La catástrofe que lleva años anunciada y sin llegar
¿De verdad se va a liar? La advertencia que dio origen a todo esto no aportaba fecha, ni cifra, ni institución: solo unas pocas palabras y una certeza absoluta. Desde entonces se han apilado páginas de respuestas sin que el cataclismo anunciado haya puesto una sola fecha en el calendario. El aviso sigue en pie. El desastre, también en el aire.
A lo largo de ese tiempo el pronóstico ha ido mutando sin perder nunca la fe. Primero fue económico. Después, bélico. Más tarde, directamente civilizatorio. Quien entra buscando un análisis se encuentra con un
estado de ánimo.
Qué se supone que va a pasar exactamente
La respuesta corta es que nadie lo dice. La larga es que se ha ido construyendo un relato por acumulación, donde cada miedo nuevo se superpone al anterior y ninguno sustituye al que ya estaba. Una corriente apunta a una crisis financiera de magnitud histórica, sin precisar de qué activo ni por qué mecanismo. Otra sostiene que el detonante será militar. Y una tercera, la más honesta, admite que lo importante no es qué pase, sino estar preparado para cuando pase.
Nadie pone un número. Ni un indicador concreto, ni una entidad con nombre. La advertencia funciona precisamente porque es
irrefutable: como no describe nada, no puede fallar. Cuando no ocurre nada, es que aún no ha llegado el momento. Cuando ocurre cualquier cosa, ya se avisó. Es la estructura perfecta de una profecía que nunca caduca.
¿Por qué se repite tanto la fecha de octubre
Octubre funciona como el horizonte móvil de toda esta corriente. «Será en octubre», se insiste, hasta convertirlo en coletilla. En algún punto alguien fijó el mes con un año —una variante que circula lo escribe con dos cifras y una errata— y la fecha volvió a saltar al calendario siguiente en cuanto pasó la anterior. La broma y la creencia se han fundido hasta ser indistinguibles.
Se ha llegado al punto en que los propios seguidores ironizan con que el desastre ya pasó y nadie se enteró. «Fue en octubre pero hasta hoy no nos habíamos enterado», resume esa rendición elegante. No es que el pronóstico haya fallado: es que, según la lógica del relato, el desastre
llegó sin avisar, que era justo lo que llevaban años avisando.
La geopolítica como detonante: de Rusia a los reclutamientos de Taiwán
Cuando el argumento financiero se queda sin cuerda, entra la geopolítica. Una de las frases más repetidas atribuye a
Borrell una comparación demoledora: la capacidad de fuego diaria de Rusia equivaldría a toda la producción de munición europea de un mes. Importa poco el contexto original de la cita. Lo que importa es que se convierte en prueba de que la industria europea no está preparada y de que la guerra —esa sí— va a llegar.
Por el mismo camino asoma Asia. Según una de las afirmaciones que circulan,
Taiwán se llevaría por delante los primeros 40.000 reclutados. De nuevo, sin más fuente que la propia certeza. Lo llamativo no es la predicción, sino cómo dos escenarios tan distintos —el estrecho de Taiwán y la llanura europea— conviven en la misma advertencia sin que nadie considere que son alternativas y no sumandos.
El corolario es siempre el mismo: quien esté relajado se descuidará. Y a quien se descuide le pillará con el cortado a medias y la conversación en otro sitio.
El acto de fe: un salmo veintitrés para inversores
La prueba de que esto no es análisis, sino liturgia, es el salmo. En algún tramo aparece una parodia del Salmo 23 en la que el pastor ya no es el Señor, sino
Tochovista, el nombre que ocupa su lugar. El texto promete descanso en «inversiones seguras», conduce hacia «commodities tranquilas» y guía al rebaño por los caminos de
Bernanke, Trichet y Solbes.
Que el miedo al colapso se exprese con la estructura de un salmo dice bastante. La catástrofe inminente y la salvación no son ideas contrarias: son las dos caras de la misma fe. Se teme el fin para necesitar un pastor.
Lo que queda cuando la profecía no caduca
El detalle más honesto de todo el asunto es el lamento por lo que desaparece. Hay nostalgia de un mundo anterior —«todo esto era campo», «todo esto era ciudad»— que se cita sin concretar qué se perdió. La queja no señala un culpable ni una política concreta. Señala una pérdida.
Visto en frío, el inventario de daños de tanto tiempo de advertencias suma pocos hechos verificables y muchas predicciones recicladas. Pero eso no debilita la fe: la reafirma. Cuanto menos pasa, más cerca está de pasar.
Así que aquí seguimos. Después de todo este tiempo, la catástrofe no ha dado señales de vida, pero la advertencia goza de una salud envidiable. Cualquier día de estos se lia. Y entonces, por fin, alguien podrá decir que ya lo avisó sin haber dicho nunca qué, cuándo ni cómo.