Cambridge, Arday y la gloria de la Universidad (Carlos Martínez Gorriarán en Vozpópuli)

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Cambridge, Arday y la gloria de la Universidad​

21/08/2026

Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli​

  • No van a parar hasta destruir lo que hizo grande la cultura ilustrada occidental

La triste historia de Jason Arday y la universidad de Cambridge, una de las más prestigiosas del mundo, proporciona una completa radiografía del triste estado de la academia. Arday representaba a la perfección -y ahora vemos con cuanta ironía- al ideal de académico proge: un humilde africano con una autobiografía heroica de superación personal en todos los ámbitos de la existencia, desde su salud precaria de discapacitado impostado a proezas deportivas y altruistas sin cuento. Especialista en algo bautizado Teoría Crítica de la Raza (progenie de la narcótica Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt), protagonizó una carrera académica meteórica hasta elevarse a las alturas codiciadísimas de la Facultad de Educación de Cambridge. Resultó ser la mentira viviente ideal para la mentira sistémica del wokismo.

No repetiré aquí su autobiografía, una completa sarta de farsas y mentiras resumida aquí por Díaz Villanueva. Era tan exageradamente auto ditirámbica que llamó la atención del periodismo de investigación británico. Se descubrió de paso que Arday era poco menos que un monumento nacional intocable: la policía investigó a los periodistas que investigaban a esta vaca sagrada, y BBC y opinión de izquierda defendieron a gloria la honorabilidad y altura académica de Arday como cosa autoevidente, pues, ¿es siquiera pensable que alguien sin los mayores méritos sea elevado a las alturas de Cambridge?

Sectarismo fanático​

En efecto, investigar la persona y carrera de Jason Arday hace inevitable investigar a la propia universidad elevadora; también, dado el peso de Cambridge, a la universidad occidental en general y al mundo de confusión ideológica, irracionalidad militante y sectarismo fanático conocido por wokismo, DEI por nombre técnico administrativo: es la sigla para la política de promoción de la Diversidad, Equidad e Inclusión. Los beneficiarios son presuntos colectivos de algo así como víctimas del capitalismo patriarcal, la democracia liberal y el malvado hombre blanco heterosenshetero occidental.

Los periodistas del Times, The Daily Telegraph y The Guardian no se dejaron intimidar ni por Cambridge ni por la poderosa opinión de la izquierda británica, y acabaron demostrando que Arday no sólo mentía sobre su prodigiosa vida, sino que su carrera académica se basaba en el plagio, era irrelevante y francamente mejorable como profesor (a los alumnos que protestaron por la vacuidad de sus clases y tutorías se les advirtió de que sus quejas eran racistas). Cuando el escándalo subió en decibelios por el ruido de las pruebas, Cambridge no tuvo más remedio que abrir una investigación interna. Llegados a este punto, el pobre Jason Arday decidió dimitir y suicidarse justo cuando una gran editorial lanzaba sus memorias con gran aparato publicitario y un cheque millonario para el autor. El ridículo iba a ser cósmico, la crítica severa y Arday no lo soportó.

La herencia del 68​

El núcleo del problema no radica en la fantasiosa vida de Arday y su trágico desenlace, sino en el papel de Cambridge en su elevación a ejemplo mundial. La investigación ha probado que el finado nunca pasó por verdaderos controles ni filtros académicos: su trabajo se dio por excelente porque colmaba a la perfección el ideal proge. La comunidad académica DEI, ferozmente endogámica y refractaria al control y escrutinio externos, ejerce en las ciencias sociales y humanidades una verdadera dictadura que se remonta a la “revolución universitaria” de 1968, y ha empeorado con el tiempo. Es prácticamente imposible hacer una carrera académica exitosa, incluso intentarla, si se desafía o rechaza la dogmática estrafalaria y férreamente anticientífica de la herencia utópica del 68 (sí, en efecto, cuento todo esto con detalle en Utopía y desastre).

El escándalo Arday ha sacado al escenario justamente aquello que la universidad occidental no quiere discutir: la prevalencia de criterios ideológicos sobre científicos, la arbitrariedad de la cooptación de docentes e investigadores y su transformación en una casta endogámica de privilegiados que confunden adrede autonomía universitaria con irresponsabilidad, venalidad y rechazo de la dación de cuentas. El verdadero escándalo es que los estudios a los que se consagran y financiamos todos -género, raza, descolonización, constructivismo cultural, la maldad del hombre blanco, etc.- es pura verborrea del más elevado sectarismo.

Otro caso Lysenko​

El precedente es el caso Lysenko, poco conocido fuera de la historia de la ciencia, pero el mejor ejemplo de la incompatibilidad de totalitarismo y ciencia, dictadura y verdad, dogmatismo y crítica libre. Lysenko fue un agrónomo ruso elegido por Stalin para inventar una biología soviética alternativa a Darwin y la genética, consideradas (con razón) incompatibles con los dogmas marxistas-leninistas. El elegido no se limitó a perseguir y destruir a los científicos soviéticos que preferían creer a los genes antes que a un lunático incompetente; también destruyó la agricultura y ganadería soviéticas con disparatadas estrategias que buscaban liquidar la condenada selección natural basada en adaptación y herencia genética. Así fue como la URSS pasó de granero del mundo a importar trigo americano. Pero la izquierda marxista nunca aceptó el sentido de la historia de Lysenko y de la absurda “ciencia comunista” alternativa a la burguesa, ordenada por Stalin. Sigue siendo su oscuro objeto de deseo.

En occidente asistimos a otro caso Lysenko en la figura de Arday. La izquierda –Jeremy Corbin, Owen Jones, los equipos dirigentes de las universidades- se niega a reconocer el fondo de la cuestión y acusa al “acoso de la derecha” del final trágico del falso científico y mal profesor. El premier Starmer lo denunció como ejemplo de pérfido acoso a un inocente en las redes sociales, eludiendo las mentiras y privilegios académicos inaceptables.

La casta de intocables​

Quizás el caso Arday ataque el gran tabú de la educación superior en Occidente: la estrategia DEI que cultiva la negación ideológica de la naturaleza, la democracia liberal y la mera responsabilidad sarracena. Debemos preguntarnos si es justo y sostenible financiar con un ingente presupuesto a una casta de intocables privilegiados y completamente […] (Arday cobraba más de 100.000 libras anuales por no enseñar otra cosa que su vida), y peor aún, encomendarles la educación, valores y cultura de la sociedad entera. Si alguien cree que este caso les hará mejores, está muy equivocado: ya están explotándolo para limitar la libertad de expresión y crítica en los campus y redes sociales, convertidas de repente en “acoso de los derechistas a las minorías excluidas”. No van a parar hasta destruir lo que hizo grande la cultura ilustrada occidental: la libertad de pensar e investigar, la crítica racional y la responsabilidad de cada uno con sus propias elecciones.
 
Si se investigara la universidad española, especialmente en periodismo, humanidades y estudios de género, habría mucho que analizar.

Hay universidades con Unidad de Igualdad y Unidad de Diversidad. En algunas incluso es la misma unidad.
 

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