Bulgaria, el refugio soñado: 30.000€ un piso y 398€ el SMI
Un viaje de unos días a Varna basta para volver con la maleta llena de fotos y una sospecha: que vivir en Bulgaria sale más barato y, quizá, más tranquilo. El relato llega con números concretos, según cuenta en el debate quien tiene allí a un amigo. Pisos en pleno centro por
30.000€. Menús de
4 y 5€. Calles limpias de arriba abajo. La ciudad, de unos
340.000 habitantes, es plana, hace costa en el mar Negro y tiene un bosque de kilómetros —merenderos, caminos y parques— haciendo de barrera entre el casco urbano y el agua. El clima se describe como mediterráneo, comparable al de Valencia.
El segundo dato matiza el primero: según ese mismo relato, allí la mayoría cobra
entre 400 y 800€ al mes. Esa cifra funciona a la vez como argumento a favor —los sueldos bajos no atraen inmigración, se sostiene— y como el agujero principal del plan. Todo depende de contra qué se compare.
¿Cuánto cuesta vivir en Varna?
El cálculo optimista se apoya en la restauración. Quien ha pasado unos días allí cuenta que hay restaurantes que en España costarían cerca de
100€ por cabeza y que se resolvían con
15€, con menús del día a 4 y 5€. Con esa referencia, la conversación deriva rápido hacia el poder adquisitivo: «Si en España todo te cuesta el triple y la vivienda en un lugar similar te sale por 6 veces más, resulta que un búlgaro con 600€ tiene mejor calidad de vida que un español con 1500€», resume uno de los mensajes más contestados.
La letra pequeña aparece en el supermercado. En Rumanía, país vecino y muy parecido salvo por el idioma, un viajero no encontró leche por menos de
1,7€ cuando en España una marca blanca se compra por
1€. Y el ladrillo no es tan barato como suena: los
50.000€ que se piden por un zulo equivalen, según otro de los participantes, en relación con los ingresos locales, a unos 150.000€ en España. La ganga se mide siempre contra el sueldo que va a pagarla.
¿Por qué un SMI de 398€ no es un sueldo de 400€
Aquí se cuela el error más repetido del asunto. Un gráfico de 2017 daba un salario medio español por encima de
1.700€ cuando el SMI estaba en
707€, un desfase que sirve para recordar que cada país publica los datos que le convienen. En Bulgaria, hoy, el salario mínimo está en
398€; los sueldos, por tanto, no son de 400€ de media, sino que arrancan ahí.
Con esa corrección hecha, el resto del razonamiento aguanta mejor de lo que parece. Si el coste de la vida se queda en un tercio y la vivienda en una sexta parte, la nómina pequeña compensa.
Varna en enero y el espejismo mediterráneo
El paralelismo con Valencia se rompe en invierno. La temperatura media de enero en Varna es de
3 grados; en Valencia, de
12. El invierno búlgaro es suave comparado con el interior del país, pero no tiene nada que ver con la costa mediterránea española.
Corrupción, sanidad y el país que pierde gente
Bulgaria pierde población y, según los participantes, millones de búlgaros viven fuera. El que puede, emigra: hay profesionales cualificados en Alemania, y la comunidad búlgara en España pasó de
140.000 residentes a
111.000, un
21% menos en unos quince años, de acuerdo con los datos de un vídeo citados en el hilo. Que se descarte la pandemia como explicación de esa caída deja el dato todavía más incómodo.
La corrupción es el otro frente. Hay quien llama al país el más corrupto de Europa y recuerda el asesinato de una periodista búlgara que informó sobre corrupción, un caso recogido por medios europeos. También hay quien rebaja el argumento: comparar la corrupción española con la de cualquier país excomunista da risa. Y quien cuenta que una conocida búlgara no vuelve porque los políticos se llevan el dinero de la sanidad.
A eso se suma un fenómeno que, según otro de los participantes, conviene no confundir con el turismo: jubilados centroeuropeos con pensiones bajas se instalan junto al mar Negro porque en sus países no vivirían igual de bien. Es el reverso del plan migratorio: funciona con ingresos externos, no con un empleo local.
¿Quién da el paso de verdad?
La duda no es si el destino gusta, sino si alguien acaba mudándose. Hay quien sostiene que la escena se repite: planes de huida que se quedan en planes y años después siguen sin ejecutarse. El contraejemplo también lo cuentan los propios foreros: uno hizo las maletas tras años en paro y se marchó, y otro relata que se fue en tren a 400 kilómetros sin reserva previa y que 25 años después sigue sin haber cogido el tren de vuelta.
El oficio pesa. En el transporte por carretera hay escasez de conductores en toda Europa y las empresas no están para remilgos, lo que, según su propio relato, deja margen a un camionero para negociar destino y condiciones. Emigrar a Polonia, Hungría o República Checa, en cambio, se ve como un salto mucho mayor por el idioma que gastan.
Queda el dato que descoloca. En 2017, según un dato aportado en el debate, el
19% de los niños nacidos en España tenía nacionalidad extranjera. En Bulgaria, la población extranjera no llega al
3%, con una tasa media de inmigración del
2,67% en 2020. Los números explican por qué el destino no atrae a quien busca mandar dinero a casa. No explican, en cambio, por qué quien podría irse sigue aquí.