Nuda propiedad: la inversión que espera la muerte del inquilino
Un piso, dos propietarios de 68 años y una disyuntiva: pagar 53.000 euros al contado y 550 al mes durante tres meses, o esperar a que la herencia caiga sola. En el argot inmobiliario hay quien lo llama «boomerada histórica». La operación suena sencilla: un mayor vende la casa pero se queda a vivir en ella hasta que muera, cobrando una renta mensual. El comprador se frota las manos, y no precisamente por caridad.
El desglose del coste, según la versión que circula en los mentideros financieros, incluye una entrada de 53.000 euros, tres mensualidades de 550 euros y un apartado de «impuestos e inscripción» que nunca se menciona en los folletos. A partir de ahí, el beneficio depende de una variable incómoda: cuántos años respirará el vendedor. Hay quien multiplica 530 por 12 meses y por 20 años y deduce que la apuesta total ronda los 120.000 euros. Si el usufructuario fallece antes del plazo, el negocio se dispara; si vive más, al inversor se le atraganta la espera. La renta vitalicia es, en el fondo, una apuesta por la fecha de caducidad ajena.
El chiste macabro tiene poso real. La nuda propiedad permite adquirir una vivienda muy por debajo del precio de mercado a cambio de respetar el usufructo vitalicio del vendedor. En un país con una esperanza de vida de las más altas del mundo, el riesgo demográfico es el principal enemigo del inversor. De ahí que las bromas deriven pronto hacia soluciones expeditivas que nadie se atreve a facturar. Ese salto de la ingeniería financiera a la picaresca delata cuán fino es el hilo que separa la rentabilidad de la mala práctica.
- Entrada: 53.000 euros.
- Mensualidades: 550 euros durante 3 meses.
- Coste estimado a 20 años: unos 120.000 euros (530 x 12 x 20).
El dato que descoloca no es el precio, sino la esperanza de vida. Con 68 años, una mujer española tiene por delante más de dos décadas de media. En términos actuariales, el vendedor tiene buena mano, pero la tentación de acelerar la herencia convierte una operación legal en un relato siniestro. Que los boomers, aquellos que compraron casa a precio de saldo, se hayan convertido ahora en activos con fecha de caducidad es la verdadera broma final.