+18 Como obtener respeto

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RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

En los círculos de preparacionismo, donde la autosuficiencia y la supervivencia a largo plazo son el norte, surge una pregunta incómoda: ¿es mejor ganarse el respeto de los demás o pasar completamente desapercibido? La cuestión divide aguas entre dos estrategias que, a simple vista, parecen irreconciliables.

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Ending

SOLO SE, QUE NO SE NADA...
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2 Oct 2023
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El respeto es una de las cosas más mal entendidas de las relaciones humanas. Mucha gente cree que se gana siendo amable con todos, estando siempre disponible, nunca negándose a nada. Y hace exactamente lo contrario: genera indiferencia.

La verdad es más incómoda: “el respeto no nace de la sumisión. Nace de la coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que toleras.”

Cuando dices que sí a todo, cuando estás disponible para cualquiera a cualquier hora, cuando toleras lo que no deberías tolerar, le estás enviando un mensaje claro al mundo: “mi tiempo no vale, mis límites no existen, puedes tratarme como quieras.”

No es crueldad lo que falta. Es claridad.

Ejemplo:
Margaret Thatcher, conocida como la Dama de Hierro precisamente por su negativa a ceder ante la presión. Cuando su propio partido le exigía que suavizara sus políticas económicas, respondió con una frase que definió su liderazgo: "No estoy para girar." Su gabinete, la prensa y sus opositores la atacaron constantemente. Ella no respondió cambiando de posición. Respondió manteniéndola. Esa coherencia entre sus principios y sus decisiones, sostenida bajo una presión enorme, fue lo que le generó un respeto que pocos políticos de su era alcanzaron, incluso entre quienes no compartían sus ideas.





Si no defines hasta dónde pueden llegar contigo, otros lo definirán por ti. Y raramente lo harán a tu favor.


Alejarte cuando alguien te falta al respeto no es una reacción emocional, es una declaración de estándares. Le estás diciendo a esa persona, y a todos los que observan, que tu presencia tiene un valor que no está disponible para quien no sepa reconocerlo.

Ejemplo:

Steve Jobs era famoso por su intolerancia hacia la mediocridad. En Apple, si alguien presentaba un trabajo que no alcanzaba el nivel que él consideraba aceptable, lo decía sin rodeos.
Muchos lo criticaron por ser duro, pero quienes trabajaron con él reconocieron después que esa exigencia, esos límites clarísimos sobre lo que era aceptable y lo que no, crearon un entorno donde el trabajo mediocre simplemente no tenía cabida.

No buscaba caerle bien a todo el mundo, buscaba resultados. Y eso generó un respeto que pocos líderes han conseguido.




Hay algo paradójico en la validación: “cuanto más la buscas, menos la obtienes.” Porque cuando tu valor depende de la aprobación de otros, los demás lo perciben. Y lo que perciben no es seguridad, sino necesidad.

El día que dejas de necesitar que te digan que eres suficiente, empiezas a serlo de una manera que todos pueden ver.

Ejemplo:

Cuando Michael Jordan fue cortado del equipo de baloncesto de su instituto, no suplicó una segunda oportunidad ni buscó que alguien lo validara. Se fue a casa, entrenó en silencio y volvió siendo imposible de ignorar.
A lo largo de toda su carrera mantuvo esa misma actitud: nunca respondió a sus críticos con palabras. Respondía en la cancha.


Seis campeonatos, seis títulos de MVP de las Finales, y un legado construido sin necesitar jamás la aprobación de nadie para creer en lo que valía.




No necesitas tener siempre la última palabra. No necesitas demostrar cada punto. No necesitas responder a cada provocación.


El silencio estratégico es una de las formas más poderosas de comunicación que existen. Dice, sin decir nada: “estoy tan seguro de lo que soy que no necesito defenderme.”

Ejemplo:

Abraham Lincoln tenía la costumbre de escribir cartas furiosas a quienes lo habían ofendido o traicionado, cartas donde expresaba todo lo que pensaba con una claridad demoledora.
Pero rara vez las enviaba. Las escribía, las guardaba y seguía adelante.


Entendió algo que muy pocos entienden: responder a cada ataque es una forma de darle poder al atacante. El silencio, en cambio, es soberanía.





No revelar todo sobre ti desde el principio no es manipulación, es madurez.

Las personas que lo cuentan todo demasiado rápido generan familiaridad, no respeto. Y la familiaridad, cuando llega antes de tiempo, elimina la admiración.

Mantén una parte de ti reservada. No como estrategia de seducción, sino como señal de que tienes una vida interior que no necesita la aprobación de nadie para existir.

