Inglés para camareros, no para presidentes: la doble vara de medir
¿Debe el presidente del gobierno dominar el inglés? La pregunta, lanzada en un foro económico, ha destapado una contradicción made in Spain: se exige un B2 al camarero que sirve una caña, pero al inquilino de la Moncloa se le perdonan los idiomas con argumentos de peso histórico.
El argumento histórico: Churchill no lo hablaba
Hay quien sostiene que el plurilingüismo es irrelevante en un líder mundial. Churchill no sabía alemán ni francés; Hitler, tampoco. De los presidentes de EEUU, ninguno fue bilingüe de origen salvo excepciones tardías. Putin es políglota, pero siempre usa intérprete. La conclusión de esta corriente: el inglés es útil para un “gobernador de colonia”, no para un jefe de Estado soberano. O, dicho de otro modo, es una herramienta de sumisión más que de poder.
La exigencia selectiva: camareros vs. políticos
Mientras a los camareros se les pide un nivel de inglés que rara vez se usa, los diputados del Congreso, senadores y ministros “no controlan ningún idioma, salvo honrosas excepciones”, como se señala en el debate. El contraste es brutal: quien tiene tiempo y dinero para formarse no lo hace, y quien cobra 1.200 euros debe acreditar un idioma que jamás usará en el bar. La broma se cuenta sola.
La postura antianglosajona
Una tercera visión, más visceral, rechaza el inglés como “idioma del imperio anglo, enemigo de España”. Aquí la cuestión ya no es práctica, sino identitaria: que hablen ellos español. Una postura que, aunque minoritaria, conecta con el orgullo nacional y la resistencia cultural.
La ironía final
Al final, el debate se resume en una cita de Felipe González que se ha hecho carne en la política española: “Lo importante no es la verdad, lo importante es lo que crean los españoles que es la verdad”. Con ese nivel de exigencia, da igual que el presidente chapurree inglés o no. Lo que importa es el relato. Y el relato, ya se sabe, no necesita intérprete.