Muere a los 32 Carlos, el forero terraplanista de Burbuja
La última conexión fue el día 13. Dos días después, el 15, un cuerpo sin vida aparecía en la habitación de un hotel. El 16 recibió sepultura. La próxima vez que soplara las velas habría cumplido 33. Ese es el resumen, sin adornos, de la muerte de Carlos, un forero conocido por defender que la Tierra es plana, una muerte que reabrió el debate sobre el antinatalismo. Sus allegados afirman que la Guardia Civil les confirmó el hallazgo, no la causa. Dan por probable el suicidio. No existe confirmación oficial.
Qué se sabe y qué sigue sin confirmarse
Los datos duros caben en tres renglones. Carlos dejó de escribir el día 13, igual que dejó de publicar en redes. Dos días más tarde apareció su cuerpo sin vida en un hotel. Fue enterrado el día 16,
en un lugar muy bonito y tranquilo, según quienes acudieron a la despedida. Semanas antes había abandonado su trabajo y había dejado el gimnasio, dos señales que sus conocidos leen como un alejamiento progresivo.
La causa de la muerte no consta. Y ahí empieza todo. Una parte de sus seguidores desconfió desde el primer minuto: que un cuerpo de seguridad confirme por teléfono datos íntimos de un fallecido —nombre completo, DNI, número de afiliación— a unos simples conocidos no cuadra. Otros relatan un episodio propio: solo obtuvieron información tras demostrar fehacientemente un vínculo laboral. La hipótesis del montaje nunca llegó a descartarse del todo, y la duda quedó flotando sobre el resto de la conversación.
¿Qué defiende el antinatalismo y por qué se mezcla con este caso?
El antinatalismo no predica el suicidio. Predica no engendrar. Es la tesis que popularizó el filósofo David Benatar: llegar al mundo es un daño, porque el placer es fugaz y el sufrimiento seguro, y nadie puede consentir su propio nacimiento. Bajo ese paraguas se citan el pesimismo de Cioran y el ensayo
La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti.
La distinción se repite hasta la saciedad: una cosa es sostener que no nazcan más personas y otra quitarse la vida, algo que la propia corriente considera un mal. Los críticos no ven matices. Sostienen que estas ideas, sueltas en cabezas frágiles, funcionan como un veneno, y que el daño ya está hecho con independencia de lo que diga el manual. Aparece además el rezo y la culpa religiosa: la esperanza de que hubiera rectificado a tiempo y abrazado otra fe.
El cruce tiene un final previsible. Se discute durante páginas si las ideas matan o si solo acompañan a quien ya estaba decidido, y no se sale de ahí.
Soledad y depresión: la epidemia sin titular
Media parte de quienes frecuentan esa comunidad lo dice sin rodeos: la depresión y la
soledad masculinas son una epidemia invisible. Casi nadie la mira de frente. Se repiten casos de hombres con la vida resuelta —trabajo, dinero en el banco— a los que la soledad con mayúsculas les corroe por dentro. «El sentirse solo, pero lo que se dice solo de verdad... es algo horrible», resume un mensaje.
El reproche es constante: cuando alguien escribía con angustia que estaba solo, la respuesta era el insulto o el ridículo. La vida de un varón que va mal no vale nada, se dice. Desempleo, marginación, aislamiento. Nadie mueve un dedo.
El suicidio, entre el reproche moral y el duelo
Detrás del hecho aparece la discusión de fondo. Unos lo censuran. Otros responden justo lo contrario: «El suicidio no es una actitud de cobarde», dice alguien que perdió a un familiar muy cercano y tardó años en entenderlo. Se recuerda también cierto estudio, citado de memoria, según el cual el suicidio sería más frecuente entre ateos y no creyentes que entre religiosos.
Se advierte de una tendencia vieja a repartir culpas: al suicida, por raro o deprimido; a la familia, por no verlo; a los amigos, por no llamar. Y un dato incómodo: se quitan la vida personas cada vez más jóvenes, casi niños que solo deberían tener ganas de explorar el mundo. Eso, dicen, no es un problema de gente
rarita. Es otra cosa.
Con la causa sin confirmar y el origen sin cerrar, el análisis se atasca justo donde importa. No hay atestado público, ni informe forense, ni una cifra oficial que ponga orden. Solo un cuerpo hallado en un hotel, un entierro y una pregunta que nadie responde: si matan las ideas o si, más simple y más triste, lo que mata es no tener a nadie.