El SMI se pega al salario más frecuente y diluye el incentivo
¿Qué pasa cuando el suelo legal de los salarios alcanza al
salario que más gente cobra en España? Que la respuesta deja de ser una hipótesis y se convierte en un problema de incentivos. La brecha entre el SMI y el salario más frecuente se ha estrechado hasta tal punto que, a efectos prácticos,
da igual tu cualificación, tu experiencia o lo que te deslomes: el mercado te paga lo mismo. Un informe recogido por
elEconomista señala que una mayor productividad o formación ya no aleja al trabajador del salario mínimo, y que esa nivelación por abajo tiene consecuencias que van más allá del sueldo de cada mes.
El diagnóstico no es una simple queja de cuñao. El propio análisis advierte de que este estrechamiento
reduce los incentivos individuales a la mejora del desempeño y la formación, impide que los salarios medios crezcan en un círculo vicioso y frena la movilidad vertical. Traducido: si esforzarse no se traduce en euros, la gente deja de esforzarse. Y si la mayoría de la masa laboral se concentra en el suelo legal, las empresas ajustan contrataciones, automatizan y tiran de temporalidad, dejando más expuestos a los menos cualificados y a los más jóvenes.
De la clase media a la economía sumergida
Hay un segundo efecto que suele pasar desapercibido. Cuando el SMI queda cerca o por encima de la productividad marginal de determinados colectivos,
parte de la actividad se va a la economía sumergida o al empleo irregular. No es una predicción apocalíptica: es lo que ocurre cuando el coste de contratar legalmente supera lo que ese puesto genera. Y hay un tercer golpe, más silencioso: la formación de una clase media que, al reducirse las diferencias salariales, pierde capacidad adquisitiva y expectativa de mejora, lo que desincentiva la inversión.
La discusión se encona cuando se pone el foco en el empresario. Una corriente sostiene que el problema no es el SMI, sino un sector privado de bajísimo valor añadido, improductivo e incapaz de pagar salarios decentes. El argumento tiene un dato incómodo: hace una década el SMI rondaba los 640 euros y lo normal seguía siendo ser mileurista. Si el suelo estaba por los suelos y los sueldos no subían, la causa no puede ser solo el suelo. La conclusión de este bando es brutal: si no puedes pagar más a los productivos, cierra la empresa o despide a los que menos aportan.
¿Y la productividad, dónde ha ido?
La pregunta que recorre toda la discusión es simple: si la productividad ha subido, ¿por qué no lo han hecho los salarios reales? Una respuesta recurrente apunta a la inflación como mecanismo de absorción: las subidas salariales son anuales y la inflación es inmediata, así que
para cuando te suben ya te has comido un 10%, y al año siguiente vuelves a ir por detrás. Los salarios reales no suben; la productividad sí. Alguien se queda la diferencia, y no parece ser el trabajador.
Otra línea de análisis señala factores estructurales: la llegada masiva de mano de obra impide el pleno empleo técnico que la pirámide demográfica exigiría, y sin escasez de trabajadores no hay presión para subir sueldos ni para automatizar. A eso se suma la ausencia de una negociación colectiva con fuerza real, con convenios que muchos consideran una reliquia de 2010. El resultado es un país donde la clase media se desdibuja: una pareja de funcionarios puede aparentar ingresos de clase media, pero
basta una separación para que ambos pasen a ser pobres con 25.000 o 30.000 euros anuales.
El coste real de contratar por el mínimo
El debate también baja al detalle contable. Para pagar el SMI a un trabajador, el empleador desembolsa cerca de
2.000 euros al mes contando cotizaciones. Ese diferencial entre lo que cuesta y lo que llega al bolsillo es el que alimenta la temporalidad, la externalización vía ETT y consultoras, y la tentación de no contratar. La propuesta que circula en el otro extremo es subir el SMI y eximirlo del IRPF sin que la empresa pueda absorberlo con complementos, como única forma de sostener a los precarios mientras los beneficios empresariales siguen en máximos.
El cuadro se completa con una queja sobre el emprendimiento: la legislación y la tributación, se argumenta, esterilizan la innovación y la creación de empresas, empujando a muchos a buscar refugio en un sector público que paga un 30-40% más que el privado por el mismo trabajo. Mientras tanto, el anuncio de beneficios récord de una gran tecnológica junto a recortes de plantilla se usa como prueba de que el discurso de la escasez no cuadra con los números.
Al final, la pregunta sigue sin respuesta: si la productividad sube y los salarios no, ¿quién se está quedando la diferencia?