El estudio del 91% de riesgo que los medios no enlazaron
¿Puede matarte saltarte el desayuno? La cifra que recorrió portadas y tuits era contundente: el ayuno intermitente más popular —dieciséis horas sin comer y ocho de ventana para hacerlo— «eleva un 91% el riesgo de muerte cardiovascular», repetían los titulares. Lo publicaron, entre otros, Marca, Okdiario, El Debate, El Español, El Mundo, 20minutos, ABC y el canal de noticias de Antena 3. Ninguno de los titulares más agresivos enlazaba el estudio del que hablaban.
Ahí está la primera bandera roja. Cuando un medio anuncia que «un estudio demuestra» algo y no ofrece el enlace, el lector tiene derecho a sospechar. Localizar el documento no fue difícil: bastó buscar la cifra y la palabra clave en un buscador para dar con el
origen en la sala de prensa de la Asociación Americana del Corazón (AHA).
Qué decía realmente el estudio del 91%
El estudio es
observacional, no experimental. Y esa distinción lo cambia todo. Un trabajo observacional constata que un grupo de personas que hace X tiende a presentar más Y; no prueba que X cause Y. Los autores lo advirtieron: los datos no eran concluyentes y no permitían afirmar una relación de causa. Los propios promotores pidieron cautela y señalaron que haría falta información adicional sobre la calidad nutricional de las dietas de los participantes.
Media docena de medios obvió esa advertencia. Algunos, como el portal de Antena 3, al menos cualificaron con un «podría». El resto se quedó con el número. Un número, por cierto, que un forero calificaba de absurdamente preciso:
91%, ni 90 ni 92.
Asociación no es causación: la corbata y el Volvo
El ejemplo clásico es la corbata. Los niños que la llevan al colegio sacan mejores notas, llegan a mejores universidades y terminan con sueldos más altos. Nadie sostiene que la corbata cause el éxito: ambos hechos comparten un tercer factor que no es la prenda.
Con el ayuno pasa lo mismo. Quien no desayuna muchas veces no lo hace por gusto. No desayuna por estrés, por falta de tiempo, porque se levanta a las cinco de la madrugada a un trabajo poco apetecible. Lo que correlaciona con el infarto puede no ser el ayuno, sino el
estrato social y el estrés de quien lo practica sin elegirlo. O puede ser al revés, como se argumenta con el sueño: que quienes tienen mala salud coman peor y menos. Sin aleatorización —asignar a los participantes al azar a ayunar o no—, la causalidad es una quimera.
Hay una anécdota que lo ilustra: el Volvo 740 familiar registraba una mortalidad más baja que el mismo Volvo en versión sedán. ¿Era el sedán más peligroso? No lo sabemos: el dato no permitía concluir eso.
¿Quién paga un estudio sobre no comer?
Aquí llega la pregunta incómoda. Ayunar no cuesta dinero. No genera gasto. No da beneficios a ninguna empresa. Difícilmente alguien financia una investigación para vender más ayuno.
La Asociación Americana del Corazón, que publica el resumen, sí tiene financiadores con nombre y apellidos. En su lista de contribuyentes aparecen las principales
farmacéuticas —las de 2021, entre otras—, mientras que las fuentes «no corporativas» no se detallan. No se sabe del todo quién pone el dinero.
Del desayuno a la epistemología
El asunto de fondo no es el ayuno. Es
por qué y cómo creemos saber lo que creemos saber. La vida es un campo minado y la epistemología es el detector de minas: una mala epistemología es un detector averiado, y con él se acaba pisando una mina.
Las historias de manipulación alimentaria no son nuevas. La industria azucarera pagó a investigadores de Harvard en los años sesenta para desviar la culpa de la grasa hacia los problemas cardiovasculares. Antes, una campaña publicitaria había consagrado el beicon como desayuno saludable. Hoy el papel del beicon lo ocupan los cereales azucarados. En el hilo se recuerda que los masái, que comen sobre todo carne y leche, apenas conocían la enfermedad coronaria hasta que introdujeron el maíz.
En un simposio se contaba la moraleja definitiva: al terminar la carrera, los profesores felicitan a los licenciados y confiesan que la mitad de lo enseñado es verdad y la otra mitad, mentira. Y que ni ellos saben qué mitad es cuál.
Cuánto necesitamos dormir no lo decide un titular
La asociación entre más horas de sueño y peor salud sigue la misma lógica. Hay quien necesita siete horas y quien necesita nueve. Confundir esa diferencia con una causa de enfermedad —cuando probablemente es una consecuencia— convierte un detalle en un prejuicio. Y mientras se discute si dormir mucho mata, la realidad de la sociedad de las mil distracciones es que se duerme poco.
Ahí está el patrón: primero se convierte una correlación en sentencia, después se difunde sin el documento, y por último se olvida. Los datos disponibles apuntaban a una relación sin causa probada; los titulares, a una condena.
Puede usted seguir desayunando, si le apetece. O no. La única certeza es que el 91% no lo decidirá su desayuno, sino el titular que no enlazaba nada.