Hombres peleándose por mujeres: la crónica de una constante
¿Conoces a algún hombre que se haya pegado por una mujer? La respuesta, en casi cualquier grupo de conocidos, es un sí rotundo. La pregunta no es nueva, pero cada generación la reformula con el mismo asombro fingido. Los datos, esta vez, vienen de la trinchera: hay quien conserva una cicatriz bajo el ojo décadas después de una pelea en la puerta de un bar de hostelería. El relato es clásico: él trabajaba en el local, ella en la cocina; el novio oficial estudiaba en la universidad y venía los fines de semana. La relación se resquebrajó, hubo affaire, y el desenlace fueron puñetazos en la acera. El perdedor no aceptó la derrota de buen grado, y la marca física quedó como recuerdo.
De los ochenta a los noventa: las discotecas como campo de batalla
Los que vivieron los ochenta lo recuerdan como un clásico de fin de semana: «Has mirado mal a mi novia», «Estás intentando ligarla», «Te has tropezado a propósito». Era el principal motivo de peleas en las discotecas, según quienes lo padecieron. En los noventa, el escenario no cambió: los bares de copas y las discotecas seguían llenos de «colgaos» pegándose por una chica, con la misma liturgia de miradas desafiantes y alcohol de por medio. La rutina se repetía calle tras calle.
Alcohol y orgullo: la mezcla que nunca falla
No todo queda en los locales de ocio. Hay episodios más graves, como el de unos familiares «cocidos de alcohol» que, ante un supuesto intento de infidelidad, estuvieron a punto de acabar en tragedia. La explicación, para algunos, roza lo zoológico: cuando «le entran a tu hembra», lo que importa no es tanto el deseo sexual ajeno como la afrenta al orgullo de macho alfa. Una postura que, por incómoda que resulte, encuentra eco en conversaciones de barra.
El instinto que no se moderniza
Se diría que la evolución social ha dejado atrás estas conductas. Pero quienes observan el presente desde la experiencia señalan que, entre los jóvenes, la dinámica sigue viva: discotecas, celos, alcohol y puñetazos. Quizá la diferencia es que ahora se filma y se cuelga en redes. Lo que no cambia es el fondo: una mezcla de territorialidad, inseguridad y testosterona mal canalizada. La próxima vez que alguien diga que el ser humano ha superado sus instintos primarios, recuérdele que aún hay cicatrices que lo contradicen.