La cena de 20 euros que retrata la guerra de los refrescos en España
¿Cuánto debería costar una Coca-Cola en un restaurante? Depende de a quién se lo preguntes. Esta semana la controversia ha vuelto a la mesa: 2,80 euros por un vaso de 200 mililitros, en una botella de cristal que se agota en dos tragos, con una pizza de mortadela, pistacho y burrata de 16 euros de por medio. La cena completa, para dos, rondó los 20 euros.
A primera vista, parece una queja menor. Pero el ruido de fondo apunta a algo más incómodo: la restauración española está atrapada entre precios que suben y salarios que no acompañan. Y la botella pequeña es solo el termómetro.
Un mapa de precios que no encuentra coherencia
El precio del refresco varía casi tanto como el de la vivienda. En un barrio obrero de Madrid, 2,80 euros. En Vips o Foster's, 4 euros por un vaso de grifo «rellenable» que depende de la velocidad de un camarero sin prisa. En Gijón y Oviedo, 3,50 euros en muchos sitios. En Málaga, el tinto de verano de bote se va a 3,50. Y en Ibiza, de día, se ha llegado a cobrar 15 euros. La horquilla es tan amplia que nadie sabe ya cuál es el precio de referencia.
La queja original, sin embargo, no era el importe. Era el formato: 200 ml de cristal. Si quieres el de 350, no hay opción, según sostiene el cliente. Otros replican que basta con pedir la botella de 330 o la lata. La defensa huele a letra pequeña.
El verdadero problema: la cita sale cara
Hay quien ha aprovechado la ocasión para echar las cuentas de lo que cuesta mantener una relación. Salir tres veces por semana, con una de ellas en fin de semana, se va a 270 euros mensuales. Suma suscripciones, regalos y detalles, y el total no baja de 350 euros. La conclusión de esta corriente: antes de rasgarse las vestiduras por 2,80, conviene revisar la estrategia de gasto.
La otra cara de la moneda la ponen quienes han dejado de salir. «Llevo años sin pisar un bar, compro y consumo en casa», se escucha. O el que directamente responde: «Por eso no salgo a cenar fuera». El boicot como respuesta a los precios es ya un comportamiento estructural.
El futuro del bar español
La reflexión más incómoda llega desde quien recuerda que, si la hostelería quiere pagar salarios dignos, los precios deberían subir entre un 50% y el doble, como en el resto de Europa. Eso significaría el fin del modelo actual: cientos de miles de bares y terrazas que viven de un consumo casi ritual desde por la mañana hasta la noche. Pero también hay quien responde con el hombro: «Que se vayan a la ruina, hace años que no piso esos sitios».
Mientras unos sueñan con precios europeos y sueldos europeos, otros se conforman con un café y un vaso de agua del grifo. Y en medio queda una pregunta sin respuesta: ¿cuánto vale realmente un refresco en un país donde el sueldo medio no termina de arrancar?
De momento, la botella de 200 ml ha conseguido algo que no logran los grandes titulares económicos: que una cena de 20 euros se convierta en un reflejo exacto del país. Y eso, queramos o no, es un dato. El hielo, mientras tanto, sigue derritiéndose en el vaso.