Seis miradas a una mujer sin nombre: la adúltera en la pintura renacentista y barroca
La escena del Evangelio de Juan donde Jesús salva a la adúltera de la lapidación ha sido un tema recurrente en la pintura europea. De Pacher a Rubens, los artistas no solo representaron el milagro, sino que filtraron su propia época y sus prejuicios.
En la obra de Michael Pacher (1470, Catedral de San Wolfgang), Jesús aparece señalando al suelo mientras la mujer baja la cabeza. Lo curioso: todos los personajes visten ropa medieval excepto Jesús. Es un anacronismo deliberado: la historia sagrada ocurre aquí y ahora, no en Tierra Santa. Lorenzo Lotto (1527, Louvre) opta por el teatro: Jesús hace un gesto de calma, mientras un sacerdote cuenta con los dedos –quizás las denuncias– y un soldado agarra del pelo a la mujer. Violencia gratuita que la época consideraba justicia.
Tiziano (1520, Viena) reduce a la mujer a un bulto, un objeto de debate. Los fariseos la sostienen como un saco, y Jesús discute con la tranquilidad de quien está en un café. El fondo está lleno de curiosos: el mismo pueblo que luego pedirá la crucifixión. Pieter Bruegel el Viejo (1565, Courtauld) rompe moldes con una grisalla: Jesús agachado escribiendo en el suelo. Los soldados se marchan, la multitud se disuelve. Una piedra yace inútil junto al sacerdote boquiabierto. La violencia se queda sin justificación.
Ya en el Barroco, Guercino (1621, Dulwich Picture Gallery) concentra la tensión en el careo entre Jesús y el sacerdote. La mujer, vestida de blanco y rojo (inocencia y sangre), es sostenida por un soldado joven. Un muchacho observa: el que siempre mira sin intervenir. Rubens (hacia 1614, Bruselas) convierte la escena en espectáculo de masas. Un fariseo lleva un papel pegado en la capucha con palabras hebreas, casi una caricatura. La mujer se tapa con un velo negro. Rubens no sabe pintar la intimidad; necesita muchedumbre y gestos grandiosos.
El recorrido por estas seis obras muestra cómo el arte ha tratado a la mujer como un símbolo, un objeto o un pretexto. La piedra nunca se tira, pero la sentencia moral queda en el aire.