Dani de Desokupa anuncia su entrada en política
¿Cuántos partidos caben en el espacio que va del PP a Vox? Dani de Desokupa, el empresario conocido por sus operativos de desalojo, anunció en enero de 2025 su entrada en política a través de un vídeo promocional. El anuncio, difundido en el canal de un medio digital afín, desató de inmediato el runrún: un nuevo competidor en el flanco derecho que, según los críticos, no hará sino fragmentar aún más el voto anti-bipartidista y allanar el camino a una nueva victoria del PSOE. La operación, sin embargo, no es un hecho aislado: forma parte de una oleada de proyectos políticos nacidos en redes sociales, desde el partido de Alvise Pérez hasta el de Espinosa de los Monteros, que buscan captar el descontento de un electorado que ya no se siente representado por las siglas tradicionales.
El anuncio que nadie pidió y muchos temían
El vídeo de presentación, de estética agresiva y tono mesiánico, se difundió a través de un canal de noticias digital. En él, Dani de Desokupa se presenta como el hombre fuerte que viene a poner orden en un sistema que, a su juicio, ha abandonado a los españoles. La reacción en los mentideros económicos y políticos fue inmediata: desde el sarcasmo («España, donde el más tonto hace relojes») hasta el análisis más frío, que ve en esta jugada una maniobra para dividir el voto de la derecha y garantizar la continuidad del actual inquilino de La Moncloa.
La tesis del «divide y vencerás» no es nueva. Ya se aplicó con Vox en 2019 y con la irrupción de Alvise Pérez en las europeas de 2024. Ahora, con un panorama fragmentado en tres o cuatro siglas por flanco, la aritmética electoral se vuelve endiablada: cada escaño que se pierde por la derecha es un escaño que se regala a la izquierda. «A más dispersión del voto, mayores posibilidades de que Ken repita gobierno», resume una de las intervenciones más lúcidas del debate.
¿Un partido de verdad o un negocio personal?
La sospecha de que el proyecto no busca gobernar, sino monetizar la indignación, sobrevuela toda la conversación. Dani de Desokupa ya tiene un negocio boyante al margen de la política: su empresa de desalojos factura millones al año. ¿Para qué arriesgarse a perder dinero en una campaña electoral? La respuesta que dan algunos es simple: porque el objetivo no es ganar, sino seguir cobrando. «Este puede ser de los que pierda dinero en la política», apunta un comentarista, aunque la mayoría cree lo contrario: que el escaño, aunque sea uno, ya justifica la inversión.
El precedente de Alvise Pérez es aleccionador. El agitador sevillano logró un escaño en el Parlamento Europeo con una campaña de bajo coste y un discurso incendiario. Desde allí, ha utilizado su escaño como plataforma para amplificar su mensaje y, de paso, financiar su maquinaria mediática. Dani de Desokupa aspira a algo similar: un altavoz institucional desde el que seguir alimentando su marca personal.
La fragmentación como estrategia del sistema
Hay quien va más allá y sostiene que estos proyectos no surgen por generación espontánea. La teoría de la conspiración, repetida hasta la saciedad, es que el sistema los pone ahí para dividir el voto de la derecha y perpetuarse en el poder. «Si ahora puede vivir del Ken y de mientras chupar de la teta del congreso, mucho mejor para su economía. Además de partir el voto, cosa que me hace pensar que esté puesto ahí para eso», escribe un participante. La idea de que el establishment fomenta la dispersión para mantener el statu quo es tan vieja como la Transición, pero en tiempos de redes sociales encuentra un terreno abonado.
La realidad es más prosaica: el ecosistema digital ha creado un mercado de nicho para líderes carismáticos que capitalizan el descontento. No hace falta un plan maquiavélico; basta con que exista una audiencia dispuesta a comprar el relato. Y esa audiencia existe: miles de seguidores que doran la píldora a cualquier figura que les prometa romperlo todo.
El circo de los partidos de temporada
La sensación de déjà vu es inevitable. En los últimos meses, España ha visto nacer más partidos que en toda la democracia: el de Alvise, el de Espinosa de los Monteros, el de Desokupa y los que están por venir. «Esta semana ya hay partido nuevo de Espinosa de los Monteros y de Desokupa, falta otro de WallStreetWolverine y otro del Dandy de Barcelona. Y ya estaríamos», ironiza un comentarista. La política se ha convertido en un espectáculo de temporada, con sus estrellas fugaces y sus fuegos artificiales.
El problema, advierten algunos, es que tanta fragmentación acaba por beneficiar a los grandes partidos. El PP y el PSOE, acostumbrados a gestionar mayorías absolutas y coaliciones, saben moverse como pez en el agua en un parlamento atomizado. Cada nuevo grupo necesita pactar, y en ese juego los partidos con estructura y experiencia llevan ventaja. Los recién llegados, por el contrario, se queman rápido: les falta cuadros, financiación estable y, sobre todo, un proyecto que vaya más allá del liderazgo de su fundador.
¿Qué pasa si se presenta?
La pregunta del millón es si Dani de Desokupa llegará a presentarse de verdad o si, como otros antes que él, se quedará en el anuncio. Los antecedentes invitan al escepticismo: en 2023, el empresario ya amagó con concurrir a las municipales en Madrid y finalmente se echó atrás. Sus críticos recuerdan aquel episodio: «¿No hará como en Lavapiés y se cagará de miedo?». La duda no es baladí, porque presentarse implica someterse al escrutinio público, a los debates y a las urnas. Y no todos los agitadores digitales resisten ese tránsito.
Si finalmente da el paso, las encuestas —las pocas que se atreven a medirlo— le otorgan un puñado de escaños, insuficiente para gobernar pero suficiente para condicionar. Su electorado natural es el mismo que ya votó a Vox en 2019 y a Alvise en 2024: hombres, jóvenes, urbanos, cabreados con el sistema. Un nicho que, por definición, es volátil y propenso a la abstención.
La política española se ha convertido en un carrusel de siglas donde cada temporada aparece un nuevo caballito. Dani de Desokupa quiere subirse al suyo. Si lo consigue, habrá que ver si aguanta la vuelta o se cae antes de que empiece el espectáculo. Lo que está claro es que, mientras tanto, el bipartidismo sigue facturando.