Las «red flags» que descartan a una pareja antes de la primera cita
¿Qué convierte a alguien en un candidato que se descarta antes de la primera cita? La respuesta que se repite en la discusión más prolongada sobre el asunto es incómoda: casi cualquier cosa.
Tatuajes, perro, gato, feminismo, adicción a los viajes, mala relación con los padres o una relación demasiado buena con ellos. El catálogo de
red flags —las señales de alarma que hacen huir— se ha vuelto tan exhaustivo que, aplicado a la inversa, dejaría fuera a buena parte de los candidatos. De fondo asoma algo menos folclórico: la dificultad creciente para emparejarse.
¿Qué significa que algo sea una red flag?
Una red flag es una señal de alarma: un rasgo o un comportamiento que se interpreta como indicio de problemas futuros y basta para no seguir adelante. Basta, y ahí está el asunto, con muy poco. La pregunta de partida, lanzada abiertamente a las mujeres, pedía justo eso: qué es una red flag y qué una
green flag. El ejemplo propuesto como arranque era extremo: que la pareja se meta coca sin disimulo delante de uno.
Lo llamativo no es la lista, sino el desequilibrio.
Casi nadie describe señales positivas; casi todos enumeran descartes. La conversación se alarga y en ese recorrido se pasa de los criterios físicos a los familiares, de los hábitos al carácter. La definición se ha contagiado del lenguaje del reclutamiento: filtros,
checklists y descartes en la primera criba.
Tatuajes, perro y familia: los filtros más repetidos
El filtro físico encabeza las listas.
Una de ellas exige un índice de masa corporal inferior a 26 y menos de 10 cm² de tatuaje, con prohibición expresa de tinta en cara y cuello. Otra suma piercings, cirugía estética y fotos llamativas en redes. Los tatuajes, en general, aparecen como la señal más citada: en brazos y muslos se toleran; en el pecho son directamente un horror.
La segunda
familia de descartes es la de la convivencia.
Tener más de un perro viviendo sola queda marcado como línea roja; también el gato, sobre todo si duerme en la habitación. Hay quien sostiene que quien deja que su mascota le lama la cara no está en condiciones de besar a nadie por el riesgo de infección, tesis que otros rebaten recordando que la boca humana no es más limpia que la canina.
Y está la familia de origen.
Llevarse mal con los padres se lee como una de las peores señales, y la mejor, según varias respuestas, es lo contrario: una relación sana con la familia. Alguna intervención va más lejos y sostiene que quien viene de un hogar disfuncional arrastra hábitos difíciles de corregir, enfoque en el aquí y ahora y desprecio al compromiso. La generalización, reconocida como tal, divide a quienes responden.
El olor a chorizo que arruinó un cortejo perfecto
No todo son listas. Una de las respuestas cuenta una historia con moraleja. Un conocido de la pareja de una amiga dio
me gusta a todas sus fotos de Instagram y desplegó un cortejo de manual: halagos, atenciones, semanas de conversación, todo lo contrario de su expareja. La primera cita, en el restaurante de moda, iba sobre ruedas hasta que, en la barra, esperando mesa, un olor intensísimo a chorizo invadió el ambiente. La anécdota resume mejor que ninguna estadística lo frágil del umbral: no hizo falta un defecto de carácter, bastó un embutido.
¿Por qué un solo detalle se convierte en definitivo?
Una de las explicaciones que se apuntan no habla de perros ni de tatuajes, sino de contexto.
Según ese diagnóstico, la mayoría de las señales que se marcan son rasgos que buena parte de las mujeres considera positivos, y esa disonancia revelaría una polarización creciente: cuando el punto de partida es la soltería, cualquier discrepancia se vive como definitiva, mientras que en un contexto en el que emparejarse era lo normal bastaba un mínimo de afinidad. El diagnóstico es que el listón no se ha vuelto más alto, sino más rígido.
Frente a eso, alguna voz propone un único criterio que resume todos: la tranquilidad. La pareja que no genera ruido, que es buena gente y sencilla, valdría más que cualquier currículum impecable. Se sostiene, eso sí, con la advertencia de que eso se aprende tarde:
«cuando se es joven no se valora nada».
¿Se puede medir una relación con una lista de filtros?
La propia conversación ofrece la respuesta. Las listas crecen, se refinan y se contradicen entre sí: quien exige el perro fuera, quien lo exige dentro. Y aunque casi todos los criterios son negativos —lo que se descarta—, el único positivo que se repite es el más difícil de medir: que la otra persona aporte calma. Un rasgo que no cabe en ninguna
checklist.
Con estos umbrales, encontrar pareja se parece a pasar una oposición con el temario cambiando en cada convocatoria. Siempre queda bajar el listón. O, ya puestos, aplicarse el cuento: pocos se libran de ser la red flag de alguien.