El fresquito otoñal divide a los participantes del debate: unos lo celebran y otros lo temen
La llegada del fresquito otoñal ha reabierto una de esas discusiones que cada año vuelven con la primera tromba de agua: ¿es el otoño la mejor estación o una condena para quien no soporta el frío? La conversación arranca con una pregunta tan simple como «¿cómo va el personal ahora que por fin llega el fresquito otoñal?» y en pocas horas reúne posturas que van del entusiasmo al cabreo. Hay quien sale de una tienda de ropa con la lluvia cayendo y se declara «calado a tope», convencido de que eso es «la auténtica saluc». Y hay quien responde con un escueto «cabreada, me gusta el verano».
Qué dicen los que reciben el otoño con los brazos abiertos
El bando de los entusiastas tiene argumentos variados. Uno asegura que su época es sin duda el otoño y que todo han sido buenas noticias, con la única pega de que llueve tanto que le estropea muebles y ropa. Otro celebra que con la lluvia no hay controles de tráfico, un detalle nada menor para quien tenía que moverse sin ITV y con un seguro de 24 horas. «Por mí que se quede así», remata. La lluvia, en este relato, no es un problema: es una coartada.
También aparece el perfil que no soporta el calor y que con este tiempo respira mejor. Reconoce que es delgadito y que el calor no lo aguanta, pero matiza que tampoco le gusta que esté nublado: sus días preferidos son los anticiclónicos de invierno, soleados y con frío a tope. Es decir, ni el bochorno ni la grisalla.
Frío con sol, esa combinación que para otros es directamente insufrible.
Los que ya han sacado las mantas y los que duermen a pelo
El frente de los frioleros se organiza rápido. Uno confirma que ya ha sacado las mantas, los nórdicos, el brasero, la estufa y las bolsas de agua. La lista completa, casi un inventario doméstico del otoño. La respuesta no se hace esperar: «Joder qué exagerados, yo estoy durmiendo a pelo con el saco de verano». La réplica llega con guasa: que será porque tiene neopreno en lugar de piel. Y el aludido contraataca: hoy ha caído la mundial y ha aprovechado para sacar una pastilla de lagarto.
El intercambio deja una imagen bastante precisa de cómo se vive el cambio de estación entre los participantes: unos sacan el brasero en cuanto baja un grado y otros siguen con el saco de verano por orgullo o por costumbre. No hay término medio.
Los que no ven en el otoño nada especial
Frente a los dos bandos anteriores, aparece la indiferencia. Uno responde que lo que todos los martes, lunes, miércoles y demás: vida anodina sin más. Otro echa de menos al que suele abrir este tipo de conversaciones y le pregunta directamente dónde está, porque hoy no ha abierto ninguno. La rutina también tiene su hueco en la conversación.
Y luego está el que responde desde el trono, literalmente: «me pillas cagando ahora mismo», pero sí que agradece ir sacando las mantas y los nórdicos. La sinceridad, en este tipo de conversaciones, es un género en sí mismo.
El otoño como antesala del apocalipsis
No falta la nota dramática. Uno dice estar esperando el apocalipsis y otro afirma estar ansiando el infarto, preferentemente de noche y jamás despertar. Es el tono negro que aparece cuando se junta el cambio de estación con la melancolía. Y en medio de todo eso, alguien resume su situación con tres palabras: «Remo, remo y remo». La vida sigue, haga frío o calor.
¿Es el otoño la mejor estación o solo el preludio de lo peor? Depende de a quién se le pregunte, y de si esa persona tiene brasero o saco de verano.