ABC entrevista a los antiguos propietarios del piso de Maricarmen

ABC entrevista a los antiguos propietarios del piso de Maricarmen
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Los antiguos propietarios del edificio de Sainz de Baranda, en Madrid, han dado su versión del caso Maricarmen Abascal. Según su relato, la familia compró el inmueble en los años cincuenta con el dinero de un negocio de zapatería y confección, mantuvo a la inquilina por decisión propia pese a que el contrato habría terminado y vendió el edificio en 2018 a Renta Corporación.

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Los antiguos propietarios del edificio de Sainz de Baranda, en Madrid, han dado su versión del caso Maricarmen Abascal. Según su relato, la familia compró el inmueble en los años cincuenta con el dinero de un negocio de zapatería y confección, mantuvo a la inquilina por decisión propia pese a que el contrato habría terminado y vendió el edificio en 2018 a Renta Corporación.

Un edificio comprado con el dinero de una zapatería

El abuelo de la familia nació en Brea de Aragón y llegó a Madrid con una maleta. Empezó a trabajar y terminó montando un negocio de zapatería y después otro de confección. Sus cuatro hijas —cuatro de seis hermanos— trabajaron toda su vida en la fábrica de confección. Con ese dinero, generado desde cero, la familia pudo comprar el edificio entero en Sainz de Baranda en los años cincuenta. No fue un regalo ni una herencia: fue el fruto de décadas de trabajo en unos locales que poco tenían que ver con el barrio en el que hoy se encuentran.

Cuando el abuelo adquirió el inmueble, aquello no era el barrio del Retiro que es ahora. Era un barrio de trabajadores con muchas casas de renta antigua. Uno de los nietos recuerda haber jugado de niño en los montones de arena de las obras y sus hermanos recuerdan haber visto ovejas pastando por allí. Los padres vivían en el segundo C y D. El padre, abogado, tenía además su despacho en el mismo edificio. La familia ocupaba varios pisos de la finca.

Una inquilina a la que decidieron mantener

Maricarmen Abascal llevaba años viviendo en el edificio. Según la situación jurídica de entonces, el contrato habría terminado. Pero las tías del entrevistado decidieron mantenerla. Tenía unos setenta años en 2007. Eran cuatro hermanas que habían trabajado toda su vida en la fábrica familiar y optaron por no forzar la salida de una mujer que ya tenía una edad. «Se habla mucho de propietarios que quieren echar a la gente de sus casas, pero en nuestro caso se hizo lo contrario», sostiene uno de los antiguos propietarios. «Se mantuvo una situación por empatía».

Las cifras de lo que pagaba Abascal aparecen en la documentación que maneja la familia. En febrero de 2010, el recibo total era de 436,06 euros. En la documentación de la finca de 2016 figura una renta de 154,38 euros. Esos recibos incluían otros conceptos: portería o conserjería, agua, calefacción y determinadas cantidades correspondientes a obras. El entrevistado, que se casó en 1999 y tuvo una hija en 2002, volvió al edificio en enero de 2003 y se fue a vivir al sexto D, justo enfrente de la vivienda de Abascal. Pagaba por el mismo piso que era suyo en parte a su familia 700,58 euros de renta y 758 euros de recibo total.

La venta de 2018 y el traslado de la familia

La convivencia no era fácil, según el relato de los antiguos propietarios. Abascal se quejaba constantemente de la calefacción, del ascensor, del ruido. El entrevistado tenía tres hijos pequeños y también recibía quejas porque los niños hacían ruido. «Allí las casas estaban a 28 grados», recuerda. Describe a la inquilina como una persona que protestaba por todo y que nunca mostró agradecimiento por el hecho de que la familia decidiera mantenerla en la vivienda.

Con el tiempo, la familia terminó asumiendo los gastos de reparación del edificio. Cada vez que había que hacer una obra —la pocería, los patios, arreglar la maquinaria del ascensor— les tocaba poner dinero. Terminaron vendiendo el inmueble en 2018, aproximadamente en mayo, a Renta Corporación. El entrevistado se fue a vivir de alquiler. Su hermano se mudó a Torrelodones y su hermana, que vivía en la casa de los padres, se marchó a una vivienda en Asturias. Él se instaló en Rivas-Vaciamadrid, donde pagaba 1.200 euros por un chalet.

«Nosotros no somos hijos de marqueses»

La imagen pública del caso ha generado incomodidad en la familia. «La imagen que se ha dado es la de una pobre anciana desahuciada y, desde mi experiencia personal, no encaja con la persona que yo conocí», afirma el entrevistado. En el barrio era conocida por un apodo que aludía a la lechería que tenía su madre entre Fernán González y Narváez. Cuando vendieron la casa, comentaron que se habían librado de aquella situación. Ahora, con el acuerdo alcanzado con el Ayuntamiento, el entrevistado tiene la sensación de que la historia le ha salido bien a la inquilina. «Primero la tuvimos subvencionada nosotros durante años y ahora parece que vamos a seguir manteniéndola a través de nuestros impuestos», dice.

Lo que más indigna al entrevistado es que se haya olvidado la historia que hay detrás de la propiedad. «Una familia que ahorró, trabajó y que mantuvo durante décadas un edificio y unos contratos de alquiler. Y que después ese patrimonio se vendió legalmente», resume. Su preocupación es que se persiga a quienes intentan construir un ahorro para su jubilación o para sus hijos. «No nos regalaron un edificio en Sainz de Baranda», insiste.

Este relato no cuestiona las decisiones judiciales ni administrativas que hayan podido adoptarse en el caso. Solo añade la versión de una familia que, según sus propias palabras, no se reconoce en la imagen pública que se ha proyectado de ella. Cualquier decisión sobre contratos de alquiler o desahucios corresponde a los tribunales y a la administración.

