silverdaemon
Será en Octubre
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(traido de otro foro, de lo mejor que he leido)
Si toleras el desorden por evitar la guerra, primero tendrás el desorden y luego la guerra. Bebo el café casi sin darme cuenta mientras leo esa frase en Instagram. Me hice una cuenta porque mi mujer quiere que vea las cursiladas que cuelga sobre nuestra vida familiar, declaraciones de amor y satisfacción con la vida que me suenan más a escaparate de bazar, y para que le dé likes y así aparentar ser un tío unido a sus verborreas ovulatorias y no un hombre heterosenshetero centrado en lo superficial. Por no escucharla. Y como compensación, la aplicación me propone seguir a otras cuentas que se dedican a la misma comedia. Esta mañana ha tocado la Tagliatella de la filosofía: mucha pompa y poco contenido de calidad. [Frase] con la que me he topado hoy, cargada de fuerza que se desinfla con nada, como un pedo que se le cae a un octogenario.
Yo paso mis días evitando el desorden, no tolerándolo. Qué fácil es llenarse la boca con exclusivas de emperador siendo un monigote más en la vida. Evito cada mañana que mi mujer empiece el día con malas caras porque dos pelos se han quedado en el lavamanos tras afeitarme, evito una miga de la tostada sobre el hule de flores, evito —y esto lo confieso con una pena de cartón piedra que ya ni noto— que se note mi presencia, cuya importancia parece reducida a aportar una nómina a fin de mes, pero no más, porque más siempre va a ser para mal. Usa la vibración del smartwatch de alarma para no despertarme; haz poco ruido; no uses servilletas normales para limpiar los restos del desayuno porque solo arrastran; intenta fijarte mejor cuando te afeites; haz el favor de acompañar hasta el final la puerta cuando te vayas.
Me pint. La memez que he leído hoy te insta (ella creería que con ese término me refiero a algo de la app y no a un verbo) a salir de casa creyéndote un ser de sarracena intachable, un triunfador, un estoico soportando temporales. Qué casquivan estás hecho, todo un campeón.
Salgo de casa y al insta(nte) me pregunto si me voy cruzando con protagonistas de grandes hazañas en sus vidas o con mortales grises que miden el éxito de sus días según la cifra de reproches y críticas que han conseguido esquivar. Alguien (nadie en realidad, una galaxia de hiperconexión social) come la cabeza a los de mi generación pidiéndoles que se acuesten todos los días agradecidos por algo, o si no vendrá un gatito con gemas, incienso y postureo espiritual a dispararnos. Por desagradecidos, por NPC, por mediocres.
Ni desorden ni guerra. Digamos, mejor dicho, exceso de orden y paz. Si fuese alguien que puede aspirar a poner en entredicho esa cita, ya estaría taladrando a la administrativa de prácticas, ya tendría dos buenos motivos para intentar evitar el desorden del que vuelve a casa glorioso de un trabajo que, aparentemente, aburre a cualquiera. Ya pasaría mis días tirando Kleenex arrugados y limpios en la papelera del baño, para que así mi mujer siguiera creyendo que me mato a una manola y no que me dedico cada tarde, mientras me cuenta la nueva apasionante historia del corrillo de pilates, a recordar, no solo en cuerpo tieso sino también en alma, los chorros espasmódicos de leche sobre la cara de esa simpática señorita que sé que, en realidad, solo es agradable conmigo porque tiene que aprobar las prácticas.
No nos engañemos: la guerra no nos llega a muchos. Si alguien te dice que es imposible ahogarse en un mar en calma, pregúntale a cualquier cuarentón casado cuál fue la última guerra que intentó evitar tolerando el desorden. Aquí ni uno decide lo que te toca aceptar. Te aguantas y bailas con lo que te viene. "Decidir", qué ocurrencia.
Si toleras el desorden por evitar la guerra, primero tendrás el desorden y luego la guerra. Bebo el café casi sin darme cuenta mientras leo esa frase en Instagram. Me hice una cuenta porque mi mujer quiere que vea las cursiladas que cuelga sobre nuestra vida familiar, declaraciones de amor y satisfacción con la vida que me suenan más a escaparate de bazar, y para que le dé likes y así aparentar ser un tío unido a sus verborreas ovulatorias y no un hombre heterosenshetero centrado en lo superficial. Por no escucharla. Y como compensación, la aplicación me propone seguir a otras cuentas que se dedican a la misma comedia. Esta mañana ha tocado la Tagliatella de la filosofía: mucha pompa y poco contenido de calidad. [Frase] con la que me he topado hoy, cargada de fuerza que se desinfla con nada, como un pedo que se le cae a un octogenario.
Yo paso mis días evitando el desorden, no tolerándolo. Qué fácil es llenarse la boca con exclusivas de emperador siendo un monigote más en la vida. Evito cada mañana que mi mujer empiece el día con malas caras porque dos pelos se han quedado en el lavamanos tras afeitarme, evito una miga de la tostada sobre el hule de flores, evito —y esto lo confieso con una pena de cartón piedra que ya ni noto— que se note mi presencia, cuya importancia parece reducida a aportar una nómina a fin de mes, pero no más, porque más siempre va a ser para mal. Usa la vibración del smartwatch de alarma para no despertarme; haz poco ruido; no uses servilletas normales para limpiar los restos del desayuno porque solo arrastran; intenta fijarte mejor cuando te afeites; haz el favor de acompañar hasta el final la puerta cuando te vayas.
Me pint. La memez que he leído hoy te insta (ella creería que con ese término me refiero a algo de la app y no a un verbo) a salir de casa creyéndote un ser de sarracena intachable, un triunfador, un estoico soportando temporales. Qué casquivan estás hecho, todo un campeón.
Salgo de casa y al insta(nte) me pregunto si me voy cruzando con protagonistas de grandes hazañas en sus vidas o con mortales grises que miden el éxito de sus días según la cifra de reproches y críticas que han conseguido esquivar. Alguien (nadie en realidad, una galaxia de hiperconexión social) come la cabeza a los de mi generación pidiéndoles que se acuesten todos los días agradecidos por algo, o si no vendrá un gatito con gemas, incienso y postureo espiritual a dispararnos. Por desagradecidos, por NPC, por mediocres.
Ni desorden ni guerra. Digamos, mejor dicho, exceso de orden y paz. Si fuese alguien que puede aspirar a poner en entredicho esa cita, ya estaría taladrando a la administrativa de prácticas, ya tendría dos buenos motivos para intentar evitar el desorden del que vuelve a casa glorioso de un trabajo que, aparentemente, aburre a cualquiera. Ya pasaría mis días tirando Kleenex arrugados y limpios en la papelera del baño, para que así mi mujer siguiera creyendo que me mato a una manola y no que me dedico cada tarde, mientras me cuenta la nueva apasionante historia del corrillo de pilates, a recordar, no solo en cuerpo tieso sino también en alma, los chorros espasmódicos de leche sobre la cara de esa simpática señorita que sé que, en realidad, solo es agradable conmigo porque tiene que aprobar las prácticas.
No nos engañemos: la guerra no nos llega a muchos. Si alguien te dice que es imposible ahogarse en un mar en calma, pregúntale a cualquier cuarentón casado cuál fue la última guerra que intentó evitar tolerando el desorden. Aquí ni uno decide lo que te toca aceptar. Te aguantas y bailas con lo que te viene. "Decidir", qué ocurrencia.
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