El técnico que rechaza 1.200€ al mes: los 'remeros' ya no tragan
Un profesional técnico de 32 años tiene trabajo a su alcance en su especialidad, pero solo si acepta mudarse a una gran ciudad y firmar por
1.200 euros al mes. Lo ha rechazado y sigue buscando. Es un caso entre muchos de un cambio que incomoda a las empresas españolas: buena parte de la generación que entra al mercado laboral ha dejado de aceptar según qué condiciones como peaje de entrada.
El patrón se repite. Se les llama
remeros —los que reman en la empresa—. Lo que se les atribuye es menos épico: cumplir el horario, marcharse a su hora, negociar cada minuto extra y no tragar con la jornada partida. Con eso ya basta para ser señalado como conflictivo en según qué oficinas.
¿Por qué los jóvenes ya no aceptan la jornada partida?
La
jornada partida es el primer frente. Cada vez se asimila peor porque se percibe como lo que a menudo es: una manera de tener a alguien disponible doce horas para pagarle ocho. A eso se suma el control de las horas extra, que en muchos casos son voluntarias y, si se hacen, se cobran. Quien las regala, dicen, sienta el precedente para todos los demás.
Hay un efecto secundario que conviene mirar sin adornos: cuando una parte de la plantilla baja el estándar de esfuerzo, el que cumple lo mínimo pasa por héroe. Un trabajador millennial lo cuenta sin pudor: reconocen su actitud con elogios y con una nómina normal. No es mérito propio, sostiene, es que el listón lo han bajado otros.
La queja tiene precedente y nadie lo blanquea. Quien hizo prácticas de formación profesional a finales de los noventa recuerda que apenas le pagaron el transporte; en periodismo y en los despachos de abogados, ser pasante y no cobrar fue norma durante años. Lo que ha cambiado no es el abuso. Es la respuesta.
El sueldo que no cubre el alquiler
El segundo frente es aritmético. Un técnico de 32 años en pleno reciclaje formativo lo pone negro sobre blanco: puede trabajar de lo suyo en España, pero a costa de irse a una gran ciudad por
1.200 euros al mes, algo insostenible para un puesto que exige titulación. La alternativa no cualificada la probó en verano:
once horas al día en turno partido en un restaurante, por un sueldo que no compensa.
La conclusión que saca parte de esa generación es que no se trata de vagancia, sino de cuentas. Si el alquiler se come el salario, trabajar no cambia la situación, solo la retrasa. Por eso muchos reclaman resolver primero lo básico —sueldos y precio de la vivienda— antes de que se les pida el compromiso que sus mayores dieron gratis.
¿Se disparan al pie o corrigen el mercado?
Aquí se parte el diagnóstico. Desde dentro de una empresa tecnológica se describe un detalle incómodo: el proceso de selección no pone edad, se busca gente con formación y cabeza, y aun así la media de los contratados supera los
35 años. La lectura de quien lo cuenta es amarga: si los veinteañeros no acumulan experiencia pronto, cuando quieran hacerlo serán demasiado mayores.
El contrapunto no niega el dato, niega la moraleja. Se argumenta que el relato del
traga ahora y serás jefe después ya no se sostiene cuando incluso los perfiles sénior cobran poco, asumen mil responsabilidades y deben reciclarse sin parar para no quedar fuera. Otros van más lejos: matarse a trabajar para hacer rica a otra persona no es precisamente una señal de gran inteligencia.
Cuando el compañero es peor que el jefe
El desgaste no siempre viene de arriba. Lo describen quienes han pasado por varias empresas quemados: los peores, dicen, son los propios compañeros, entre chivatos, trepas y gente que pone zancadillas. Un caso lo ilustra sin adornos: electromecánico en una empresa pequeña, cargar peso, clientes caprichosos, jefe déspota, horas extra y domingos. Un amigo en el almacén de una gran empresa ganaba más, con extras a
22 euros la hora y opciones de ascenso. Cambió de empleo y mandó a la anterior a paseo.
La diferencia no la marca lo que aguantas, sino dónde lo aguantas. Eso explica por qué muchos ya no discuten: simplemente se van.
¿Qué pasa cuando se jubile el baby boom?
La tesis más optimista sostiene que el mercado se corrige solo. Con la generación del
baby boom saliendo y una base demográfica joven estrecha, los salarios tendrían que subir por pura escasez. Hay quien añade que muchos jóvenes se han ido a sectores con demanda y negocian horarios y sueldos como quien vende algo escaso.
Frente a eso, hay quien sostiene que los intentos de cubrir los puestos menos cualificados con trabajadores de otros países no están funcionando y retrasan el ajuste. Y sobre el fondo planea la crítica más dura: que esta resistencia es pasiva, atomizada y sin proyecto, que no mejora nada por sí sola. La réplica desde el otro lado es corta: cuando no tienes vivienda ni perspectivas, lo único que queda es dejar de remar gratis.
Al final, el dato que descoloca no es el de los que rechazan un sueldo. Es el de esa empresa que no pone edad y contrata, de media, a personas por encima de los 35 años.