Culturismo extremo: negocio rentable, cuerpo insostenible
¿Tiene sentido económico destrozarse la salud por un físico de superhéroe? La pregunta planea sobre el caso del culturista Joan Pradells, con 740.000 seguidores en Instagram, cuyo volumen muscular se acerca ya al del Capitán América de los cómics actuales. Pero el precio biológico es altísimo.
Los riesgos reales del músculo extremo
Hígado y riñones hechos puré, infarto prematuro: el análisis clínico de un cuerpo sometido a fármacos y sobrecarga no deja muchas dudas. El corazón, al fin y al cabo, es un músculo que al hipertrofiarse de forma patológica pierde eficiencia. Quienes se meten en este mundo sin control médico –que los hay, con empleos normales y doble sesión de gimnasio– lo tienen aún peor.
El negocio del cuerpo sin naturalidad
Pradells es empresario de su propia imagen. Los seguidores se traducen en ingresos, y el riesgo asumido es parte del capital. Hay quien defiende que, como cualquier deporte de élite, esto también genera lesiones; la diferencia es que aquí la propia apariencia es el producto, y la meta estética no tiene techo. El debate sobre los cánones irreales femeninos lleva años instalado; el masculino, en cambio, apenas se cuestiona en las aulas.
¿Hasta dónde llega la influencia?
Las comparaciones con las presiones sobre el cuerpo de la mujer son inevitables, pero no equivalentes: el culturismo extremo afecta a un porcentaje de jóvenes relevante, probablemente inferior al 20% de los que entrenan con intensidad, mientras que el canon femenino impacta a casi todas. La pregunta que queda en el aire es cuántos chavales reciben el mensaje de que ese cuerpo es un ideal saludable antes de que les llegue la factura médica.
Ironías de la economía: el cuerpo que más se vende en redes puede ser el que menos tiempo tenga para cobrar.