Rusia anuncia dos nuevos ejércitos y 30 formaciones militares
El ministro de
Defensa ruso, Serguéi Shoigu, anunció la creación de dos nuevos ejércitos de armas combinadas y treinta formaciones, entre ellas catorce divisiones y dieciséis brigadas, para finales de año. El anuncio, difundido por cuentas de seguimiento del conflicto, sitúa el volumen de esas nuevas unidades por encima del ejército permanente combinado de Alemania, Reino Unido, Francia, Polonia, España, Países Bajos y Suecia, según el cálculo que acompaña al anuncio. La cifra impresiona. Y a partir de ahí empieza el problema.
¿De dónde sale la tropa para 14 divisiones y 16 brigadas?
La primera objeción que aparece es aritmética. Una división moderna exige miles de efectivos, munición, vehículos y una cadena logística que no se improvisa. El anuncio habla de treinta formaciones nuevas para un solo ejercicio presupuestario, y ahí es donde el papel aguanta lo que el cuartel no.
Hay quien sostiene que Rusia tiene más de un millón de soldados en activo y unos dos millones de reservistas, con una bolsa de reclutamiento potencial de veinticinco millones de personas. La edad media de la población, entre los 18 y los 27 años, daría margen demográfico suficiente. En contra pesa el detalle de que esa bolsa ya está parcialmente movilizada, y que la economía rusa arrastra escasez de mano de obra masculina en edad productiva.
El cálculo más optimista asume que el reclutamiento se cubrirá con voluntarios y subidas salariales. El escenario pesimista parte de que hará falta una movilización forzosa, con la consiguiente fuga de capital humano. La comparación que se maneja en el análisis es la de Estados Unidos, donde por cada militar desplegado hay tres o cuatro personas en logística y tareas de apoyo. Si Rusia quiere sostener tres millones de uniformados, necesitaría entre nueve y doce millones de personas detrás. La población masculina rusa entre 20 y 30 años ronda los siete millones, y baja.
El anuncio como respuesta a la ampliación de la OTAN
La lectura oficial que se traslada es que la medida compensa la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN, que alargó la frontera terrestre de la alianza con Rusia. Shoigu lo enmarca en el desarrollo progresivo de las Fuerzas Armadas «en proporción a las amenazas emergentes a la seguridad militar del país».
La interpretación alternativa es menos amable: que el anuncio sea una operación de comunicación para sostener el relato de una guerra larga y controlada. La contra objeción es que la ofensiva inicial sobre Ucrania se planteó como una operación de días, no de años, y que el territorio controlado hoy es menor que el de las primeras semanas. Si el plan era lento, el plan falló.
El desgaste que no se ve en los organigramas
El punto donde coinciden casi todas las lecturas es el industrial. Crear la estructura es barato; llenarla de material no. La artillería, los vehículos blindados y la munición consumidos en dos años de guerra han salido en buena parte de arsenales heredados de la época soviética, y reponerlos exige líneas de producción que no se levantan con un decreto.
Aquí aparece el argumento más incómodo para el relato occidental: que la OTAN ha entregado una parte sustancial de sus reservas de munición y de sus stocks de carros de combate, vehículos de infantería y piezas de artillería, y que esa entrega no se repone a la misma velocidad. La consecuencia, si el análisis es correcto, es que Rusia estaría acumulando capacidad mientras sus vecinos la consumen.
El matiz que rompe esa lectura es que Rusia también consume. Un ejército que anuncia treinta formaciones nuevas mientras sostiene un frente activo necesita reclutas, instructores y fábricas. Los tres escasean.
Qué se juega la población rusa en el envite
El anuncio tiene una traducción doméstica inmediata: más reclutamiento. La pregunta que sobrevuela el análisis es si será voluntario, con incentivos económicos, o forzoso. La segunda opción implicaría tensiones sociales en un país que ya ha visto salir a cientos de miles de hombres en edad militar desde el inicio del conflicto.
La lectura más cínica es que el anuncio busca precisamente eso: transmitir a la población que la guerra va para largo y que la contribución personal será inevitable. La lectura más técnica es que el Estado Mayor necesita cubrir bajas y rotar unidades desgastadas, y que las cifras redondas del anuncio son más un objetivo de planificación que una realidad de cuartel.
Con estos números sobre la mesa, la pregunta no es si Rusia puede formar dos ejércitos, sino a qué coste humano e industrial lo hace. Y esa cuenta, a la fecha del anuncio, sigue sin cerrarse.