Todo lo anterior, los límites, el silencio, la ausencia de validación, la coherencia, tiene un único fundamento: el autorrespeto.

No puedes exigir de los demás lo que no te das a ti mismo. Si te tratas como algo prescindible, los demás harán lo mismo. Si te tratas con dignidad, los demás aprenderán, a veces sin que digas una sola palabra, cuál es el trato que mereces.

Ejemplo:

Marcus Aurelius el emperador romano que tenía todo el poder del mundo conocido en sus manos. Y sin embargo, cada mañana se recordaba a sí mismo en sus diarios privados que el respeto de los demás no era el objetivo. El objetivo era ser digno de su propio respeto.

Esa distinción, sutil pero enorme, es la que separaba a un gobernante que imponía miedo de uno que generaba admiración genuina.




El respeto no se exige. Se gana. Y se gana de adentro hacia afuera
, nunca al revés.
 
El respeto es una de las cosas más mal entendidas de las relaciones humanas. Mucha gente cree que se gana siendo amable con todos, estando siempre disponible, nunca negándose a nada. Y hace exactamente lo contrario: genera indiferencia.

La verdad es más incómoda: “el respeto no nace de la sumisión. Nace de la coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que toleras.”

Cuando dices que sí a todo, cuando estás disponible para cualquiera a cualquier hora, cuando toleras lo que no deberías tolerar, le estás enviando un mensaje claro al mundo: “mi tiempo no vale, mis límites no existen, puedes tratarme como quieras.”

No es crueldad lo que falta. Es claridad.

Ejemplo:
Margaret Thatcher, conocida como la Dama de Hierro precisamente por su negativa a ceder ante la presión. Cuando su propio partido le exigía que suavizara sus políticas económicas, respondió con una frase que definió su liderazgo: "No estoy para girar." Su gabinete, la prensa y sus opositores la atacaron constantemente. Ella no respondió cambiando de posición. Respondió manteniéndola. Esa coherencia entre sus principios y sus decisiones, sostenida bajo una presión enorme, fue lo que le generó un respeto que pocos políticos de su era alcanzaron, incluso entre quienes no compartían sus ideas.





Si no defines hasta dónde pueden llegar contigo, otros lo definirán por ti. Y raramente lo harán a tu favor.


Alejarte cuando alguien te falta al respeto no es una reacción emocional, es una declaración de estándares. Le estás diciendo a esa persona, y a todos los que observan, que tu presencia tiene un valor que no está disponible para quien no sepa reconocerlo.

Ejemplo:

Steve Jobs era famoso por su intolerancia hacia la mediocridad. En Apple, si alguien presentaba un trabajo que no alcanzaba el nivel que él consideraba aceptable, lo decía sin rodeos.
Muchos lo criticaron por ser duro, pero quienes trabajaron con él reconocieron después que esa exigencia, esos límites clarísimos sobre lo que era aceptable y lo que no, crearon un entorno donde el trabajo mediocre simplemente no tenía cabida.

No buscaba caerle bien a todo el mundo, buscaba resultados. Y eso generó un respeto que pocos líderes han conseguido.




Hay algo paradójico en la validación: “cuanto más la buscas, menos la obtienes.” Porque cuando tu valor depende de la aprobación de otros, los demás lo perciben. Y lo que perciben no es seguridad, sino necesidad.

El día que dejas de necesitar que te digan que eres suficiente, empiezas a serlo de una manera que todos pueden ver.

Ejemplo:

Cuando Michael Jordan fue cortado del equipo de baloncesto de su instituto, no suplicó una segunda oportunidad ni buscó que alguien lo validara. Se fue a casa, entrenó en silencio y volvió siendo imposible de ignorar.
A lo largo de toda su carrera mantuvo esa misma actitud: nunca respondió a sus críticos con palabras. Respondía en la cancha.


Seis campeonatos, seis títulos de MVP de las Finales, y un legado construido sin necesitar jamás la aprobación de nadie para creer en lo que valía.




No necesitas tener siempre la última palabra. No necesitas demostrar cada punto. No necesitas responder a cada provocación.


El silencio estratégico es una de las formas más poderosas de comunicación que existen. Dice, sin decir nada: “estoy tan seguro de lo que soy que no necesito defenderme.”

Ejemplo:

Abraham Lincoln tenía la costumbre de escribir cartas furiosas a quienes lo habían ofendido o traicionado, cartas donde expresaba todo lo que pensaba con una claridad demoledora.
Pero rara vez las enviaba. Las escribía, las guardaba y seguía adelante.


