Ecce Cecilio
Madmaxista
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Un tío que trabajando en la central nuclear de Ascó emprendió y pretendía vender una válvula que evitaba que en caso de accidente y vaciarse un tanque presurizado pudiera entrar nitrógeno al sistema del reactor (hay estudios que demuestran que puede provocar la fundición del núcleo porque el gas no permite enfriar). No vendió ni uno válvula, ni siquiera consiguió que alguna central la utilizara gratis.
Realmente no lo vi con mis propios ojos, me lo contaron, pero no sólo es absurdo por obviar la regla más básica de los negocios: 'sin demanda no vendes, aunque tengas el mejor producto del mundo' (nadie demandaba dicho producto, sólo había unos pocos investigadores que sugerían que podía ser buena idea en sus artículos académicos); lo peor es que el hombre currando para la industria nuclear desde hace años debería haber sabido de sobras que estaba en un mundo de negocios rancios como todas las ingenierías, constructoras e instaladoras, donde no se busca innovar, se tenía que dejar un pastizal en burocracia y certificaciones y a los jefes sólo les importa el politiqueo y no le iban a hacer ningún caso cuando intentara venderles su producto.
Yo eso lo aprendí con 24 años. Hice unos prototipos de parte de lo que ahora hacen habitualmente ChatGPT y similares (pero sólo desde 2023, y yo lo hice muy joven hace veintitantos años). Uno de ellos se presentó en un congreso, mi primer congreso. Se interesaron en una empresa, viajaron a vernos, hicieron pruebas con su propio material sobre nuestro software y quedaron convencidos de que funcionaba bien. La oferta… 50000 pesetas , 300 euros de ahora. El alquiler de un mes de un apartamento en ciudad de provincias de entonces era más o menos 360 euros, para que los más jóvenes os hagáis una idea realista de la oferta. No les mandamos a tomar por pandero allí mismo por educación.
La segunda experiencia por esa época fue un sistema de detección de segarro para una gran caja de ahorros que, con el tiempo, daría lugar a la gran fusión de cajas y al rescate con los años. El director de I+D de la entidad lo probó, me dijo que funcionaba mejor que lo que tenían, pero que no me lo iban a comprar ni a trabajar conmigo porque el programa vigente se lo hacía Arthur Andersen, y que si no se lo compraban, a final de año se vengarían en la auditoría, que también se la hacían ellos.
Con ese par de pinceladas y algunas más previas tuve suficiente para hacerme una idea cabal de en qué país me tocó nacer.