El independentismo catalán y el giro migratorio que nadie vio venir
El nombre de Mohamed supera al de Arnau, Gerard, Sergi y Jaume en Barcelona. Más del 40% de la población entre 25 y 39 años en Cataluña ya es de origen extranjero, y dos de cada tres habitantes de entre 30 y 34 años en la capital catalana son extranjeros, según los datos de Idescat actualizados en 2024 que se han difundido en el debate. La primera generación de catalanes que ha pasado a ser minoría dentro de Cataluña ya existe. Y eso ha reventado por completo el relato identitario del independentismo, que durante décadas vendió que el enemigo era Madrid y que cualquier recién llegado era un «nou català» más.
El punto de partida de la discusión es una respuesta despectiva en redes que resume el estado de ánimo de una parte del electorado soberanista: la preferencia por el español antes que por los migrantes magrebíes. Lo que hace unos años habría sido impensable en boca de un votante de ERC o la CUP, hoy circula sin pudor. El independentismo ha perdido el monopolio del agravio.
Por qué el discurso del «nou català» se ha roto
Durante los años ochenta y noventa, la estrategia de la Generalitat consistió, según algunos participantes en el debate, en atraer población del resto de España y de terceros países para diluir el peso demográfico de los castellano-hablantes y consolidar una mayoría social favorable al proyecto nacionalista. El cálculo era, según esta lectura, sencillo: un andaluz o un extremeño podía ser convertido en independentista con la pedagogía adecuada; un marroquí o un ecuatoriano, en cambio, resultaba inmune a la leyenda negra antiespañola que sostiene buena parte del relato soberanista. Ese cálculo se ha vuelto contra quien lo diseñó.
Hay quien sostiene que el PSOE ha utilizado la inmigración masiva, canalizada a través del PSC, como ariete para destruir el independentismo desde dentro. El resultado, según esta lectura, es que los partidos soberanistas acabarán borrados del panorama político o fagocitados por el islamismo. La muerte demográfica del independentismo sería ya imparable y, en un plazo breve, la lengua y las costumbres catalanas quedarían reducidas a una nota a pie de página.
La paradoja es notable: el mismo movimiento que exigía respeto a la diferencia y denunciaba la imposición lingüística del castellano ahora se enfrenta a barrios donde el catalán es una lengua residual. En algunos municipios de la Cataluña interior, se afirma, se habla más árabe que catalán, y el 50% de la población magrebí de España reside en Cataluña.
El catalán como lengua minoritaria en su propio territorio
El dato lingüístico es el que más incomoda. La inmersión obligatoria en catalán, defendida durante décadas como herramienta de cohesión, no ha logrado imponerse entre los recién llegados. El comentario más repetido en el debate es que ningún migrante va a aprender catalán para hablar con sus vecinos cuando el castellano le sirve para todo. La lengua catalana, sostienen algunos análisis, morirá ahogada entre las lágrimas de los independentistas de diseño, mientras el español pervive como idioma global con siglos de recorrido por delante.
La comparación histórica que se maneja es implacable: España fue el imperio más extenso de la historia y su idioma sobrevivirá como el latín o el griego. La cultura catalana, en cambio, depende del dinero público de la Generalitat para mantener su propaganda institucional. Sin presupuesto, no hay relato.
Los incidentes que alimentan la tensión vecinal
El debate no es solo demográfico. Los episodios de violencia en el transporte público, las reyertas en locales de restauración y las revueltas vecinales contra ocupaciones conflictivas han ido jalonando la conversación. Una pelea entre menores migrantes en un vagón de Rodalies, un apuñalamiento en Terrassa durante una discusión en la puerta de un kebab, o las protestas vecinales contra ocupas multirreincidentes en distintos municipios catalanes son los ejemplos que se citan para ilustrar un clima social que se deteriora.
La lectura que se hace desde el soberanismo es que la culpa de todo la tienen Franco y el farsismo español. La lectura que se hace desde el otro lado es que el independentismo ha gestionado durante cuatro décadas una política migratoria que ahora le explota en las manos. Y en medio, un electorado que empieza a mirar las encuestas con inquietud.
El cálculo político que nadie quiere hacer en voz alta
La pregunta que sobrevuela el debate es si el independentismo tiene algún futuro electoral en un territorio donde su base social se diluye a marchas forzadas. El votante migrante no compra el relato del agravio histórico contra España porque no lo ha vivido. Y el votante autóctono que sí lo compraba empieza a sentirse minoría en su propio barrio.
La derecha española tiene aquí una ventana de oportunidad, según algunos análisis: barrer esos votos identitarios que el independentismo ya no puede retener. La incompatibilidad entre un identitario catalán de verdad y el independentismo progre y globalista se ha convertido en el eje del nuevo debate. Un identitario catalán, se argumenta, no puede ser independentista porque el independentismo es, por definición, globalista.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el siguiente: nadie sabe cuántos de esos votantes desencantados volverán al redil españolista, cuántos se pasarán a la abstención y cuántos simplemente dejarán de votar. Lo único seguro es que el independentismo ya no puede contar con la demografía. Y eso, en política, es una condena a plazo fijo.