César Goday, el ingeniero detenido por matar a sus padres en Madrid
La madrugada de un lunes, un hombre de 36 años, ingeniero forestal, es detenido en el distrito madrileño de Latina como presunto autor de la muerte de sus padres, César, de 72 años, y María, de 69, a golpes con una mancuerna. El padre, militar retirado de la Armada y exsubdirector del Instituto de Historia y Cultura Naval, logró telefonear al 091 antes de morir: «Mi hijo nos quiere matar», advirtió. Los agentes accedieron al domicilio con un ariete y encontraron a los dos progenitores gravemente golpeados en una misma habitación. El hijo, que ya había sido arrestado en agosto de 2024 en Fregenal de la Sierra (Badajoz) tras atrincherarse durante más de tres horas y amenazar con un cuchillo, padece problemas psiquiátricos y había estado ingresado recientemente en un centro.
Un historial de avisos que nadie frenó
El episodio de Fregenal de la Sierra no fue un arrebato aislado. El Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 1 de esa localidad decretó su ingreso en prisión provisional, comunicada y sin fianza, atribuyéndole cinco presuntos delitos: homicidio en grado de tentativa, atentado contra la autoridad, daños, amenazas en el ámbito de la violencia sobre la mujer y amenazas en el ámbito familiar. Se estudió también imputarle detención ilegal, descartada después de que sus padres declarasen que no habían permanecido retenidos contra su voluntad. Dos años después, el mismo hombre vuelve a aparecer detenido, esta vez por la muerte violenta de quienes entonces contribuyeron a que se entregara.
Hay quien sostiene que el sistema falló en cadena: la sanidad pública tarda meses en una visita, los hospitales no pueden tratar a un adulto que se niega a medicarse y la familia queda sola frente a un enfermo que no reconoce su enfermedad. El cálculo más pesimista es el que se cumplió: los padres pagaron con su vida la suma de plazos, negativas y falta de recursos.
¿Por qué se publica el nombre y la foto y en otros casos no?
La pregunta recorre buena parte de la conversación. En este caso se difundió nombre completo, fotografía sin pixelar, profesión, estudios, lugar de vacaciones y hasta la trayectoria laboral del detenido. La comparación con otros sucesos es inevitable: cuando el presunto autor pertenece a otros colectivos, el relato se limita a un escueto «un varón de X años». La asimetría informativa no es un detalle menor: construye la percepción pública de quién es peligroso y quién no.
El detenido salió del inmueble en una silla de ruedas, vestido con bata y mascarilla y con los brazos y el torso inmovilizados. Los agentes tuvieron que emplear una pistola eléctrica Taser para reducirlo. Los vecinos escucharon una fuerte discusión antes de que llegaran las patrullas.
El debate sobre la enfermedad mental y la responsabilidad penal
La mayoría de los análisis coinciden en un punto: un brote psicótico no tratado es una bomba de relojería cuyo radio de explosión es siempre el entorno más cercano. Pareja, hijos, padres, vecinos. La dificultad legal de obligar a un adulto a medicarse, la escasez de plazas y la lentitud administrativa convierten a las familias en cuidadores sin formación ni respaldo. Se argumenta que la reinserción, presentada como principio humanitario, puede volverse una condena para quienes conviven con el enfermo.
Frente a esa lectura, otra corriente subraya que estigmatizar la enfermedad mental es contraproducente y que la respuesta no es el encierro preventivo sino más recursos. El punto intermedio —más psiquiatría pública, seguimiento efectivo, apoyo a las familias— no aparece en ningún presupuesto con la urgencia que exige.
El detenido pasó a disposición judicial y la causa sigue abierta. Los padres ya no pueden declarar. El sistema que les falló tampoco tendrá que explicarse.