Rusia y China se bajan de Windows: Linux primero y soberanía después
¿Tiene previsto abandonar Windows? Rusia y China ya lo tienen previsto, y no por devoción al software libre. El bloqueo occidental ha llevado a Moscú a diseñar un plan para que, dentro de una década, no quede Windows ni en los ministerios ni en los ordenadores de consumo. Pekín quiere ir más lejos: un sistema operativo propio, construido desde cero y destinado primero al ejército. Mientras, en la conversación pública aparece una palabra que hace unos años no se usaba:
desglobalización. El sector tecnológico ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en el mejor ejemplo de que ya está aquí.
Qué planea Rusia: dejar Windows en una década
Rusia lleva casi 30 años centrada en exportar armamento de primer nivel, y ese esfuerzo le ha dejado un flanco débil: el hardware y las tecnologías adyacentes. El diagnóstico que se maneja es que va
muy por detrás, quizá demasiado. Los planes pasan por potenciar sus empresas de semiconductores y diseñar chips capaces de sostener su infraestructura sin depender de fabricantes estadounidenses o europeos.
El paso intermedio ya tiene nombre:
Astra Linux, una versión personalizada basada en Debian y con base Unix, que debería llegar primero al ejército y después al resto de las ramas del Gobierno. La previsión que circula es que en una década Windows no esté presente en Rusia, ni siquiera en equipos de consumo.
El plan chino: independencia tecnológica sin depender de nadie
China partía con una ventaja: en su territorio no funciona casi ningún servicio estadounidense, ni redes sociales ni plataformas del estilo. Aun así, la estrategia es más ambiciosa y más tajante. La palabra es independencia y el sufijo, tecnológica. Pekín no quiere depender de nadie y eso incluye el silicio: gasta ingentes cantidades en semiconductores y diseño de hardware, con el
Loongson Godson 3A6000 como punta de lanza.
En software, el objetivo declarado es ir dejando atrás todo lo existente por un temor concreto: que EE.UU. acabe controlando el software igual que controla el hardware. Entre tanto, la transición se apoya en alguna versión de Linux para dar después el salto a algo completamente propio. La primera aplicación es militar, con chips propios para misiles, drones, aviones y submarinos, además de los superordenadores de IA. Un detalle que resume el enfoque: la carrera la corre el ejército, no el usuario de a pie.
Por qué el usuario corriente no cambia de sistema operativo
Aquí aparece el punto que desmonta la épica. Para la mayoría de la gente, el sistema operativo es un medio y no un fin: sirve para trabajar, leer el correo, jugar o ver una película. Esa lógica explica que Windows siga siendo el estándar de facto en la gran mayoría de empresas y hogares —según un cálculo que circula, en torno al 95%— y que los intentos de migración masiva fracasen siempre en el mismo sitio: el escritorio.
Las objeciones no son ideológicas, son de uso. Editar archivos de configuración a mano, resolver un monitor ultrapanorámico que el sistema no reconoce o pelearse con controladores siguen siendo experiencias recurrentes. Tampoco ayuda la propia arquitectura interna de Linux:
systemd superó el millón de líneas de código y su crítica más repetida lo describe como un proto-núcleo dentro del núcleo, con la puerta abierta a meter de todo. Encima, PulseAudio estuvo una década en fase beta y ahora se plantea sustituirlo.
La excepción que rompe el patrón es el juego. Herramientas como
Proton, integradas en Steam, han convertido en viable jugar desde Linux sin grandes aspavientos, y hay quien mantiene equipos con distribuciones veteranas que siguen funcionando sin sobresaltos. Frente a eso, otra corriente sostiene que
boicotear no es dejar de usar un producto, sino exigir a la administración que trabaje con estándares abiertos y que rinda cuentas cuando no lo hace.
La paradoja: Linux también es ajeno a China y a Rusia
El argumento más incómodo del asunto es geográfico, y lo sostiene un participante: si el objetivo es no depender de un sistema operativo estadounidense, Linux plantea un problema, porque se desarrolló con dinero e infraestructura estadounidenses. La conclusión que saca ese mismo análisis es simple: hasta que Pekín o Moscú fabriquen algo original, la independencia tecnológica seguirá siendo una declaración de intenciones.
Queda un dato que ordena todo lo demás, aunque lo sostiene un participante: Linux es el sistema operativo más usado del mundo y Microsoft está perdiendo su último reducto, los ordenadores de escritorio. La UE se plantea ahora desarrollar servicios propios. Malos tiempos para la globalización.
Los ejércitos se bajan de Windows primero. Los mortales, cuando alguien garantice que no habrá que abrir una terminal para imprimir en casa.