Irak cayó en un mes; Ucrania resiste ocho
La invasión de Irak en 2003 se resolvió en semanas. La de Ucrania acumula ocho meses y sigue abierta. La comparación entre ambas operaciones se ha convertido en el eje de un debate que mezcla datos militares, relato mediático y
geopolítica. El punto de partida lo puso un diagnóstico sin matices: se describió al ejército ruso como una fuerza de nivel tercermundista, se puso en duda el estado real de su arsenal nuclear y se calificó de funesta la gestión de Vladímir Putin al frente del país durante más de dos décadas.
La respuesta no tardó. El recuerdo de Afganistán apareció de inmediato:
Estados Unidos y la OTAN invadieron el país en 2001 y salieron veinte años después, dejando el poder en manos de los mismos talibanes que combatían. La comparación, según esa línea, no exculpa a Rusia pero sí desmonta la idea de que Occidente tenga un historial limpio de guerras rápidas y victorias limpias.
¿Por qué Rusia no ha ganado la guerra en ocho meses?
El argumento más repetido en el análisis es que
Rusia no combate solo contra Ucrania. Ucrania sería el campo de batalla, pero el adversario real incluiría a Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, que suministran armamento, financian al Estado ucraniano y aportan inteligencia por satélite. Bajo esa lectura, la duración del conflicto no mide la incompetencia rusa sino el tamaño de la coalición que sostiene a Kiev.
Hay quien lleva el paralelismo más lejos y recuerda que los tableros de la Guerra Fría ya se usaron antes: Corea, Vietnam, Europa. La diferencia, sostienen, es que entonces no había redes sociales ni medios globales amplificando cada movimiento.
La guerra fake, ironizan algunos, es la que se libra en los titulares antes que en el terreno.
El precedente de Irak: un ejército sin repuestos
La comparación con Irak tiene su propia letra pequeña. En 2003, el ejército iraquí arrastraba doce años de bloqueo tras la Guerra del Golfo. Sus aviones de origen francés estaban sin repuestos, sus tanques soviéticos inutilizados y la artillería con escasez de municiones.
Rusia, China y otros países cumplieron a rajatabla el embargo y no entregaron ni un tornillo para mantener el material. A eso se sumó la cesión del arsenal químico a la ONU. El resultado fue un ejército fantasma que se desintegró en semanas.
El contraste con Ucrania es evidente: Kiev recibe armamento y financiación de forma continuada. La pregunta que sobrevuela el análisis es si esa diferencia explica por sí sola los ocho meses de resistencia o si hay algo más.
Bajas civiles y corredores humanitarios: dos relatos enfrentados
El número de víctimas civiles se ha convertido en campo de batalla narrativo. Una corriente sostiene que
Estados Unidos mató más de un millón de civiles en Irak y que entró en las casas buscando insurgentes, mientras que Rusia abre corredores humanitarios para que la población pueda salir hacia territorio propio y no sea utilizada como escudo. Otra corriente responde que la comparación es obscena: cualquier guerra produce víctimas y la cifra real de muertos ucranianos aún no se conoce.
Lo que sí aparece en el análisis es la advertencia de que, si Europa y Estados Unidos no financian la reconstrucción,
el millón de ucranianos muertos también se cobrará en las próximas décadas por falta de hospitales, vivienda y servicios básicos.
El arsenal nuclear ruso: ¿cuántas cabezas están operativas?
La amenaza nuclear recorre todo el debate. Se mencionan bombas tácticas, misiles intercontinentales y torpedos capaces de arrasar Europa. Pero la duda de fondo es otra:
de las 8.000 cabezas nucleares rusas, activas e inactivas, ¿cuántas están realmente en disposición de uso? Los silos necesitan mantenimiento constante y, a la vista del estado de la artillería y la logística rusas, hay quien duda de que la mayoría esté operativa.
La respuesta desde el otro lado es que las amenazas nucleares solo aparecen en medios contrarios a Putin y que el Kremlin nunca ha dicho que vaya a usarlas salvo en supuestos que no se han dado.
Ya ya ya, ironizan, es lo que gritan dos en un foro mientras se montan sus propias películas.
Afganistán como espejo: veinte años para volver al punto de partida
El paralelismo con Afganistán es el más incómodo para Occidente. En 2001 los talibanes gobernaban; en 2022 seguían ahí.
Estados Unidos y la OTAN salieron derrotados tras veinte años y cuatro presidentes: Bush, Obama, Trump y Biden. La retirada, según una lectura, fue consensuada y no buscaba anexionar territorio, pero se ejecutó mal porque en la Casa Blanca no había nadie al mando.
La pregunta que queda flotando es si la velocidad de una invasión mide realmente la capacidad militar de quien la ejecuta o solo la resistencia de quien la sufre. Irak cayó en un mes porque estaba solo. Ucrania resiste ocho porque no lo está. ¿Cuánto duraría cualquier ejército occidental en las mismas condiciones?