El Ensanche que Cerdà diseñó y el hormigón que se encontró
Un tipo llega por primera vez a Barcelona siendo adolescente, sin saber qué es el separatismo ni haber pisado un mitin, y se marcha con una idea clavada: es «la ciudad más fea y vulgar sucia cutre y peligrosa» que ha visto nunca. Años después lo repite con menos adornos: una pesadilla para el alma, todo bloques iguales, todo cemento.
Porque el
Ensanche de Cerdà está en el centro de la pelea. Y no precisamente por su estética.
El Ensanche: de ciudad jardín a colmenar de hormigón
El diagnóstico técnico es bastante más interesante que el exabrupto. Los interiores de manzana debían ser
espacios ajardinados para el esparcimiento vecinal; la práctica los convirtió en naves, locales comerciales y terrazas privadas. Hoy quien vive en uno de esos bloques no sabe qué es peor: la calle, con su ruido y su contaminación, o el patio interior, un agujero de hormigón al que no llega la luz. Alguien lo resume con sorna:
si eres un vampiro y no te gusta el sol, vivir ahí debe de ser encantador.
La crítica, en realidad, no va contra el plano. Va contra su ejecución. Hay quien sostiene que fue una buena idea urbanística malograda por la especulación y que
la grúa debería pasar sin contemplaciones por dentro de todas las manzanas. La réplica es igual de contundente: esas manzanas son hoy la zona más pija de la ciudad, y la densidad no es un error, es la única forma de meter a mucha gente en poco espacio cuando los rascacielos están prohibidos por normativa.
Y una defensa que casi nunca se escucha: el Ensanche funciona como
centro vertebrador. Tiene hospitales, comercio y servicios integrados; se recorre a pie de punta a punta; no hay tramos desoladores ni, salvo una excepción, aglomeraciones insoportables. Caminarlo, dicen, es un gusto.
¿Por qué se cerraron las manzanas del plan Cerdà?
Porque cada hueco libre era una ocasión de ganar metros. Según uno de los participantes, el proyecto contó con el
apoyo del gobierno central desde el primer momento, y fueron los intereses locales y de provincias los que se le pusieron enfrente. Ganado el pulso, la construcción hizo el resto: los patios interiores desaparecieron uno tras otro.
El detalle que más duele a los defensores del original es la pirámide. Las manzanas ganaron áticos y
terrazas escalonadas para crecer en altura sin tapar el sol de la calle. Es decir: se podía haber conservado el jardín y no se conservó. Ahí, argumentan, se perdió la
ciudad de los quince minutos mucho antes de que a nadie se le hubiera ocurrido llamarla así.
En el papel, el plano sigue pareciendo futurista: la
densidad de viviendas prevista era muy inferior a la actual. Papel y asfalto, ya se sabe.
«Madrid es peor»: la comparación que nunca falla
Mover el foco a la capital es la forma más rápida de encender la conversación. Una parte responde que
Madrid tampoco se salva, con barrios premium igual de insípidos que el Ensanche y calles más estrechas. La otra contesta que Madrid no se queda corta: su zona oeste se salva, pero al sur y al este es un secarral y también arrastra mala calidad de vida en muchos barrios. Y en algo coinciden: Barcelona está comprimida y congestionada, con demasiados millones de personas en un espacio pequeño.
La comparación por barrios da titulares curiosos. Frente al
Barrio de Salamanca, al que se acusa de insípido, se reivindican Génova, Alonso Martínez o Santa Engracia. Y la conclusión que se repite: en casi todas las ciudades grandes, salvo dos calles y cuatro edificios singulares, el resto es una abominación.
Barcelona no sería la excepción; sería el ejemplo.
La Sagrada Familia: obra maestra u horterada con torres de cohete
Poca gente se pone de acuerdo sobre Gaudí. La basílica genera rechazo explícito por fuera —esas agujas que, dicen, parecen cohetes— y aprobación por dentro. «Hortera es poco», resume alguien que prefiere mil veces
Santa María del Mar. Para otro es directamente el
truño del pastel.
Enfrente están los que reivindican el
románico catalán como lo mejor del patrimonio de la comunidad y consideran a Gaudí un arquitecto magnífico, aunque discutible. La bronca, en el fondo, no es de arquitectura. Es de qué se vende como símbolo de una ciudad entera.
Barcelona, tercer destino urbano de Europa: la paradoja
Llega el dato que esgrimen los defensores de la ciudad. Según un participante, es el
tercer destino turístico urbano de Europa, por detrás de Londres y París, y el primero de España con mucha diferencia. Y no es la capital del país. Hay visitantes que pagan por ver lo que algunos vecinos describen como un horror de cemento.
El contraste admite dos lecturas. Una: el turista ve el barrio bonito, no el resto de la ciudad. Otra: el malestar no es con el edificio, es con la vida dentro. Contaminación, calor pegajoso varios meses al año, bicis y patinetes por zonas peatonales,
delincuencia que sale a las pocas horas de ser detenida, según las quejas que se citan. La queja deja de ser urbanística y se vuelve de convivencia.
Del cabreo urbanístico al ruido identitario
Como casi cualquier conversación española que se alarga, esta también deriva. Aparece el marco de
rechazo a Cataluña —hay quien admite sin rodeos que su animadversión a la ciudad viene de ahí— y aparece el revés: quien acusa de pueblerino al que critica. Debajo late una corriente que sostiene que todas las grandes ciudades arrastran el mismo problema político, gobierne quien gobierne.
Y más allá, un par de intervenciones cruzan la raya. Una reclama resolver el descontento por la vía de la violencia, presentándola como el único motor real de cambio histórico. Otra fantasea con arrasar la ciudad a base de bombardeos aéreos. Quedan como lo que son,
soflamas de barra de bar digital, sin que nadie más las secunde.
Al final, el dato que descoloca no tiene nada de arquitectónico. Alguien confiesa haber aguantado
tres meses viviendo allí antes de salir corriendo. Alguien distinto lleva años defendiendo lo contrario: cuadrícula perfecta, centro ordenado, obra de ingeniería. Los dos hablan exactamente de la misma ciudad.