Grace Kelly, Lamarr y Ava Gardner: las diosas que la cámara inmortalizó
Grace Kelly. Sin matices. Para el autor del hilo, la actriz de cine clásico más guapa que ha pasado por una pantalla. A cierta distancia, Hedy Lamarr. A partir de ahí, guerra abierta: la respuesta no existe, existen dos docenas de fotogramas que la contradicen.
El repaso acumula decenas de propuestas y sigue sin cerrarse. Entra Audrey Hepburn y alguien responde que no le produce la más mínima atracción. Entra Sophia Loren y se zanja con un «LA MUJER». El canon no lo decide la mayoría. Lo decide la memoria de cada uno.
Grace Kelly, Ava Gardner y el resto del santoral
Los nombres se agolpan sin orden. Ava Gardner en
Forajidos, espectacular en cada escena. Rita Hayworth. Ingrid Bergman, que alguien reclama por si se olvidaba. Lauren Bacall, con el matiz de que era, además, un
pibón. Vivien Leigh. Gene Tierney. Kim Novak y su bailecito en
Picnic, inigualable. Elizabeth Taylor. Y Maureen O'Hara, por cuya pizpiretancia un participante pagaría un camión de Fantas.
La lista se alarga hasta lo administrativo. Barbara Stanwyck de joven. Gloria Grahame en
Que bello es vivir. Janet Leigh en
Sed de mal, con el apunte cruel de que la hija heredó el cuerpo de la madre y la cara del padre. Eva Marie Saint en
Con la muerte en los talones. Tippi Hedren en
Los pájaros, de la que se dice que no era extraordinariamente bella pero sí una mujer con la que formar una familia numerosa.
Julie Christie en Doctor Zhivago, la más bella para algunos
Porque hay quien sostiene que nunca se ha visto en una pantalla de cine cosa tan bella como la joven Julie Christie en ese papel, y el argumento se repite sin que nadie lo discuta. Claudia Cardinale entra por la vía de la belleza clásica. Y la Anita Ekberg de
La Dolce Vita, bañándose en la Fontana di Trevi junto a Marcello Mastroianni, se lleva el calificativo de diosa carnal, de un tipo de belleza de generosas curvas que, según quien lo escribe, gustó a italianos y latinos.
Ahí asoma la primera grieta seria del ejercicio. Esa belleza, apunta uno, es en buena medida magia de la cámara y de un buen profesional detrás. La realidad, sostiene, baja a muchas del altar.
El efecto halo: el actor que te cruzas tiene más arrugas
La explicación tiene nombre. Efecto halo. Cuando uno se topa con un actor en su vida diaria descubre que es más pequeño de lo que esperaba y que tiene más arrugas. Al final, todos más iguales de lo que pensábamos. Otra intervención añade una observación que duele: el paso de los años vuelve invisibles a esas diosas que doblaban cuellos a su paso. La naturaleza les robó la belleza y, con ella, el escaparate.
El tono se vuelve entonces elegíaco, casi luctuoso, y es ahí donde mejor se ve de qué va realmente la conversación: no de actrices, sino de lo que se va. La lista de nombres sirve de excusa para hablar de un mundo que ya no existe.
Sara Montiel, Sydney Sweeney y la trampa de comparar épocas
De las españolas, Sara Montiel. Cuando el nombre que aparece es contemporáneo, hay quien confiesa haber tenido que buscarlo en Google para saber quién era, y remata que es guapa pero no le llega a Jane Fonda. La comparación entre generaciones no se sostiene: cambian el maquillaje, el grano de la película, la iluminación y las expectativas.
En ese tramo el asunto descarrila. Dos intervenciones sostienen que la genética de la actriz se ha «extinguido» entre sus hijos y recurren a la hipergamia y a la queja generacional. Reducir el valor de una persona a su ascendencia no es un argumento, es un prejuicio, y este artículo no va a transitar ese terreno. La conversación, que empezó con Grace Kelly, acaba hablando de otra cosa.
La elegancia pesa más que el escote
No todo el mundo acepta la deriva. Una intervención corta la discusión y recuerda el propósito original: no se trata de encandilarse con cuerpos, sino con belleza y elegancia. La corrección es pertinente. Los nombres con los que se cierra —Ingrid Bergman, Vivien Leigh, Lauren Bacall— apuntan en esa dirección: mujeres de perfil, no solo de anatomía.
¿Habrá una ganadora? Con estos mimbres, no. La discusión volverá cada vez que alguien vea
Doctor Zhivago o
Con la muerte en los talones un sábado por la tarde, y volverá con los mismos nombres y los mismos argumentos. Si acaso, dentro de veinte años el canon habrá sumado una o dos caras nuevas y habrá perdido alguna. La cámara, al final, siempre gana.