Mercadona cierra en Salt: los hurtos constantes tumban un supermercado
El supermercado de la cadena de Juan Roig en Salt (Girona) ha bajado la persiana. El motivo que se maneja, según las informaciones que circulan, son los robos continuados en el establecimiento. No es un caso aislado: en los últimos tiempos se ha repetido el patrón de tiendas en zonas con problemas de seguridad que acaban cerrando, y Salt reúne todos los ingredientes para que el fenómeno vuelva a reproducirse.
El municipio gerundense tiene una renta familiar per cápita inferior a la de la mayoría de las ciudades andaluzas, según los datos del INE que se han manejado en el análisis. No se trata de un dato menor: la combinación de bajo poder adquisitivo y alta densidad de población migrante ha convertido a Salt en un punto caliente para el comercio. La cadena de supermercados, que siempre ha defendido su modelo de tiendas eficientes, se ha encontrado con un coste de seguridad desproporcionado para el margen que deja un establecimiento de estas características.
La factura de la seguridad: un coste que no cuadra con el margen
Quienes trabajan en seguridad en Cataluña explican que la cadena paga muy bien a sus vigilantes privados en las tiendas más conflictivas. Ese sobrecoste es la prueba de que el riesgo de hurto, o de algo peor, se ha convertido en un gasto estructural. Cuando ese gasto se come el margen de un supermercado medio, la decisión empresarial es fría: se cierra y se lleva la inversión a otra parte.
Hay otro Mercadona a 850 metros. Esta cifra, aportada durante el seguimiento del cierre, ha servido para matizar el impacto: los vecinos no se quedan sin opción de compra en la zona. El problema, sin embargo, es simbólico. Si una gran superficie abandona un barrio por inseguridad, el mensaje que se lanza al resto del comercio es demoledor.
¿Un desierto alimentario en ciernes?
El concepto de “desierto alimentario”, importado de Estados Unidos, ha aparecido con fuerza. Se refiere a barrios, a menudo pobres y con alta población migrante, donde no hay supermercados con productos frescos a precios razonables. La preocupación es que Salt siga ese camino: si las cadenas grandes se van, solo quedarán pequeños establecimientos regentados por comerciantes del mismo origen que la población, que no siempre pueden ofrecer una cesta completa a precios competitivos.
La comparación con Ceuta se ha convertido en un lugar común. La ciudad autónoma ha protagonizado titulares por los asaltos a comercios y por la presencia de militares custodiando la entrada de un Carrefour. Es el extremo de una misma historia: la del comercio que se blinda, contrata seguridad privada o acaba cerrando. La diferencia es que en Ceuta el fenómeno se ve como algo excepcional, mientras que en zonas del área metropolitana de Barcelona, como Salt o barrios de L’Hospitalet, ya se ha normalizado.
El futuro: compra online y repartos blindados
En el horizonte aparece la compra online como válvula de escape. La distribución desde centros logísticos, con furgones blindados y empresas de seguridad, se presenta como el futuro para zonas que el comercio físico abandona. No es ciencia ficción: algunas cadenas ya ensayan el reparto con escolta, y el precedente del grupo El Corte Inglés con su filial de seguridad SICOR apunta a que la externalización del riesgo puede ser un negocio en sí mismo.
Al final, la pregunta de fondo no es si Mercadona debía quedarse o irse, sino si este país ha decidido normalizar que ciertas zonas queden fuera del circuito comercial ordinario. La renta per cápita de Salt no es un accidente: es el resultado de décadas de políticas que han concentrado en unos pocos municipios la pobreza y la falta de oportunidades. Mientras no se aborde la raíz económica y social, el siguiente cierre puede estar más cerca de lo que se piensa.