El cólico nefrítico gana el pulso al dolor de muelas
Una piedra de menos de un centímetro, del tamaño de un grano de arroz, dobla a un adulto por la mitad con más eficacia que una fractura. Esa es la conclusión que se repite en los relatos recogidos: el cólico nefrítico no es el dolor más grave desde el punto de vista clínico, pero sí el que más gente coloca en lo más alto de su ranking personal. Y casi nadie llega a él por una enfermedad de nombre temible.
Por qué el cólico nefrítico se lleva la palma
La descripción se repite con pocas variaciones: puñales clavados en la espalda, a ambos lados de la columna. Hay quien asegura que es el único dolor que le ha dejado doblado, sin poder andar, moverse ni casi hablar. Otro relato cuenta cinco días en casa aguantando antes de ir a urgencias, y lo describe como el momento en que se piensa en cualquier cosa con tal de que pare. Fracturas, quemaduras, extracciones dentales: nada queda por encima cuando aparece un cálculo. Insuperable, resume la versión más breve.
Aparece también una hipótesis doméstica sobre el origen. Un relato asocia un episodio a la temporada de recogida de setas, con la sospecha de que pequeños restos de tierra filtrados acabaran formando microcálculos; los médicos, según ese mismo relato, lo calificaron de forma genérica como cólico nefrítico. La explicación anatómica que circula en paralelo —el riñón filtra, no recibe del intestino— desmonta esa vía.
La muela del juicio, campeona en repetición
Si el cólico gana en intensidad, el dolor dental gana en frecuencia. Es el más mencionado, y con diferencia. La muela del juicio aparece una y otra vez, con dos variantes especialmente crueles: el postoperatorio que estalla cuando decae el efecto de la sedación, y la muela con el nervio muerto que duele 24 horas al día durante semanas.
Un factor agrava el problema: la anestesia local no funciona igual en todo el mundo. Hay quien relata que no le hace efecto y que la extracción se convierte en algo parecido a arrancar tripas. Cuando el sistema falla, el dolor deja de ser anécdota y pasa a ser el peor recuerdo de la vida.
Curas, tornillos y anestesias que llegan tarde
Hay un territorio intermedio que casi nunca sale en las conversaciones sobre dolor: el de las curas. Una operación de sinus pilonidal en el coxis derivó en tres meses de limpieza de la herida abierta con un cepillo de dientes y jabón neutro, con días calificados directamente de horribles. En otro caso, cinco tornillos de fijación externa atravesando tibia y tobillo, con la anestesia agotada antes de tiempo y el dolor notándose ya en la camilla de recuperación.
También la biopsia con anestesia que no hizo efecto, y las cuatro sesiones de infiltración de factores de crecimiento en la articulación del dedo gordo, viendo la aguja entrar por una cámara que guiaba al médico. Y las quemaduras, que aparecen tarde pero cuando aparecen se colocan arriba.
El dolor que se queda: reuma, espalda y depresión
Cuando la pregunta cambia de intensidad a duración, el mapa se reordena. Aparece el reuma: años doliendo cada paso, andando como un viejo de ochenta, sin poder cerrar la mano y con cada apretón convertido en un problema. Cada curva al volante sin poder girar el cuello. La espalda que se engancha y no deja moverse. La gota. La otitis de la infancia que solo remitía tras días de antibiótico. Y por encima de casi todo el dolor físico, la depresión.
El patrón es claro: lo agudo se recuerda con precisión de detalle; lo crónico se recuerda como una forma de vivir.
El parto y el umbral: un debate que no se cierra
La cuestión del parto aparece en algún punto, junto a supuestas diferencias de género en la tolerancia al dolor. Hay casos de partos sin dolor percibido y también afirmaciones sobre umbrales distintos que nadie respalda con datos. El material que se aporta en ese tramo es anecdótico y el tramo termina en tópicos en lugar de en cifras.
Queda la pregunta de fondo. Si el dolor más fuerte y el más duradero no coinciden, ¿cuál merece el título? ¿El que te dobla hoy y se va, o el que no se va nunca? El recuento pormenorizado de intervenciones, curas y recaídas que acumulan varios relatos —incluida la cronología exacta de un cólico que acabó en urgencias tras cinco días de resistencia— no cabe en estas líneas. Quien haya pasado por los dos es el único que puede responder. El resto solo elige qué temer.