Bienvenidos al apocalipsis: así se gestó el relato del fin del mundo
¿Está el mundo a punto de terminar? La pregunta recorre internet cada vez que se acumulan los titulares negros. En un rincón de la red donde se sigue la actualidad geopolítica al minuto, un mensaje abrió la veda con un saludo que mezclaba humor y fatalismo: «Feliz fin del mundo a todos». A partir de ahí, el hilo se convirtió en un mosaico de noticias encadenadas —un ataque a un monasterio en Valencia, bombardeos en Tel Aviv, incendios de iglesias en Canadá, amenazas nucleares en Ucrania— que muchos leyeron como las señales de un colapso inminente. No era un parte oficial. Era una construcción colectiva del apocalipsis, hecha a base de recortes, tuits y salmos.
El ataque al monasterio de Valencia y el detenido que decía ser Jesucristo
El primer bloque factual del hilo llegó con un
suceso concreto: la detención del autor de un ataque a un monasterio de Valencia. Según los mensajes, el agresor dejó a un fraile muy grave y a otros tres religiosos heridos por traumatismos y contusiones, y fue arrestado de madrugada al grito de «soy Jesucristo». La noticia, atribuida a una fuente de prensa, se actualizó después con la muerte de uno de los religiosos atacados. El hilo no trató el suceso como una simple crónica de sucesos, sino como una pieza más de un relato mayor: el de un mundo que se descompone por momentos.
De Tel Aviv a Ucrania: la escalada que alimentó el relato
A medida que avanzaba la conversación, los mensajes fueron encadenando focos de tensión internacional. Se compartieron publicaciones sobre impactos de misiles en Tel Aviv, con reportes de heridos y gritos en las calles, y sobre la reducción drástica de la población cristiana en Irak en dos décadas. También aparecieron mensajes sobre el riesgo nuclear en Ucrania —cortes de líneas eléctricas hacia centrales y una «fuerte explosión»— y sobre el uso de misiles balísticos autorizados por Estados Unidos. El hilo funcionaba como un agregador informal: cada noticia añadía una capa de urgencia, y la sensación de que todo estaba conectado se volvía más difícil de rebatir.
El salmo 91 y la liturgia del fin del mundo
No todo fue geopolítica. En medio de la acumulación de titulares, alguien reprodujo el salmo 91 —«El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente»— como respuesta a la incertidumbre. El gesto revela una de las claves del fenómeno: cuando el presente se vuelve incomprensible, se recurre al lenguaje religioso para ordenarlo. El hilo pasó así del parte de guerra al consuelo espiritual, sin transición. «Sientense y recen», escribió alguien. Y otros respondieron con chistes sobre el dentista o con un «hágase, cúmplase» que citaba a Jesús.
El bitcoin, los implantes y el humor como válvula de escape
Frente al tono apocalíptico, una parte de la conversación optó por la ironía. Un mensaje pidió aplazar el fin del mundo porque ese día terminaban los trabajos del dentista y hacía falta un par de días para que se afianzaran los implantes. Otro sugirió que el desplome final de las criptomonedas podría ser la chispa del supuesto apocalipsis, con la advertencia de que todas las criptos caerán a cero «tarde o temprano». Y un tercero zanjó con un «venga, vete a cagar» que resume la fatiga de quienes llevan años oyendo que el mundo se acaba mañana. El humor, aquí, no niega la gravedad: la hace soportable.
¿Por qué se celebran los fines del mundo en internet?
La mecánica se repite: un suceso grave, una cadena de noticias relacionadas y la sensación de que esta vez sí. El hilo lo ilustra con precisión. Los mensajes no inventan los hechos —el ataque al monasterio, los bombardeos, los incendios de iglesias en Canadá—, pero los ordenan en una secuencia que sugiere un destino común. Es el mismo mecanismo que alimenta las teorías del colapso económico o las profecías milenaristas: seleccionar los datos que encajan y descartar el resto. La diferencia es la velocidad. Antes hacía falta un predicador; ahora basta con un hilo y una conexión a internet.
Al final, el apocalipsis no llegó. O sí, según a quién se pregunte. Lo que queda es un retrato de cómo se construye el miedo colectivo en tiempo real: un titular, un salmo, un chiste sobre el dentista y la certeza de que, pase lo que pase, alguien estará ahí para decir que ya lo avisó.