El ocio de los 20 que se abandona con los años
Son las once y media de la noche y alguien hace el cálculo en voz alta: cuánto queda hasta llegar a casa y meterse en la cama. Quince años atrás era el último en irse. Lo que veíamos normal de jóvenes y hoy rechazamos ha dejado de ser una anécdota privada y funciona ya como patrón reconocible: el ocio de masas, el trasnoche, la conversación de relleno y el viaje obligatorio se caen de la lista. No es solo la edad. Es un ajuste de cuentas con un modelo de vida que prometía más de lo que entrega.
Discotecas, festivales y botellones: el ocio que ya no compensa
No es un rechazo abstracto a la fiesta. Es la factura concreta que describe un participante: sudar como un gorrino, quedarse sordo, gritar para pedir una copa y esperar
quince minutos para pagarla a precio de oro pese a ser garrafón. El
botellón, los porros, la música comercial y las discotecas hasta arriba figuran entre lo abandonado. La queja no es moral, es de coste y de cuerpo.
Hay una excepción señalada: los festivales de metal, que algunos mantienen como una semana al año para soltarse la melena, hacer el bestia como a los veinticinco y volver ordenadamente a la rutina, siempre en camping. Otros admiten que media hora en un recinto abarrotado les deja de un humor de perros. Y una advertencia de otro forero: si buscas tranquilidad, ya no existe un sitio tranquilo a ninguna hora.
El repertorio cultural que envejece mal
Películas sobre las neuras de quien nunca lo ha pasado realmente mal —el cine de
Woody Allen es el ejemplo señalado—, novelistas y poetas con columna semanal, cantautores que antes emocionaban y ahora dejan indiferente, como
Sabina o
Serrat, o cualquiera vinculado a la
movida madrileña. El reproche de fondo es generacional: se sostiene que en España se sobrevalora a la gente de letras porque es un país con poca cultura científica. Hay quien va más lejos y sitúa el deterioro del cine propio en los años sesenta y setenta.
Cenas de parejas, charla de relleno y el silencio del grupo
Las quedadas donde nadie es del todo quien es delante de otras parejas. La gente que habla mucho sin contar nada. Los que solo aparecen para criticar a terceros. Un cambio de hábitos se repite con precisión: las cenas con amigos han pasado a ser comidas, y los destinos exóticos de larga duración, escapadas cortas.
Hay un detalle pequeño que retrata bien la época: cuando alguien plantea un tema serio en el grupo de mensajería, el grupo se queda mudo. Solo parece permitido el chiste y el meme.
Del voto joven al rechazo a todas las siglas
Aquí el arco es explícito. Entusiasmo de izquierdas hasta los treinta, simpatía de derechas hasta los cincuenta y, después, rechazo a unos y a otros. Otra respuesta sostiene que aquel entusiasmo juvenil se ha transformado en un rechazo frontal a la izquierda. En medio aparece una nostalgia muy discutida: la idea de que quienes se criaron en el franquismo y derivaron a la izquierda eran gente normal que reaccionaba contra abusos reales del régimen —clasismo, enchufismo, corrupción—, y que esa estirpe se ha ido diluyendo. No hay acuerdo, y ese es el dato.
El trabajo, el remo y la prejubilación
Aguantar a un jefe en una oficina. Actuar de una forma concreta para caer bien. Tener contento al de arriba. También los impuestos: de joven apenas se trabaja y la nómina fiscal no duele. Hay quien solo odia de verdad ir a trabajar, y ya lo odiaba de joven.
El giro llega con la nómina acumulada. Quien estuvo orgulloso de no quedarse nunca sin empleo reconoce que
treinta años después solo piensa en prejubilarse y vivir lo más lejos posible de un remo. La esperanza en el futuro del país, en palabras de otro participante, se ha sustituido por un interés mucho más modesto: uno mismo y alguna persona contada más.
Navidad, verano y vacaciones: el calendario del hastío
La Navidad aparece repetidamente entre lo más rechazado: buenismo impostado, consumo desenfrenado, obligaciones familiares y sociales, y una duración artificialmente alargada que los adultos aguantan con sonrisa falsa mientras los niños y jóvenes lo celebran. El verano va justo detrás: dos semanas de viaje a un destino abarrotado y el resto sudando, con el añadido de ser el bicho raro si decides no moverte. Viajar, para algunos, ha pasado de plan a obligación.
La alternativa que se repite no es exótica: casa, un libro, escapadas cortas a los Pirineos o a Picos de Europa, y preferir otoño y primavera a la temporada alta. Alguno ha sustituido la Nochevieja por el concierto de Viena.
¿Madurez, depresión o simple hartazgo?
La pregunta recorre el asunto de punta a punta. Unos lo leen como depresión. La respuesta más repetida es otra: lo raro es no estar harto, y quien más presume de planes es quien peor soporta la quietud. Aparece la tentación de Diógenes y su barril, la frase de que la soledad es el precio de la sabiduría y el balance de quien, tras repasar infancia, juventud y madurez según los cánones, solo encuentra vacío. También está la tesis más fría: la mayoría de las cosas que hace la gente, a cualquier edad, carece de sentido.
Con ese material no hay conclusión cerrada. Persiste una cifra doméstica que sí resiste: media vida sin que le faltara trabajo y una única aspiración declarada, la prejubilación. Ni madurez ni depresión. Alguien hizo la cuenta y le salió que el plan no cabía en el cuerpo.