¿Cuándo la humanidad perdió el buen gusto? [imágenes]

Ilustración editorial de un escritorio del siglo XIX con pluma, tintero, lámpara de latón y una máquina de coser antigua junt

El buen gusto se perdió cuando el plástico ganó al artesano​

Un mechero de mesa con veinte piezas torneadas para encender una cerilla. Una manija de latón de 1870 para tirar de una campana. Un catálogo de venta por correo del siglo XIX donde una familia de clase media elegía su máquina de coser como quien hoy elige un electrodoméstico. La tesis que recorre esta discusión es incómoda y difícil de rebatir: hasta el objeto más humilde de hace un siglo llevaba encima más horas de artesano que el artículo de lujo que hoy se vende en un hotel de cinco estrellas.

La pregunta que abre el asunto no es nostálgica. Es económica. ¿En qué momento el diseño dejó de competir por la belleza y la duración y empezó a competir por el coste y la obsolescencia?

Del escritorio del siglo XIX al mueble de aglomerado​

El punto de partida es concreto: la pluma, el tintero, la lámpara, la ebanistería del escritorio. Todo eso, incluso en el despacho más cochambroso de una segunda subsecretaría, tenía detrás un trabajo de artesanos calificados que hoy no se encuentra ni en la recepción de un hotel de lujo. La comparación se extiende a cualquier rubro: lapiceras, calzado, vestidos, lámparas. La producción estaba en manos de operarios de un nivel que hoy resultaría inalcanzable para la mayoría de las fábricas.

Hay quien matiza que mucha ornamentación de edificios se retiró por comodidad de mantenimiento, y que un rascacielos de cristal con las luces encendidas al caer la noche tiene su propia elegancia. El matiz es razonable. Pero no responde a la objeción de fondo: el objeto cotidiano, el que usaba la gente normal, era más bello y duraba más.

La máquina de coser, la escopeta y el catálogo​

La máquina de coser era una de las grandes adquisiciones de cualquier familia. La mujer de la casa reparaba la ropa y cosía prendas nuevas. No era un artículo para ricos: los ricos compraban su ropa de diseño y la cambiaban con la moda. El catálogo vendía también pistolas, fusiles y escopetas, compra obligada para cualquier caballero que se preciara. Y había manijas de campana de 1870, catalogadas como level bell pull, para que tocar la campana en casa se hiciera con estilo.

El argumento se sostiene sobre una observación de consumo: antes una familia ahorraba todo el año para las compras del catálogo, y ese producto tenía que durar toda una vida, hasta el punto de heredarse. Hoy se tira cuando no funciona, cuando aburre o cuando sale el modelo nuevo. Había menos consumo y posiblemente más pobres, pero los objetos eran más bellos.

El poliéster y la ropa que nadie quiso​

Uno de los mayores chascos de la humanidad llegó con la invención del poliéster. La tela sintética era barata, ligera, impermeable, no encogía con los lavados, permitía todo tipo de colores y no necesitaba planchado. Durante un tiempo se intentó usar en ropa. Los usuarios las tiraron a la basura y volvieron a lo normal: lana, algodón, lino, incluso mezclas con sintéticos en proporciones menores. Muy bueno para tiendas de campaña, no para vestir.

La misma lógica se aplica a las sábanas. Se compraba tela de percal de mínimo 400 hilos y se mandaba bordar. Hoy se duerme sobre tejidos con pelito que son plástico puro. Quien conserva sábanas heredadas de aquella época las describe como un lujo tanto en verano como en invierno.

¿Cuándo empezó la producción industrial a renunciar al diseño?​

No fue la máquina, fue el criterio. La producción industrial ya existía en el siglo XIX y principios del XX, y los productos se seguían diseñando con cierto nivel de arte. Algunas empresas mantuvieron ese empeño bien avanzado el siglo XX. Una calculadora de mesa de Olivetti, por ejemplo, hace el intento. Entre sus máquinas de escribir hubo joyas. El argumento no es que la fábrica mate la belleza, sino que en algún momento se dejó de pagar por ella.

Frente a esto aparece la objeción materialista: un simple trabajador o directamente un pobre no tenía un pomo de bronce con filigranas en su puerta. Es cierto. Pero el mobiliario de segunda mano que hoy se encuentra en tiendas de donación está estropeado, lleno de desconchados. La comparación no es entre el palacio de 1890 y el piso de 2020, sino entre el escritorio corriente de 1890 y el escritorio corriente de 2020.

El feísmo como política de tristeza​

Hay una corriente que va más allá de la estética y sostiene que el feísmo se promueve de forma deliberada porque predispone a la tristeza y a la depresión. Es una hipótesis, no un hecho demostrado, pero conecta con una intuición extendida: la pérdida de belleza es un síntoma de decadencia. El gusto de la gente, se argumenta, está hoy en otro sitio.

La objeción más sólida a toda esta nostalgia es que en la antigüedad tampoco todo era bello, y que la comparación se hace siempre con lo mejor que ha sobrevivido. Es verdad. El sesgo de supervivencia existe. Lo que no explica es por qué lo que se fabrica hoy para durar tampoco se diseña para gustar.



El dato que descoloca no está en los objetos, sino en el catálogo. Una familia corriente de hace 150 años elegía entre varias máquinas de coser, varias escopetas y varias manijas de campana. Hoy, con acceso a millones de productos, la elección se reduce a qué plástico aguanta un poco más antes de romperse.
💬 LO QUE DICEN LOS FOREROS
«Lo que a mi me asombra (y me hace llorar) es que había más objetos de arte en cualquier escritorio del S XIX, que en un puto museo hoy día.»
— Nico · Arte en objetos cotidianos
«Hasta el escritorio más cochambroso, de la segunda subsecretaria, tenía más trabajo de artesanos calificados, que el que hoy puedes encontrar en un hotel de lujo.»
— Nico · Calidad artesanal perdida
«Cuando la gente empezó a gastar su dinero en cosas que no lo valían. Cualquier mujer mayor de pueblo sabe más de tejidos y calidades que todos los ejpertos en moda actúales.»
— Cave canum · Conocimiento textil tradicional
📊 OPINIONES
Peso aproximado de cada postura en el debate. No es una encuesta.
La producción industrial mató el diseño45%
Nostalgia con sesgo de supervivencia30%
El feísmo se promueve a propósito25%
📅 EVOLUCIÓN
Siglo XIX Los catálogos de venta por correo ofrecen máquinas de coser, escopetas y manijas de campana diseñadas con criterio artístico para familias corrientes
Principios del siglo XX La producción industrial mantiene cierto nivel de diseño en productos de consumo, con ejemplos como las máquinas de escribir y calculadoras de Olivetti
Mediados del siglo XX La invención del poliéster introduce tejidos sintéticos baratos que se intentan imponer en la ropa y fracasan ante el rechazo de los usuarios
Actualidad El mobiliario de segunda mano disponible en tiendas de donación aparece estropeado y desconchado, mientras el feísmo se consolida como norma estética
💬 POR QUÉ PARTICIPAR
✓El catálogo completo de objetos de venta por correo del siglo XIX, con máquinas de coser, escopetas y ropa interior, que muestra qué podía comprar realmente una familia corriente
✓El caso del mechero de mesa: la ilustración de la patente y el despiece de piezas que demuestra el nivel de detalle artesanal de un objeto cotidiano
✓La comparación entre el mobiliario de donación actual, lleno de desconchados, y el escritorio corriente de hace un siglo
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