Bitcoin: de 250 a 110 dólares y un x245 diez años después
El Bitcoin superó los 250 dólares durante una mañana y se desplomó hasta los 110. Un 50% evaporado en horas. Cinco semanas antes la moneda cotizaba a 40 dólares, y esa escalada —sextuplicar el precio en poco más de un mes— fue lo que encendió todas las alarmas: muchos la calificaron de irracional, de pura especulación, de fascinación colectiva. Diez años después de aquel primer crash, el precio se movía en torno a los
30.000 dólares, tras haber caído desde los 60.000. La distancia entre el diagnóstico y la cuenta de resultados es, como mínimo, incómoda.
El manual del inversor se cumplió al pie de la letra. Cuando un activo deja de interesar como tecnología y se convierte en portada de los medios generalistas, los que compraron barato sueltan lastre. Eso, en cualquier mercado, se paga. Y en uno que cotiza las 24 horas y sin cierre, se paga en una sola jornada.
Por qué tres expertos seguían recomendando invertir
El blog especializado
Mashable trasladó la pregunta del millón a tres perfiles del sector: un inversor, el fundador de una aceleradora y el consejero delegado de una casa de cambio que además ocupaba la vicepresidencia de la Fundación Bitcoin. Los tres coincidieron en que había motivos para seguir comprando. El razonamiento completo, tal y como se formuló, cabía en seis palabras:
«todavía hay dinero de por medio». Ni una mención a los costes de transacción, a la capacidad de procesar pagos o a quién compra un activo que casi nadie usa para comprar nada.
Ese es el problema de fondo. La volatilidad del Bitcoin superaba la de las acciones de un banco rescatado, y eso lo admitía incluso quien le veía futuro. Endeudarse en un activo que oscila un
50% en un día no es una estrategia: es una apuesta con el dinero de otro.
¿Es el Bitcoin una moneda deflacionaria por construcción?
Sí, y ahí está la mitad del argumento alcista. La emisión está limitada por diseño, así que la escasez es matemática y no política. De ahí sale la tesis que más se repite: da igual lo que se despeñe el precio, porque terminará subiendo otra vez. Es un razonamiento elegante y, con una década de gráfico delante, difícil de refutar con adjetivos.
La otra mitad es menos amable. Un activo deflacionario que se aprecia invita a no gastarlo, y una moneda que nadie gasta no funciona como moneda. El mismo rasgo que hace atractiva la
inversión sabotea el uso. Frente a eso, la objeción contraria no habla de burbujas sino de algo más prosaico: hay quien sostiene que no genera ningún tipo de riqueza y que contarlo como inversión es como decir que se invierte en dinero.
La tulipomanía como espejo: qué se parece y qué no
El paralelismo con la burbuja de los tulipanes es el que más veces se ha repetido. En los Países Bajos del siglo XVII los bulbos alcanzaron precios absurdos y el estallido arrastró a media economía. El relato lo popularizó el periodista escocés Charles Mackay en 1841, en un libro sobre ilusiones colectivas que debería ser de lectura obligatoria antes de abrir cualquier cuenta en un exchange.
Pero la comparación tiene una grieta. Un bulbo de tulipán no se transfiere a otro continente en diez minutos, ni se divide en ocho decimales, ni se verifica sin intermediarios. Que el activo sea nuevo no lo hace valioso; que sea viejo no lo hace inocuo. La analogía describe el comportamiento humano, no valora el objeto.
Qué pasó con los 260.000 afectados por el pirateo de Coincheck
La casa de cambio japonesa Coincheck cifró en
260.000 los clientes damnificados por el supuesto pirateo de la criptomoneda NEM y anunció que les devolvería el equivalente en yenes con sus propios activos. El episodio ilustra el riesgo que ningún folleto menciona: no es la red, es la custodia. Quien deja sus monedas en un intermediario confía en la contabilidad de un tercero, exactamente igual que en la banca tradicional.
El cálculo que casi nadie hace con su propio dinero
Los números redondos son los que más duelen. Doscientos euros colocados en el momento oportuno se habrían convertido en 10.000. Mil euros en ocho bitcoins, comprados en 2013, equivaldrían a un múltiplo de
245 si se vendieran a 27.000 dólares. Hay además vías de ingreso que no pasan por comprar: usar una red para interactuar con contratos permitió a algunos cobrar un reparto de tokens valorado en 5.000 euros sin desembolso previo. El desglose completo de fechas y operaciones es donde se entiende por qué unos hablan de timo y otros de caja registradora.
125, 8.000, 30.000: tres fotos del mismo gráfico
La cronología del precio a lo largo de una década es casi una caricatura. El punto de partida, tras el crash desde los 250, fue de
125 dólares. Un lustro después, 8.000. Una década después, 30.000, con un desplome intermedio desde 60.000. Un orden de magnitud cada cinco años, si uno se empeña en ver el patrón donde quizá solo hay ruido.
Aquí se atasca el análisis. El arranque de este seguimiento, con la moneda a 110 dólares, contiene todo el diagnóstico que después se repetiría durante años: que si burbuja, que si los últimos en entrar pagarán la fiesta. Y es verdad que hubo damnificados. Pero el precio no ha seguido ninguna de las dos predicciones; ni colapsó a cero ni dejó de tener detractores. Con estos números, cualquiera habría comprado en 2013. Casi nadie lo hizo.