El beso sin consentimiento en un plató reabre la doble moral
¿Habría desatado el mismo escándalo si quien besa es un hombre? Esa es la pregunta que recorre las redes tras el vídeo de una mujer que planta un morreo a un colaborador calvo en plena emisión en directo. Las imágenes, difundidas como una presunta agresión sexual, han destapado una incómoda asimetría: el mismo gesto se condena o se disculpa según el género de quien lo ejecuta.
La grabación muestra a la participante abalanzándose sobre el hombre sin que él pueda reaccionar. Las reacciones públicas no tardan en señalar que, de haber sido él quien besara a una mujer, estaríamos ante un caso de denuncia inmediata. Aquí, en cambio, se banaliza, se ironiza y hasta se cuestiona la identidad de género de la agresora para desactivar la etiqueta de agresión.
El fondo del debate es la hipocresía en el tratamiento de la violencia sexual: la conducta se califica como delito de odio si la ejecuta un hombre blanco y heterosexual, y como empoderamiento o espontaneidad si la ejecuta una mujer, una persona racializada o trans. Según los comentarios difundidos, la escena posterior tampoco ayuda al relato: el colaborador se fue de fiesta con la misma mujer en avión y acabaron en un hotel.
Mientras tanto, el hombre calvo sigue esperando una disculpa. O al menos, un beso que pida permiso antes de darse. En directo, y con testigos.