Colas en el consulado marroquí de Bilbao por la regularización masiva
Un equipo de OKDIARIO se planta en la cola del Consulado General de Marruecos en Bilbao y graba lo que allí se cuece: cientos de personas que reconocen haber residido en España sin autorización entre tres y cinco años, agolpadas para conseguir el certificado de antecedentes penales que exige el real decreto de regularización aprobado por el Gobierno de Pedro Sánchez. El reportaje, firmado por Cake Minuesa y publicado el 15 de abril de 2026, recoge testimonios que mezclan el agradecimiento al presidente con el cálculo de lo que van a cobrar.
La pieza no es un reportaje de color. Es un documento sobre cómo se está gestionando, en la práctica, una medida que el Ejecutivo presenta como administrativa y que la oposición lee en clave electoral. Los entrevistados hablan de
1.200 euros entre ayudas públicas y lo que aportan en casa, de cursos gratuitos valorados en 800 o 900 euros y de su intención de voto. «¡Viva Pedro Sánchez!», suelta uno. «Ojalá que gane otra vez», añade otro. La escena se grabó en Bilbao, en el País Vasco, una de las comunidades con menor peso de población extranjera.
Qué regula exactamente el real decreto de regularización
El texto exige acreditar la ausencia de antecedentes penales en España y en el país de origen o de residencia durante los cinco años previos a la llegada. Ahí empieza el cuello de botella: los consulados no siempre emiten el certificado a tiempo. El real decreto contempla una salida: si el país no responde en un mes, el solicitante puede firmar una declaración responsable de que lo ha intentado y es el Gobierno de España el que reclama el documento por vía diplomática. Si pasados tres meses tampoco lo consigue, se comunica al interesado y, tras quince días, la solicitud se da por desistida.
Ese mecanismo es el que ha llevado a cientos de personas a hacer cola en el consulado marroquí de Bilbao. El reportaje cifra en más de
800.000 las personas que podrían acogerse a la medida. Los testimonios recogidos describen una mezcla de urgencia administrativa y expectativa económica: ayudas dentales, oculares, cursos, subsidios. «Todo gratis», resume uno de los presentes.
El dato que la oposición usa como munición: 68% de detenidos por violación
El reportaje enlaza la regularización con una cifra que la Ertzaintza facilitó al Parlamento vasco a petición de Vox: el
68% de los detenidos por violación en el País Vasco en 2025 eran extranjeros, cuando la población de nacionalidad extranjera en esa comunidad ronda el 10%. El dato lo entregó el Gobierno vasco de coalición PNV-PSOE. La comparación es la que sostiene buena parte del argumentario crítico: menos población extranjera que la media nacional y, aun así, sobrerrepresentación en una categoría delictiva concreta.
Conviene manejarlo con cuidado. La estadística mide detenciones, no condenas, y no controla variables como edad, situación administrativa o concentración urbana. Pero el número existe, está en el material y la oposición lo va a repetir. En el mismo reportaje se recuerda que el País Vasco es una de las autonomías con menor presencia de población extranjera, lo que refuerza el contraste estadístico.
El cálculo del voto: cuántos años hacen falta para votar
Aquí el relato se rompe por un detalle técnico que varios análisis del material subrayan: la regularización no equivale a nacionalidad. Para votar en elecciones generales hace falta el pasaporte español, y para solicitarlo los nacionales de Marruecos necesitan
diez años de residencia legal, además de superar un examen. La excepción son los nacionales de países iberoamericanos, Andorra, Filipinas, Guinea Ecuatorial, Portugal y los sefardíes, que pueden pedirla con dos años.
Es decir: los entrevistados que prometen su voto a Sánchez no podrán depositarlo en una general a corto plazo. Como mucho, y según el mismo análisis, podrían votar en municipales cuando cumplan los requisitos de residencia legal. La tesis del pucherazo inmediato, por tanto, no se sostiene en el calendario electoral. Otra cosa es el efecto a diez años vista, que es donde algunos sitúan el problema real.
La respuesta política: del «no hará nada» al «alta traición»
El material recoge tres corrientes de fondo. La primera sostiene que la regularización es una operación de sustitución de electorado y que el PP no revertirá la medida cuando gobierne: «cuando salga el de la gaviota no hará nada para remigrar ni para cerrar las fronteras», resume una intervención. La segunda apunta al cálculo electoral de la izquierda y a la pasividad del votante agraviado: hay quien describe a votantes socialistas que anteponen la subida de la pensión a cualquier otra consideración, incluso viviendo en barrios tensionados. La tercera, menos comentada, señala que el problema no es Sánchez sino la ausencia de una alternativa que cambie leyes concretas: «reto a cualquiera a que me diga una sola ley que haya promulgado ZP y que Rajoy haya cambiado».
El marco legal de una hipotética acusación por traición también aparece en el material: el artículo 102 de la Constitución exige que la iniciativa parta de una cuarta parte del Congreso y se apruebe por mayoría absoluta, y la prerrogativa de gracia no se aplica en ese supuesto. Es el tipo de detalle que convierte la consigna en procedimiento, y el procedimiento en algo que hoy no tiene números.
El reportaje deja una imagen que resume el estado de la cuestión: una cola de personas que aún no tienen papeles calculando en voz alta lo que van a recibir, un consulado que no da abasto con los certificados y un Gobierno que ha diseñado una vía de escape administrativa para los retrasos. Lo que no aparece por ningún lado es el coste fiscal de la operación, ni cuántos de los 800.000 potenciales beneficiarios acabarán regularizados, ni qué pasa con los que se queden fuera. Ahí se acaba el reportaje y empieza lo que nadie ha calculado todavía.