México pide a España una disculpa y reabre la herida de la conquista
La presidenta de México,
Claudia Sheinbaum, no invitó al rey Felipe VI a su toma de posesión. España leyó el gesto como un desplante protocolario; desde el gobierno mexicano se respondió con la exigencia de una
«ceremonia de desagravio» por la conquista. Lo que en teoría era una cuestión de etiqueta diplomática se ha convertido en la enésima entrega de un pulso que arrastra siglos: la leyenda negra, el relato de buenos y malos y una animadversión que en internet cotiza al alza.
El detonante es reciente, pero el combustible lleva tiempo acumulado. En redes y secciones de comentarios, cualquier asunto que roce a España —desde el doblaje de una serie hasta la figura del monarca— activa una respuesta que quienes la observan desde fuera describen como desproporcionada. La pregunta de fondo no es si existe, sino de dónde sale y a quién beneficia.
¿Qué dicen los datos de violencia que se cruzan en el reproche?
Cuando la discusión se llena de consignas, cada parte saca su contabilidad. Frente al desprecio mutuo, aparece el dato que se repite con más insistencia: una media de
40.000 homicidios anuales en México, que se contrasta con los 336 registrados en España en 2023, un año que en el propio país se califica de malo. El ejercicio que se traslada al debate es el del índice: si España tuviera la tasa mexicana, habría registrado unos 10.500 homicidios en un solo año.
La comparación es un espejo incómodo para los dos. México convive con territorios controlados por grupos criminales y con episodios que marcan su historia reciente, como la desaparición de 40 estudiantes en 2014 a manos de policías locales. España, en cambio, no ha conocido en democracia una violencia de esa escala. Pero medir países por su tasa de homicidios y extrapolarla sin más es, precisamente, el tipo de atajo argumental que conviene mirar con lupa.
¿Por qué el indigenismo se señala como origen del rechazo?
Buena parte del análisis culpa a la educación. Se sostiene que durante décadas el relato nacional mexicano se ha edificado sobre un eje americanista e indigenista que presenta la conquista como el pecado original de todos los males posteriores. España funciona ahí como chivo expiatorio cómodo: si el atraso, la corrupción o la desigualdad tienen un culpable externo, la responsabilidad interna queda difuminada. La ironía es que quien esto defiende suele vivir en un país, España, que tampoco ha hecho un ejercicio cómodo de revisión de su propia historia.
La consecuencia práctica es que el indigenismo ha dejado de ser una corriente historiográfica para convertirse en herramienta política. México y Jamaica, dice una de las lecturas que circula, se sienten hoy más cercanos a Estados Unidos que a España. Y no precisamente por afecto.
El exilio de 1939 y la herencia que se le atribuye
Otra línea argumental retrocede a 1939. Tras la Guerra Civil, México acogió a buena parte del exilio republicano: políticos, jueces, profesores y artistas que ocuparon posiciones de influencia en la sociedad mexicana. Fue, además, el único país que no reconoció al régimen de Franco ni mantuvo embajada durante aquellos años, gesto que se repite como prueba de un antagonismo de largo recorrido.
De ahí nace una de las tesis más repetidas: la hostilidad hacia España no sería espontánea, sino heredada de aquel exilio y hoy mezclada con el indigenismo en un mismo cóctel ideológico. La objeción es evidente: atribuir a unos exiliados de hace casi un siglo la conversación actual exige explicar por qué el mensaje ha calado en generaciones que no los conocieron.
¿Es igual en toda Hispanoamérica? Los casos de Perú y Argentina
No. El contraste sirve para calibrar el fenómeno. Perú se describe como la excepción: fue una de las plazas más leales a la corona y de las últimas en caer, y hoy su trato hacia lo español se percibe menos crispado. Argentina, por su parte, mantiene el orgullo —por muy discutible que sea hoy— de haber sido una de las economías más ricas del mundo entre 1880 y 1950.
La diferencia, según esta lectura, está en la relación con el propio espejo. Quien sabe que su país atraviesa dificultades discute menos con fantasmas del pasado. Quien cree que ya no tiene nada que envidiar a nadie, en cambio, encuentra en el reproche histórico un lugar cómodo donde colocarse.
El punto exacto donde el análisis se atasca
Y así llegamos al nudo. Unos ven en el desplante al rey una operación política con réditos internos: señalar a España distrae de los problemas propios. Otros lo leen como la reclamación legítima de una deuda histórica nunca saldada. Entre las dos posiciones queda un detalle que nadie acierta a explicar: por qué una disputa que se dirime en los libros de texto de hace cinco siglos sigue fijando la agenda bilateral en pleno siglo XXI.
Quizá porque el reproche, al final, no va de España. Va de lo que cada país quiere contar sobre sí mismo.