Putin, la OTAN y el reparto de bandos en la guerra de Ucrania
La primera certeza que deja el asunto es incómoda: en el pulso entre Rusia y la OTAN, la mayoría de las voces que se han pronunciado no se alinean con ninguno de los dos bloques sin matices. Hay prorrusos declarados, atlantistas resignados y una masa creciente que se declara equidistante. La discusión, abierta desde hace casi cinco años, ha ido girando desde el «solo hay un bando: el NWO» inicial hacia un reparto más pragmático: quién amenaza a quién, quién paga la factura y qué se pierde si gana el otro.
Quién está con Rusia y por qué
El núcleo prorruso se apoya en tres argumentos que se repiten. El primero es estratégico: Rusia encarna un contrapeso al sistema occidental, y su retorno como potencia haría que los gobiernos europeos volvieran a tratar bien a sus ciudadanos, como en los años ochenta. El segundo es de agravio comparativo: se sostiene que la OTAN ha derrocado gobiernos, ha promovido el terrorismo y ha bombardeado Yugoslavia al margen de la ONU, con la operación Gladio como ejemplo recurrente. El tercero es de coherencia discursiva: «Tiene un discurso muy coherente y que le censuren su canal en occidente me lo deja más claro», resume un mensaje muy valorado.
La simpatía, sin embargo, no es un cheque en blanco. Varios de los que se declaran prorrusos rechazan la invasión total: «Políticamente con Putin. A nivel social no acepto que mate civiles», escribe uno. Otro admite que la entrada en el Donbás habría sido defendible, pero que la ofensiva sobre toda Ucrania ha sido «una locura, algo totalmente desproporcionado, que se le ha ido de las manos».
El bando atlantista: no me toques los cojones
Enfrente, el bloque que apoya a la OTAN no lo hace por entusiasmo. «La OTAN no me gusta un pelo pero quien ha invadido un país, quien nos amenaza es Putin», resume una intervención. El argumento central es de seguridad inmediata: quien puede matarte a ti y a tu familia es Putin, y el enemigo de tu enemigo no tiene por qué ser tu amigo. A eso se suma el cálculo de que la guerra puede ponerse fea y que España, nos guste o no, está en un bando: «Mejor que gane el nuestro».
Hay una tercera vía que ha ido ganando peso conforme el conflicto se alargaba. La equidistancia. «No estoy del lado de nadie, porque nadie está de mi lado», resume una cita atribuida a un personaje de Tolkien. Quienes la defienden consideran que Rusia lleva razón en lo fundamental —la protección de los ciudadanos del Donbás y el rechazo a la entrada de Ucrania en la OTAN— pero que la invasión ha sido un error desproporcionado. Y añaden un matiz que descoloca a los dos bloques: «Una persona medianamente inteligente te dirá que le importa una reputísima mierda la OTAN y Rusia. Los que somos inteligentes sabemos que sólo China gana».
El argumento que nadie rebate: la factura la paga el ciudadano
El punto donde más convergen las posturas es en el diagnóstico económico. Se sostiene que la guerra no beneficia a los europeos, que «estamos perdiendo dinero y salud YA» y que el pulso entre bloques es una maniobra de presión de las élites. La tesis del capitalismo agotado aparece varias veces: «El neoliberalismo capitalista globalista ha durado veinte años, es una obviedad. A partir de ahora todo serán virus mortales, guerras...». La discusión derivó hacia qué es exactamente el capitalismo y si su supuesta duración define su final, con un intercambio que no llegó a puerto.
La comparación con la Unión Soviética también aparece, y no para bien. «En la URSS no habían muchos derechos que digamos», recuerda un mensaje, a lo que otro responde con una lista de estados de alarma, cierres de medios y detenciones de manifestantes en España. El intercambio de agravios entre bloques se convirtió en un clásico del asunto.
De la geopolítica al «solo hay un bando»
El asunto arrancó con una encuesta para ver qué opción era mayoritaria, y la primera respuesta fue tajante: «Solo hay un bando: el NWO». Esa lectura conspirativa, según la cual todo el tablero responde a un gobierno mundial en la sombra, perdió fuerza conforme el intercambio se llenó de matices. La hipótesis sigue presente —«no descarto para nada la conspiración, pero de existir daría igual con quien ir, estaríamos jodidos sí o sí»—, pero ya no ordena el reparto.
Lo que ordena el reparto es la Realpolitik. «La guerra es la continuación de la política por otros medios», se cita a Clausewitz, y cada uno defiende sus intereses. No hay buenos y malos. Esa conclusión, que en teoría debería contentar a todos, es la que menos contenta a nadie.
¿Y si al final el bando ganador no es ninguno de los dos que se discuten?