El cartel soviético de 1978 que hizo de la frontera un dogma
Dice que las fronteras de la Patria son sagradas e inviolables. Pero los datos de la época cuentan lo contrario: no protegían al país del exterior, sino que impedían que su propia población saliera. Entre 1949 y 1961, más de tres millones de alemanes del Este abandonaron su país. El Muro de Berlín no se levantó para frenar al capitalismo, sino para que los ciudadanos no votasen con los pies.
En la URSS, entrar era muy difícil y salir casi imposible. Los países europeos comunistas presumían de fronteras herméticas e inmigración cero, mientras las economías capitalistas, con todos sus defectos, acabaron importando mano de obra extranjera. La comparación es incómoda: el cerramiento soviético era una barrera de salida, no de entrada.
El precio social del orden cerrado
Detrás de la épica de las fronteras sagradas, el régimen soviético desplegó una ingeniería social costosa. La mujer era el 80% de la mano de obra agrícola y la maternidad se convirtió en servicio al Estado. Las tasas de aborto estuvieron entre las más altas del planeta y el alcoholismo diezmaba a los varones. Nada de eso era degeneración occidental: era reglamento.
Hoy, quienes añoran ese orden cerrado suelen olvidar las colas ante tiendas vacías y las cartas de quienes cruzaron el Telón de Acero. Quizá la pregunta no sea si las fronteras cerradas eran eficientes, sino si la estabilidad que prometían merecía el precio. ¿Alguien sigue creyendo que el paraíso socialista necesitaba muros para que no entraran?