La piedra en el riñón supera al parto como el dolor más intenso
El dolor que más duele casi nunca es el que más dura, y el que más dura casi nunca es el peor. El cuerpo lleva dos cuentas separadas —la intensidad y el tiempo— y confundirlas es el error más común al hablar de sufrimiento físico. Cuando se pregunta por las peores experiencias, la respuesta más repetida no es un hueso roto ni una operación: es una piedra en el riñón. El cólico nefrítico aparece una y otra vez como el techo del dolor más intenso, con permiso del parto.
El cólico nefrítico, el techo del dolor físico
Quien lo ha sufrido no lo compara con nada. Hay quien asegura que una fractura de tibia y peroné, piedras en la vesícula o una infección de oído se quedan cortas al lado de un cálculo renal. Un caso llamativo: alguien aguantó cinco días en casa, sin dejar que le pincharan, con un dolor que describe como insoportable y una desesperación que no piensa repetir.
Curiosamente, una de las descripciones más vívidas llega del mundo rural. El cólico coincidió con la temporada de recogida de setas, y el relato apunta a piedrecitas filtradas por el propio riñón —el cálculo se forma en el órgano, no llega del intestino— como origen de un dolor que se define como «pañal clavados a ambos lados de la columna». No hubo hongo venenoso, pero el cuadro clínico fue de manual.
El dolor que no se va: muelas, oído y gota
Si el cólico gana en intensidad, hay otro pelotón que gana en constancia. El dolor de muelas es el más citado, seguido de la otitis. Aparece quien recuerda la combinación de otitis e infección dental como el peor combo, y quien describe el postoperatorio de la extracción de una muela del juicio —cuando se pasa el efecto de los sedantes— como el auténtico ajuste de cuentas.
La gota, con esa frase de «Gota. Vida.», entra en otra categoría: la del dolor que reaparece. La otitis infantil también se cuela entre los recuerdos más persistentes; un relato detalla cómo las gotas y la amoxicilina tardaban unos tres días en hacer efecto y cómo el problema desapareció solo al llegar a la adolescencia. La sinusitis, con esa presión en toda la cara, completa la lista de los clásicos.
Cuando el dolor no viene del cuerpo
No todo se mide en milímetros de hueso. Hay quien sostiene sin ambages que la depresión es peor que casi cualquier dolor físico, y otros que sitúan en el amor no correspondido o en una ruptura sentimental el sufrimiento más duradero. Incluso aparece un dolor de vanidad: el de quedarse alopécico a los 20, corregido al alza desde los 25 para que rime mejor con la desgracia.
Aquí surge un matiz que ordena todo el asunto: el dolor más duradero tiene que ser también intenso. Aguantar una molestia leve durante años no compite con un pico brutal pero breve. La pregunta no es cuál duele más, sino cuál se queda.
La comparación con el parto flota en todo momento y divide. Frente a la creencia de que las muyer sienten dolores más intensos al dar a luz, aparece el testimonio de quien alumbró dos veces sin sentir apenas nada. Y sobre el umbral del dolor por sesso, la explicación más citada apunta a factores evolutivos ligados a la función reproductiva, aunque la evidencia anecdótica —cada cuerpo cuenta su película— desmiente cualquier regla fija.
¿Se puede jerarquizar algo tan íntimo como el dolor, o el ranking solo refleja lo que cada uno recuerda de peor?