Así vivirán los vecinos del primer rascacielos de 2.000 metros de altura: "La enajenación respecto al mundo será total"

Vista de un rascacielos de 2.000 metros sobre el desierto con otras torres menores y nubes a distintas alturas

El rascacielos de 2.000 metros: nadie sabe aún cómo se sube la compra​

No existe en el mundo una planta 320 habitada. El rascacielos de 2.000 metros que Arabia Saudí adjudica al estudio de Norman Foster promete llevarla hasta un kilómetro de altura, y ni los ingenieros que firman proyectos de esa escala saben responder a las preguntas elementales: cómo se sube la compra, qué presión tendrá el grifo o qué pasa cuando suena la alarma de incendios. La duda no es si la técnica aguanta. Es si alguien quiere vivir ahí.

El techo real lo marca el Burj Khalifa de Dubái, el edificio más alto del planeta desde 2014: 828 metros de altura, habitado solo hasta los 584, su planta 163. Por encima, maquinaria y una antena. Esa es la referencia que conviene tener a mano cuando se habla de dos kilómetros.

Qué se sabe de la torre de 2.000 metros de Arabia Saudí​

La Jeddah Tower se proyectó en 2011 para alcanzar 1,6 kilómetros —la milla simbólica del rascacielos utópico que Frank Lloyd Wright dibujó en los años 50—, pero encogió hasta los 1.000 por indicación de los geólogos que analizaron el suelo. Las obras arrancaron en 2014 y se suspendieron en 2017, con la estructura a 390 metros, cuando el príncipe Bin Talal perdió el favor del Gobierno y se quedó sin crédito. Después recuperó respaldo político y financiación estatal.

Sobre la torre de dos kilómetros hay menos certezas. El Public Investment Fund, el fondo soberano que invierte los beneficios del petróleo y dirige el príncipe Mohamad Bin Salman, adjudicó el concurso a Norman Foster con un presupuesto declarado de 4.620 millones de euros. Iría al norte de Riad. El escepticismo fue inmediato.

Oficinas abajo, viviendas en medio y miradores arriba​

La compartimentación previsible de una mole así es casi jerárquica. El primer tercio, oficinas y usos comerciales; el segundo, viviendas y hoteles; el último, miradores y servicios técnicos. El motivo no es comercial, es físico: solo se sostiene sobre una base inmensa que se afina a medida que el edificio gana metros.

El ingeniero Juan Carlos Arroyo, que firma las estructuras de la reforma de las Torres de Colón de Madrid, calcula que el núcleo estructural tendría que medir 300 por 300 metros como mínimo, aunque no sería macizo: alojaría ascensores y servicios. Ahí se decide todo lo demás.

El informe económico que nadie ha visto​

El arquitecto y profesor de la Politécnica de Madrid Eduardo Prieto lo resume sin adornos: no hay informe económico, no hay estudio de demanda —ni residencial, ni de oficinas— ni cálculo del coste de mantenimiento. Arroyo apuesta a que el proyecto «se hará y se divulgará, pero no se construirá», aunque admite que pensaba lo mismo de The Line y las obras ya están en marcha.

El Burj Khalifa ofrece el precedente incómodo: tiene plantas enteras de oficinas y pisos que nunca llegaron a habitarse y a nadie parece importarle. Los miradores y restaurantes facturan, el nombre del edificio suena en medio mundo. Si la empresa pública que lo promovió recuperó la inversión es algo que no se ha aclarado.

La lectura geopolítica es la menos discutida. Con los hidrocarburos dejando de ser riqueza infinita, la idea sería convertir estas ciudades en enclaves de vida regalada para los milmillonarios del planeta. Vender altura como marca país.

¿Cómo se vive en la planta 320?​

¿Se mueve el suelo como en un avión? ¿Llega el agua con presión? ¿Se pueden abrir las ventanas aunque sea medio minuto? ¿Cómo se tira la basura? ¿Y qué pasa con un incendio a un kilómetro de altura? Las preguntas se acumulan y ninguna tiene respuesta cerrada.

Los tiempos son el dato más concreto. Según el relato de un forero, en el rascacielos más alto del mundo un restaurante situado a media altura tenía que preverlo todo: bajar a la calle y volver a subir representaba media hora, aun con ascensores a la velocidad de la luz. Otro participante cuenta que tiene una cuñada en una planta 96 de China y describe bajar a la calle como coger el metro, con transbordos incluidos.

A eso se suman los temores que apuntan varios participantes: juntas de vecinos a esa escala, el mal de altura, la dependencia absoluta de ascensores y bombas de agua y la tentación de no salir. El aislamiento —vivir dentro de un artefacto, no de una ciudad— aparece en casi todos los análisis como el coste real del invento.

Babel, faraones y el ruido que no explica nada​

Buena parte del rechazo se organiza alrededor de un marco religioso: la Torre de Babel, el castigo a quien desafía los límites, las pirámides como monumento al faraón, el becerro de oro. Es una lectura vieja y se recicla para cualquier obra faraónica. Aporta épica, no ingeniería.

Otra corriente reduce el asunto al origen o la religión de los promotores. Es la línea menos productiva de la conversación y no explica ni el coste, ni la demanda, ni por qué se elige Riad y no un puerto con miles de potenciales residentes fiscales.

En paralelo, la discusión deriva, según varios participantes, hacia el urbanismo estadounidense: centros de rascacielos rodeados de urbanizaciones infinitas, con dos o tres horas diarias de coche. La comparación recuerda algo incómodo. La densidad extrema y la dispersión extrema comparten el mismo problema: tiempo perdido.



Con estos mimbres, el pronóstico razonable es que la torre se anuncie mucho y se construya poco, y que lo que se abra funcione como escaparate —miradores, oficinas de lujo, hoteles— antes que como barrio. Las plantas altas seguirán vacías o reservadas, como en Dubái. Y el día que un fuego, un apagón o un bajante pongan a prueba el invento, sabremos si la altura era una promesa o solo un anuncio. Si alguien acaba viviendo a un kilómetro del suelo, probablemente sea el último en enterarse de cómo está la calle.
📊 OPINIONES
Peso aproximado de cada postura en el debate. No es una encuesta.
Proyecto faraónico sin justificación económica45%
Avanzará pese al escepticismo técnico25%
Escaparate geopolítico para atraer capital20%
Reto de ingeniería con valor tecnológico10%
📌 DATOS
El Burj Khalifa mide 828 metros y solo está habitado hasta los 584, su planta 163
❓ PREGUNTAS FRECUENTES
¿Por qué Arabia Saudí construye rascacielos si le sobra territorio?
El motivo no es la falta de suelo. El análisis más repetido es el de marca y estatus: con los hidrocarburos perdiendo peso, estas ciudades quieren ser enclaves para grandes fortunas. A ello se suma, según Andrew Harris, la idea de escapar de la congestión, la contaminación y la criminalidad del nivel de la calle.
▶ VÍDEOS
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