Cerrar fronteras a cambio de qué: los sacrificios en juego
Un hilo de foro plantea la cuestión
al revés: qué estaría dispuesto a
sacrificar cada uno para que España expulsara a todos los inmigrantes y no dejara entrar a nadie más. Las respuestas van del Estado de bienestar a derechos civiles, y todas chocan con la misma pared: casi nadie quiere que el coste lo paguen los suyos.
Sacrificar el Estado de bienestar para cerrar la puerta
Una parte del debate señala que lo primero en la lista sería aquello que, según sus partidarios, la inmigración viene a sostener: la economía, el
Estado de bienestar y las pensiones. Un participante afirma que estaría dispuesto a sacrificar «la economía, el estado de bienestar y las pensiones» y a «vivir como mis abuelos» si con ello se cerrara la entrada.
Derechos y libertades, también en la lista de renuncias
Otra parte del debate lleva el sacrificio al terreno legal: renunciar a derechos adquiridos en democracia. Un participante enumera el
voto femenino, el divorcio, el aborto, la eutanasia, la libertad de culto y el matrimonio igualitario. Es la confesión más incómoda del asunto: algunos aceptarían recortar libertades propias con tal de limitar las ajenas. Que esas renuncias se enuncien con la misma naturalidad dice bastante del ambiente del que salen.
Pero casi nadie pone a su familia en la lista
El punto de fricción llega al traducir el deseo a coste personal. Preguntados por sacrificios
de verdad —familia, patrimonio, trabajo—, la mayoría recula y señala a otro: los políticos, los cargos, los que votaron. Un participante advierte del
sesgo de la guerra ajena: es fácil opinar sobre consecuencias colectivas cuando uno cree que no le tocarán. En primera persona, casi todos se bajan del carro.
Mientras el debate siga planteándose en el terreno del deseo, más de uno descubrirá que su disposición al sacrificio era, sobre todo,
retórica.