Datos clave
  • El edificio se compró en los años cincuenta en Sainz de Baranda, Madrid, con dinero de un negocio de zapatería y confección.
  • La renta de Maricarmen Abascal era de 154,38 euros según la documentación de 2016.
  • En febrero de 2010, el recibo total de la inquilina era de 436,06 euros.
  • El edificio se vendió en 2018, aproximadamente en mayo, a Renta Corporación.
  • El entrevistado pagaba 1.200 euros por un chalet en Rivas-Vaciamadrid tras la venta.
Fuente: abc.es
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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—¿Ustedes eran los propietarios del famoso edificio de Sainz de Baranda?
—Mi abuelo compró la casa en los años cincuenta. Adquirió el edificio entero. Nació en Brea de Aragón, vino a Madrid con una maleta, empezó a trabajar y terminó montando un negocio de zapatería y después otro de confección. Mis cuatro tías, que eran cuatro de los seis hermanos, trabajaron toda su vida en la fábrica de confección. Con ese dinero, generado desde cero, la familia pudo comprar el edificio.


—¿Y usted creció allí?
—Sí. Durante mi niñez mis padres vivían en el segundo C y D. Éramos tres hermanos y mi padre, que era abogado, tenía además su despacho allí. Yo me casé en 1999 y tuve una hija en 2002. En enero de 2003 volví a la casa y me fui a vivir al sens D, justo enfrente de la vivienda de Maricarmen Abascal.


—¿Cómo era la convivencia?
—Era una persona extremadamente molesta. Se quejaba constantemente: de la calefacción, del ascensor, del ruido… Yo tenía tres descendientes pequeños y también había quejas porque los niños hacían ruido. era una persona desagradable en el trato, muy particular y protestona. Protestaba por todo: porque el ascensor estaba ocupado, por la calefacción… Allí las casas estaban a 28 grados. Insoportable, retorcida. Siempre tenía algún problema.


—¿Y ella llevaba allí muchos años?
—Según la situación jurídica de entonces, el contrato habría terminado. Pero mis tías decidieron mantenerla. Era una señora que ya tenía unos setenta años y decidieron mantenerla. En 2007 tendría cerca de setenta años y decidieron mantener la renta. Se habla mucho de propietarios que quieren echar a la gente de sus casas, pero en nuestro caso se hizo lo contrario. Se mantuvo una situación por empatía. Ahora aparecemos en la historia como […].


—¿Qué renta pagaba ella?
—En febrero de 2010, por ejemplo, el recibo total de Maricarmen era de 436,06 euros. Y en la documentación de la finca de 2016 aparece una renta de 154,38 euros. Estos recibos incluían otros conceptos: portería o conserjería, agua, calefacción y determinadas cantidades correspondientes a obras.


—¿Y cuánto pagaba usted por arrendar el mismo piso que era suyo en parte a su familia?
—Mi renta era de 700,58 euros y el recibo total, de 758 euros.


—¿La familia tenía que asumir también los gastos del edificio?
—Sí. Cada vez que había que hacer una reparación, la pocería, los patios, arreglar la maquinaria del ascensor o cualquier otra cosa, nos tocaba poner dinero. Terminamos vendiéndolo. La venta fue en 2018, aproximadamente en mayo, a Renta Corporación. Yo me fui a vivir de alquiler. Mi hermano también vivía de alquiler en Torrelodones y mi hermana, que vivía en la casa de mis padres, se marchó a una vivienda en Asturias. Yo me fui a Rivas-Vaciamadrid y pagaba 1.200 euros de alquiler por un chalet. Había vivido en Rivas anteriormente.


—¿Qué sentiste cuando viste la imagen pública que se construyó alrededor del caso de Maricarmen?
—Mi primera sensación fue: «[…] menos mal que no vivo en esa casa». Porque la imagen que se ha dado es la de una pobre ancianita desahuciada y, desde mi experiencia personal, no encaja con la persona que yo conocí. Era una persona problemática, que se quejaba continuamente y que nunca mostró agradecimiento por el hecho de que mis tías decidieran mantenerla en la vivienda.


—En el barrio la conocían como La Lechera.
—Sí. Su progenitora tenía una lechería por la zona, entre Fernán González y Narváez, y así era como se le conocía. Cuando vendimos la casa comentamos que nos habíamos librado de La Lechera. Pero ahora, cuando veo que se ha llegado a un acuerdo con el Ayuntamiento, pienso: «Qué bien le ha ansioso a esta señora». Primero la tuvimos subvencionada nosotros durante años y ahora parece que vamos a seguir manteniéndola a través de nuestros impuestos.


—¿Le parece que la historia de tu familia también debería formar parte de este relato?
—Claro. Nosotros no somos descendientes de marqueses. Mi abuelo llegó de un pueblo con una maleta, trabajó, creó un negocio y sus hijas trabajaron toda la vida. Ese esfuerzo permitió comprar aquella casa. No nos regalaron un edificio en Sainz de Baranda. Cuando mi abuelo lo compró, aquello no era el barrio del Retiro de ahora. Yo de niño jugaba en los montones de arena donde estaban construyendo y mis hermanos recuerdan haber visto ovejas pastando por allí. Era un barrio de trabajadores, con muchas casas de renta antigua.


—¿Y qué es lo que más le indigna de todo lo ocurrido?
—Que se haya olvidado que detrás de la propiedad también hay una historia. Una familia que ahorró, trabajó y que mantuvo durante décadas un edificio y unos contratos de alquiler.
 
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Excelente articulo de ABC.
 

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