparó después, no antes.
Los números de las bolsas: Minsk, Smolensko, Uman y Kiev
El desglose que maneja el material es brutal y muy concreto:
- Minsk: 300.000 hombres fuera de combate y unos 2.500 carros de combate
- Smolensko: otros 300.000 y más de 3.000 carros
- Uman: 100.000
- Kiev: 665.000
Alguien lanzó la pregunta que resume el problema: ¿cuántas divisiones se equipan con 2.000.000 de soldados, 3.000 carros y 6.000 aviones? La respuesta corta es muchas más de 160. La respuesta larga exige decidir si eso prueba una concentración ofensiva previa o simplemente una movilización desesperada que llegó tarde y mal.
¿Por qué el Ejército Rojo no podía invadir Alemania en 1941?
Porque lo que se apiló en la frontera occidental eran divisiones bisoñas, entrenadas a toda prisa o directamente sin entrenar y con problemas serios de suministro. Eso no es un ejército que va a atacar: es un ejército que aguanta el golpe como puede.
La versión de que Stalin temía a Alemania aparece con tres indicios que se repiten en la conversación. El primero, que la aviación soviética tenía orden de no derribar los aviones alemanes de reconocimiento que sobrevolaban su espacio aéreo. El segundo, que hasta el día anterior a la invasión entraban a diario trenes soviéticos en Polonia cargados de mercancías. Y el tercero, el más incómodo para Berlín: Alemania sobrevivió a 1940 gracias al comercio con la URSS. El Reich se había convertido en una vaca a la que los soviéticos podían ordeñar periódicamente sin disparar un tiro.
A eso se suma el desbarajuste militar. Tras la experiencia de la Guerra Civil española, se ordenó dispersar los carros entre divisiones de infantería, y la reorganización de las unidades acorazadas coincidió con el traslado de la frontera a los Bálticos, a parte de Polonia y a Rumanía.
El papel lo aguanta todo; llevarlo a la práctica con la logística de 1941, no.
El Rompehielos: la tesis preventiva y quién la defiende
La hipótesis del ataque preventivo tiene su libro de cabecera:
El Rompehielos, de Víktor Suvorov, el seudónimo del exespía Viktor Rezun. Quien sostiene esa línea añade nombres como Joachim Hoffmann o Mijaíl Meliujov, con obras más elaboradas que la de Suvorov.
La respuesta desde el otro lado es tajante: se trata de literatura con intención, y las intenciones importan. Se argumenta que El Rompehielos es material de la Guerra Fría reciclado para presentar a Rusia como una potencia agresiva y traicionera, y que sus fuentes merecen más desconfianza que crédito. Otra objeción de fondo: que la URSS contemplara un choque con Alemania a medio plazo no equivale a que existiera un calendario de invasión, ni mucho menos uno inminente.
De Stalingrado a Brunete: cómo la discusión se fue por las ramas
Como suele pasar, el asunto derivó. Se cuestionó la fiabilidad de Beevor con su propio libro sobre la Guerra Civil, donde cifra en
900 fusilados como mucho en Paracuellos, una cifra que en el material se califica directamente de risible. De ahí se saltó a Brunete, al mando de la República, a Lister, Modesto y Vicente Rojo, y a la frase de Yagüe de que la infantería roja era la segunda mejor del mundo después de la nacional. El terreno donde cualquier discusión sobre la Segunda Guerra Mundial acaba embarrancando.
Después llegaron Finlandia como modelo de lo que era el Ejército Rojo, Mannerheim y su desprecio hacia un ejército al que se refería con desprecio, y hasta China y Japón: siete años empantanados en un país dividido en taifas sin lograr someterlo.
¿Cuántas de las 360 divisiones que Halder contaba en agosto existían realmente el 22 de junio, cuando Hitler dio la orden? La aritmética no cierra, y nadie ha tapado el hueco.