Te llaman de la CNMV para una videollamada de dos horas: es un timo
¿Qué harías si alguien que dice ser de la Comisión Nacional del Mercado de Valores te citara a una videoconferencia de dos horas para preguntarte por las acciones que acabas de comprar? La respuesta prudente es colgar. Porque el detalle que rompe el relato no es la petición en sí, sino el dato previo: quien llama ya sabe
qué valor tienes en cartera y cuándo lo compraste. En una operación de bolsa, eso no lo sabe cualquiera.
La llamada que ya sabía qué acciones habías comprado
El guion se repite. Suena el teléfono, al otro lado una voz se identifica como personal de la CNMV, pide un correo electrónico para enviar documentación y, al poco, plantea una
videollamada de una o dos horas enmarcada como encuesta o entrevista sobre tus inversiones. El cebo tiene un punto de verdad que lo hace peligroso: en el caso que se ha puesto encima de la mesa, quien llamaba conocía el nombre exacto del valor,
MONDO TV, y hasta soltó nombre y apellido del supuesto empleado.
Hay dos lecturas posibles. La primera es que el asunto sea genuino y que un organismo público quiera preguntar por una operación concreta. La segunda —la que domina los indicios— es que los datos hayan salido por una brecha: o del bróker con el que se opera, o de la propia institución suplantada. Verosimilitud o filtración; en cualquiera de los dos escenarios, ese contacto deja de ser inocente. Y si el interlocutor se sabe tu operación, la pregunta no es si desconfiar, sino cuándo dejó de ser privada.
Hay un detalle de color. A no pocos les suena el nombre de la compañía como el de una productora de animación de tercera fila, con series de finales de los noventa que algunos recuerdan con más vergüenza que cariño. Poca cosa para un inversor, pero un guiño más de que el nombre escogido no fue al azar.
Por qué una videollamada es la parte más peligrosa
Aquí está el núcleo del asunto. Una llamada se corta; una videollamada, no. Si el objetivo es capturar imagen y voz, dos horas de conversación dan para grabar fragmentos suficientes con los que montar una suplantación de identidad. Con herramientas de clonación, esos recortes sirven después para enviar mensajes de auxilio a los contactos de la víctima. Por eso la recomendación es tajante:
nada de mostrar el DNI, ni por vídeo ni por correo.
El otro vector es el enlace. Si la conversación deriva en que hay que instalar un programa o confirmar datos en una web, la trampa pasa de telefónica a digital. La regla es simple: el enlace que te dan durante una llamada no vale como fuente, y una calidad de imagen pésima o solo audio reduce el daño si alguien insiste en verte la cara.
Las administraciones no citan por teléfono
Un requerimiento oficial se notifica por escrito, con acuse y garantías. Cuando el canal es una llamada, no hay forma de acreditar quién está al otro lado, por mucho nombre y apellido que suelte. Y el número que te faciliten en esa misma conversación tampoco prueba nada: hay que ir a la
web oficial de la CNMV y buscar allí el teléfono de contacto, no fiarse del que te dan al vuelo.
Conviene saber cómo se presenta un requerimiento real: por escrito, con identificación del expediente y del órgano que lo firma. Si eso no llega, no hay requerimiento. Existe una excepción que los estafadores explotan a su favor: las estadísticas oficiales. El INE sí realiza encuestas de respuesta obligatoria, con carta previa y contraseña, y en su día compensaba al participante con una
tarjeta de 60 euros al terminar. Que una institución pregunte no es raro. Que lo haga a ciegas por teléfono, sí.
El tiempo también se paga
Una corriente de opinión sostiene que, si de verdad quieren el testimonio, que lo paguen. Para un estudio de mercado se manejan cifras de
60 o 70 euros por participante; aquí se pide una mañana entera a cambio de nada. Otros pedirían el equivalente en especie —dos móviles, una televisión de 40 pulgadas, una freidora de aire— y a seguir con su vida.
Cuidado, eso sí, con la excusa fácil de escurrir el bulto. Donde hay obligación legal de responder, esquivar la cita puede alargar el problema en lugar de resolverlo.
Qué hacer: verificar, cambiar contraseñas y denunciar
El protocolo es corto. Llamar uno mismo a la CNMV por el número de su web y preguntar si existe esa persona; si la conocen y pasan con ella, el contacto gana crédito; si no saben quién es,
bloqueo inmediato. Después, cambiar la contraseña del bróker y todas las que se compartan con otros servicios. Y denunciar la llamada: alguien se ha hecho pasar por un organismo público y manejaba datos privados de operaciones.
Con este material, el misterio no es que alguien sospeche. El misterio es que todavía haya quien suelte su correo a la primera llamada y, cuando llegue el disgusto, busque un culpable distinto del auricular.