Entendió algo que muy pocos entienden: responder a cada ataque es una forma de darle poder al atacante. El silencio, en cambio, es soberanía.





No revelar todo sobre ti desde el principio no es manipulación, es madurez.

Las personas que lo cuentan todo demasiado rápido generan familiaridad, no respeto. Y la familiaridad, cuando llega antes de tiempo, elimina la admiración.

Mantén una parte de ti reservada. No como estrategia de seducción, sino como señal de que tienes una vida interior que no necesita la aprobación de nadie para existir.

Todo lo anterior, los límites, el silencio, la ausencia de validación, la coherencia, tiene un único fundamento: el autorrespeto.

No puedes exigir de los demás lo que no te das a ti mismo. Si te tratas como algo prescindible, los demás harán lo mismo. Si te tratas con dignidad, los demás aprenderán, a veces sin que digas una sola palabra, cuál es el trato que mereces.

Ejemplo:

Marcus Aurelius el emperador romano que tenía todo el poder del mundo conocido en sus manos. Y sin embargo, cada mañana se recordaba a sí mismo en sus diarios privados que el respeto de los demás no era el objetivo. El objetivo era ser digno de su propio respeto.

Esa distinción, sutil pero enorme, es la que separaba a un gobernante que imponía miedo de uno que generaba admiración genuina.




El respeto no se exige. Se gana. Y se gana de adentro hacia afuera
, nunca al revés.
El respeto está sobrevalorado, no es necesario , además crea enemigos.

Ser invisible si es importante para un preparacionista, pasar inadvertido, que no sepan de ti, eso es importante.
 
Te mejoro toda la parrafada.. "vive este segundo porque es el único que tienes"
 
El respeto se gana dando amor y alegría, simpaticeo, si te ven alegre y no te dejas influenciar por amarguras externas se nota que estás en un nivel superior. Lo demás son actitudes de jefazo superior.
 
Do you have money? Do you have respect man.

La segunda frase está mal formulada...

"...you do have respect, man"

Ese "do" se usa como énfasis en una afirmación (tu lo pusiste en forma de pregunta), y te falto la coma (,)


Ahora analizando el mensaje, el dinero no da ningún respeto en sí, lo que lo da es el ejemplo, tu actitud y tus decisiones...

Buenas noches 😉
 
El respeto es una de las cosas más mal entendidas de las relaciones humanas. Mucha gente cree que se gana siendo amable con todos, estando siempre disponible, nunca negándose a nada. Y hace exactamente lo contrario: genera indiferencia.

La verdad es más incómoda: “el respeto no nace de la sumisión. Nace de la coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que toleras.”

Cuando dices que sí a todo, cuando estás disponible para cualquiera a cualquier hora, cuando toleras lo que no deberías tolerar, le estás enviando un mensaje claro al mundo: “mi tiempo no vale, mis límites no existen, puedes tratarme como quieras.”

No es crueldad lo que falta. Es claridad.

Ejemplo:
Margaret Thatcher, conocida como la Dama de Hierro precisamente por su negativa a ceder ante la presión. Cuando su propio partido le exigía que suavizara sus políticas económicas, respondió con una frase que definió su liderazgo: "No estoy para girar." Su gabinete, la prensa y sus opositores la atacaron constantemente. Ella no respondió cambiando de posición. Respondió manteniéndola. Esa coherencia entre sus principios y sus decisiones, sostenida bajo una presión enorme, fue lo que le generó un respeto que pocos políticos de su era alcanzaron, incluso entre quienes no compartían sus ideas.





Si no defines hasta dónde pueden llegar contigo, otros lo definirán por ti. Y raramente lo harán a tu favor.


Alejarte cuando alguien te falta al respeto no es una reacción emocional, es una declaración de estándares. Le estás diciendo a esa persona, y a todos los que observan, que tu presencia tiene un valor que no está disponible para quien no sepa reconocerlo.

Ejemplo:

Steve Jobs era famoso por su intolerancia hacia la mediocridad. En Apple, si alguien presentaba un trabajo que no alcanzaba el nivel que él consideraba aceptable, lo decía sin rodeos.
Muchos lo criticaron por ser duro, pero quienes trabajaron con él reconocieron después que esa exigencia, esos límites clarísimos sobre lo que era aceptable y lo que no, crearon un entorno donde el trabajo mediocre simplemente no tenía cabida.

No buscaba caerle bien a todo el mundo, buscaba resultados. Y eso generó un respeto que pocos líderes han conseguido.




