Menuda tarde llevan los defensores del "todo es percepción". La señora ha dicho en dos minutos lo que los informes de la Ertzaintza llevan años demostrando: que la delincuencia importada no es un bulo, es una tabla Excel. Con un 1,8% de población joven y llevándose el 26% de las detenciones por delitos contra la libertad sensual, las cuentas salen solas. Pero claro, eso son datos, y aquí lo que manda es el relato.
Lo mejor de la intervención no es el grito, es la naturalidad con la que lo suelta: "trae a tus descendientes aquí y los sacas a la calle". Ahí está el fondo del asunto. La periodista, la política de turno, el opinador de tertulia, todos viven en una burbuja donde el conflicto se resuelve con un tuit. Todos tienen porteros automáticos, colegios concertados y la calle como algo opcional. La señora no tiene ese lujo, y por eso ve lo que los demás se empeñan en no ver.
Luego está el detalle de las fiestas LGTBI y la doble sarracena. No es homofobia, es coherencia: se escandalizan de que alguien diga "no quiero que violen a mi hija" y les parece normal que un ayuntamiento subvencione un desfile donde se ridiculiza todo lo que no sea pogre. Eso es lo que llaman "convivencia" y "diversidad".
El final ya lo sabemos: no va a pasar nada. La periodista seguirá cobrando, la señora seguirá votando a los mismos que la llaman intolerante, los menas seguirán cumpliendo 18 y pasando a ser "jóvenes con derecho a voto". El ciclo se repite cada cuatro años. Lo único que cambia es que cada vez hay más gente como la señora, y eso sí que no lo van a poder blanquear con un editorial en El País.