El legado económico de Berlusconi: Telecinco y cientos de millones
Silvio Berlusconi murió a los 86 años en un hospital, donde estaba ingresado por una
infección pulmonar. Padecía leucemia. Había pasado el COVID-19. El parte médico se cierra ahí; el balance se abre en otro sitio: el de un hombre que convirtió la televisión privada italiana y española en una máquina de facturar. La discusión que deja no es cómo murió, sino cuánto de lo que hoy se ve en la pequeña pantalla lo diseñó él.
Telecinco, la televisión privada más rentable de Europa
Entre 1996 y más allá de 2010, el grupo pilotado por el
Cavaliere gestionó la que se describe como la televisión privada más rentable de Europa:
Telecinco España. El diagnóstico que se repite es incómodo para el sector: la rentabilidad no llegó por informativos de prestigio ni por ficción ambiciosa, sino por programas de corazón, realities y entretenimiento de bajo coste, lo que una parte del público llama sin rodeos telebasura. Cientos de millones de euros de beneficio, según ese repaso.
Hay dos lecturas. La amable sostiene que supo leer antes que nadie el apetito de audiencia por el espectáculo barato. La dura, que la frontera entre informar y entretener se cruzó a propósito para exprimir el minuto publicitario. Las dos aterrizan en el mismo punto: una máquina de hacer caja replicada durante dos décadas y un modelo de negocio que sobrevivió a su dueño. El detalle de qué programas sostenían esa cuenta de resultados es lo que más se pelea.
¿Murió Berlusconi por la vacuna del COVID?
No hay ninguna prueba de que fuera así. La sospecha circuló con fuerza, pero no está respaldada por ningún dato: la causa que se manejó fue una infección pulmonar sobre una leucemia previa. Frente a esa hipótesis se alzó el argumento más simple, y también el más sólido:
la leucemia en adultos es de las más letales, con 86 años y sin necesidad de añadir nada más. La teoría del fármaco, del NWO y del gran conspirador de turno se quedó, como siempre, sin una sola cifra que la sostenga.
Milan, fiestas y el personaje como activo de la marca
El otro negocio era él mismo. El Milan que arrasaba en la Copa de Europa, las fiestas con modelos, su última pareja,
50 años menor que él: todo eso alimentaba una marca personal que valía dinero. La anécdota que más se repite es su respuesta en una rueda de prensa cuando le mandaron a casa: «¿a cuál de ellas?». Y la que retrata su estilo, la respuesta despectiva con la que despachó a una canciller alemana, recogida por la prensa. El personaje vendía, y vender era el oficio.
Lo que el dinero no compró
Aquí el tono cambia. Una parte sostiene que con todo el capital del mundo la salud no se negocia, y que los tratamientos caros no siempre alargan nada. Otra recuerda lo obvio: el dinero paga el mismo final, solo que con mejor habitación. Y una tercera, más incómoda, apunta a intereses cruzados entre médicos y herederos cuando la fortuna es grande. Nada de eso tiene prueba, pero el debate lo dejó escrito.
Las críticas más duras van por otro camino: el imperio mediático habría crecido al calor de relaciones opacas con el poder, y se le atribuye presuntamente haber defraudado mientras el ciudadano medio pagaba sus impuestos. Son acusaciones que circulan sin sentencia firme que las cierre.
El cierre que deja el dato
La frase que resume mejor el ánimo del día fue otra: la muerte es la verdadera democracia. Iguala al que tuvo tres cadenas y al que no tuvo nada. Y mientras unos cuentan los programas que dejó y otros los millones, hay un dato que descoloca a todos por igual:
el hombre que acumuló más poder mediático de Italia murió a los 86 años, y otro de 92 sigue vivo. Nadie ha explicado todavía por qué.