Hay algo paradójico en la validación: “cuanto más la buscas, menos la obtienes.” Porque cuando tu valor depende de la aprobación de otros, los demás lo perciben. Y lo que perciben no es seguridad, sino necesidad.

El día que dejas de necesitar que te digan que eres suficiente, empiezas a serlo de una manera que todos pueden ver.

Ejemplo:

Cuando Michael Jordan fue cortado del equipo de baloncesto de su instituto, no suplicó una segunda oportunidad ni buscó que alguien lo validara. Se fue a casa, entrenó en silencio y volvió siendo imposible de ignorar.
A lo largo de toda su carrera mantuvo esa misma actitud: nunca respondió a sus críticos con palabras. Respondía en la cancha.


Seis campeonatos, seis títulos de MVP de las Finales, y un legado construido sin necesitar jamás la aprobación de nadie para creer en lo que valía.




No necesitas tener siempre la última palabra. No necesitas demostrar cada punto. No necesitas responder a cada provocación.


El silencio estratégico es una de las formas más poderosas de comunicación que existen. Dice, sin decir nada: “estoy tan seguro de lo que soy que no necesito defenderme.”

Ejemplo:

Abraham Lincoln tenía la costumbre de escribir cartas furiosas a quienes lo habían ofendido o traicionado, cartas donde expresaba todo lo que pensaba con una claridad demoledora.
Pero rara vez las enviaba. Las escribía, las guardaba y seguía adelante.


Entendió algo que muy pocos entienden: responder a cada ataque es una forma de darle poder al atacante. El silencio, en cambio, es soberanía.





No revelar todo sobre ti desde el principio no es manipulación, es madurez.

Las personas que lo cuentan todo demasiado rápido generan familiaridad, no respeto. Y la familiaridad, cuando llega antes de tiempo, elimina la admiración.

Mantén una parte de ti reservada. No como estrategia de seducción, sino como señal de que tienes una vida interior que no necesita la aprobación de nadie para existir.

Todo lo anterior, los límites, el silencio, la ausencia de validación, la coherencia, tiene un único fundamento: el autorrespeto.

No puedes exigir de los demás lo que no te das a ti mismo. Si te tratas como algo prescindible, los demás harán lo mismo. Si te tratas con dignidad, los demás aprenderán, a veces sin que digas una sola palabra, cuál es el trato que mereces.

Ejemplo:

Marcus Aurelius el emperador romano que tenía todo el poder del mundo conocido en sus manos. Y sin embargo, cada mañana se recordaba a sí mismo en sus diarios privados que el respeto de los demás no era el objetivo. El objetivo era ser digno de su propio respeto.

Esa distinción, sutil pero enorme, es la que separaba a un gobernante que imponía miedo de uno que generaba admiración genuina.




El respeto no se exige. Se gana. Y se gana de adentro hacia afuera
, nunca al revés.

qué fácil es humillar e insultar a cualquiera.
todo es susceptible de ridiculizar

qué difícil es ser sensato, educado y no entrar al trapo ofendiendo a quien te ofende.

a veces las personas emocionalmente maleducadas, no son conscientes del daño de sus palabras. las dicen como provocación porque carecen de criterio.

si dejamos pasar el momento como si las ofensas definiesen a quien las dice, queda todo en nada. lo malo es escalar que nunca se sabe donde acaba.
 
El respeto está sobrevalorado, no es necesario , además crea enemigos.

Ser invisible si es importante para un preparacionista, pasar inadvertido, que no sepan de ti, eso es importante.
además crea enemigos
Hacerse respetar, ante quien te quiere machacar, efectivamente crea un enemigo.

PERO...

Es que ese enemigo ya lo tenías antes, era una persona con rasgos narcisistas o antisociales que te quería utilizar y lo estaba consiguiendo.
 
El respeto es una de las cosas más mal entendidas de las relaciones humanas. Mucha gente cree que se gana siendo amable con todos, estando siempre disponible, nunca negándose a nada. Y hace exactamente lo contrario: genera indiferencia.

La verdad es más incómoda: “el respeto no nace de la sumisión. Nace de la coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que toleras.”

Cuando dices que sí a todo, cuando estás disponible para cualquiera a cualquier hora, cuando toleras lo que no deberías tolerar, le estás enviando un mensaje claro al mundo: “mi tiempo no vale, mis límites no existen, puedes tratarme como quieras.”

No es crueldad lo que falta. Es claridad.

Ejemplo:
Margaret Thatcher, conocida como la Dama de Hierro precisamente por su negativa a ceder ante la presión. Cuando su propio partido le exigía que suavizara sus políticas económicas, respondió con una frase que definió su liderazgo: "No estoy para girar." Su gabinete, la prensa y sus opositores la atacaron constantemente. Ella no respondió cambiando de posición. Respondió manteniéndola. Esa coherencia entre sus principios y sus decisiones, sostenida bajo una presión enorme, fue lo que le generó un respeto que pocos políticos de su era alcanzaron, incluso entre quienes no compartían sus ideas.





Si no defines hasta dónde pueden llegar contigo, otros lo definirán por ti. Y raramente lo harán a tu favor.


Alejarte cuando alguien te falta al respeto no es una reacción emocional, es una declaración de estándares. Le estás diciendo a esa persona, y a todos los que observan, que tu presencia tiene un valor que no está disponible para quien no sepa reconocerlo.

Ejemplo:

Steve Jobs era famoso por su intolerancia hacia la mediocridad. En Apple, si alguien presentaba un trabajo que no alcanzaba el nivel que él consideraba aceptable, lo decía sin rodeos.
Muchos lo criticaron por ser duro, pero quienes trabajaron con él reconocieron después que esa exigencia, esos límites clarísimos sobre lo que era aceptable y lo que no, crearon un entorno donde el trabajo mediocre simplemente no tenía cabida.

No buscaba caerle bien a todo el mundo, buscaba resultados. Y eso generó un respeto que pocos líderes han conseguido.




Hay algo paradójico en la validación: “cuanto más la buscas, menos la obtienes.” Porque cuando tu valor depende de la aprobación de otros, los demás lo perciben. Y lo que perciben no es seguridad, sino necesidad.

El día que dejas de necesitar que te digan que eres suficiente, empiezas a serlo de una manera que todos pueden ver.

Ejemplo:

Cuando Michael Jordan fue cortado del equipo de baloncesto de su instituto, no suplicó una segunda oportunidad ni buscó que alguien lo validara. Se fue a casa, entrenó en silencio y volvió siendo imposible de ignorar.
A lo largo de toda su carrera mantuvo esa misma actitud: nunca respondió a sus críticos con palabras. Respondía en la cancha.


Seis campeonatos, seis títulos de MVP de las Finales, y un legado construido sin necesitar jamás la aprobación de nadie para creer en lo que valía.




No necesitas tener siempre la última palabra. No necesitas demostrar cada punto. No necesitas responder a cada provocación.


El silencio estratégico es una de las formas más poderosas de comunicación que existen. Dice, sin decir nada: “estoy tan seguro de lo que soy que no necesito defenderme.”

Ejemplo:

Abraham Lincoln tenía la costumbre de escribir cartas furiosas a quienes lo habían ofendido o traicionado, cartas donde expresaba todo lo que pensaba con una claridad demoledora.
Pero rara vez las enviaba. Las escribía, las guardaba y seguía adelante.


Entendió algo que muy pocos entienden: responder a cada ataque es una forma de darle poder al atacante. El silencio, en cambio, es soberanía.





No revelar todo sobre ti desde el principio no es manipulación, es madurez.

Las personas que lo cuentan todo demasiado rápido generan familiaridad, no respeto. Y la familiaridad, cuando llega antes de tiempo, elimina la admiración.

Mantén una parte de ti reservada. No como estrategia de seducción, sino como señal de que tienes una vida interior que no necesita la aprobación de nadie para existir.

Todo lo anterior, los límites, el silencio, la ausencia de validación, la coherencia, tiene un único fundamento: el autorrespeto.

No puedes exigir de los demás lo que no te das a ti mismo. Si te tratas como algo prescindible, los demás harán lo mismo. Si te tratas con dignidad, los demás aprenderán, a veces sin que digas una sola palabra, cuál es el trato que mereces.

Ejemplo:

Marcus Aurelius el emperador romano que tenía todo el poder del mundo conocido en sus manos. Y sin embargo, cada mañana se recordaba a sí mismo en sus diarios privados que el respeto de los demás no era el objetivo. El objetivo era ser digno de su propio respeto.

Esa distinción, sutil pero enorme, es la que separaba a un gobernante que imponía miedo de uno que generaba admiración genuina.




El respeto no se exige. Se gana. Y se gana de adentro hacia afuera
, nunca al revés.
Gracias por compartir.
 
Podías ponerlo en el ático. Esto es una lección fundamental si quieres mantener la relación, ya que la admiración y el respeto son claves. Por eso cuando alguien pasa a darlo todo románticamente sin reciprocidad, se da la paradoja de que puede perderse el respeto y con él la admiración.
 

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